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“Ninguna sociedad democrática puede existir sin una prensa libre, independiente y plural”. Kofi Annan
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AMLO Apuesta su Resto

 

Un papá planea las vacaciones de la familia. Tanto para gasolina y casetas, tanto para comida y hotel, tanto para diversión, tanto para imprevistos. En esas está cuando sucede lo inimaginable: brota una pandemia democrática que a todos amenaza. Lee la prensa digna de tal nombre que informa sobre muertes y contagios, derrumbe de bolsas, parálisis de negocios, devaluación de la moneda y descenso de los precios del petróleo. Dicen que podrían caer también las remesas y además las narcodivisas. Se entera de que su empleo con IMSS podría estar en riesgo. Escucha que aún viene lo peor, se habla de una crisis nunca antes vista. Algunos auguran una tragedia más atroz que el crack de 1929. Se preocupa, avizora que la familia corre peligro. El sujeto reúne a sus seres queridos, los pone al tanto y propone cambiar de planes. Ante los barruntos de guerra deciden que por el bien de todos hay que atrincherarse, tomar precauciones hasta en tanto aclara el panorama.

Cambio de planes: no habrá vacaciones. Así mismo procede la gran mayoría de las familias que el papá conoce. Suena lógico, elemental, racional, hasta instintivo cambiar de rumbo cuando cambian tan radicalmente las circunstancias. Pero no todos los sujetos son sensatos.

El presidente de su país decide que la propia popularidad y los planes para disfrutar por muchos años de las mieles del poder, siguen siendo la prioridad máxima. Decide actuar en consecuencia, esto es, seguir con lo planeado antes de la pandemia. Un virus microscópico no le hará cambiar de planes ¡qué va!

“Llegado a cierto punto el cuerpo humano colapsa, no puede agravarse indefinidamente. No así, el cuerpo social que siempre puede empeorar un poco más sin morir nunca. Además, tarde o temprano habrá vacuna”, susurra un asesor con una sonrisa indescifrable pintada en el rostro.

Convencido de que el virus “vino como anillo al dedo” a sus planes de conservar el poder, el presidente vuelve a calcular: Veinte millones de familias con apoyo social, a razón de 1.5 votos por familia, da 30 millones de agradecidos. Como no está del todo seguro, quiere acotar el margen de error. Pide consejo. “Si los damnificados aumentaran exponencialmente, podríamos incrementar los apoyos sociales. 35 millones de agradecidos son un capital político más confiable que 30” –le susurra al oído su principal asesor.

El presidente sonríe, satisfecho del talento del adoctrinador profesional importado -oh paradoja- de la mera meca del neoliberalismo. Entonces, rehechos los cálculos el presidente decide dirigir un nuevo mensaje al pueblo bueno y crédulo:

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-Venceremos al virus porque somos una gran nación -enuncia. Remata entre aplausos unánimes:

-México es una gran nación que siempre ha vencido todas las adversidades. Recuerda -no podría no recordarla- la tragedia del terremoto, una fuente inagotable de la épica y el arte urbanos.

Ciertamente la nación es grandota, casi 2 millones de kilómetros cuadrados donde a fin de año vivirán cerca de 128 millones de mexicanos. Grandota sí es. Sin embargo, salvo algunos nativos privilegiados (políticos, militares, guías religiosos, empleados de gobierno, universitarios, empresarios y profesionistas de Estado) los expertos saben que si bien grandote y gran son adjetivos ambos, la expresión “gran nación” se antoja algo exagerada. A frase demagógica. Halago interesado. Algunos alegan que no cabe calificar de gran nación a una con 50% de pobres en la cual demasiados pueblos y ciudades se hallan bajo control de grupos criminales que cobran cuotas a los demás habitantes, secuestran, roban lo que se les antoja, comercian drogas ilegales y matan todo lo que se cruza en su camino. No puede ser tan grande un país donde otro 25% de la población sobrevive merced a las remesas enviadas por expobres refugiados en los E.U., que pelea codo a codo con países en guerra los récords globales de asesinatos violentos, y con Estados fallidos los de impunidad y corrupción gubernamental.

Mas la cruda verdad nunca ha sido popular ni suele atrae votos. “Los realistas y los pesimistas están moralmente derrotados”, se dice a sí mismo en voz baja el presidente. Vuelve a la carga: “Pronto volveremos a darnos abrazos y besos en todas las plazas públicas de México”, convoca. No tiene idea de cuándo será eso, pero si algo aprendió a lo largo de su larga y tortuosa experiencia es que prometer nunca empobrece. Reitera el petito principii del Foro de Sao Paulo y su propia estrategia discursiva: “Nunca más el neoliberalismo, esa pesadilla que prevaleció en México durante 36 años”.

2018 menos 36 da 1982. Quedan a salvo Luis Echeverría y José López Portillo, los presidentes de izquierda segundo y tercero. Y el primero, Lázaro Cárdenas, arquitecto de la imperfecta “dictadura perfecta”. Poco importa si su hisopo discernidor del bien y el mal salpica y de paso bendice a Díaz Ordaz, López Mateos, Ruiz Cortines, Miguel Alemán y Ávila Camacho. El amor es así, ciego de buena fe…

Más a favor: ni el pueblo sabio ni los jóvenes que creen que la historia comenzó con el internet, conocen gran cosa de lo vivido por sus padres y abuelos. “Nuestro plan económico será modelo a seguir por otros países”, apuesta su resto el presidente.

No cambiará pues de rumbo. El plan anterior a la pandemia va tal cual. Es más: el coronavirus justifica más que nunca el reparto de dinero público. De hecho el bendito coronavirus ofrece una coartada estupenda. “´Nos vino como anillo al dedo”, se repite ante el espejo donde otro que se le parece se acomoda ese copetillo que –dicen sus asesores- le da un aire a don Benito Juárez.

COHETERÍA

ADENDUM  Mirar valientemente la realidad es el optimismo más sincero, tal vez el más genuino. Ayuda a madurar. Si no elogio calculado sino apego a la circunstancia irrepetible de nuestras vidas y muertes, a los paisajes y la basura de las calles, a las maldades indecibles y las bondades ídem, a las personas amadas en nuestro viaje a la nada y también lo inhumano que toca experimentar y presenciar, amar a México es querer sobre todas las cosas la verdad. La realidad. No la imagen desfigurada del halago y el autoelogio: la verdadera. Decir la verdad aunque duela, también es amar a México. Oficio de reporteros.

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