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Pregúntale a Bandini Dónde Está John Fante

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Hace un par de años que recibí de regalo el libro Full of life (Llenos de vida, por su título en español), del escritor estadounidense John Fante. Conocí ese libro cuando tenía 10 años gracias a un condensado del Reader´s Digest, el libro más valioso en mi precaria biblioteca personal de aquel entonces, texto que estaba incluido junto a una selección de once libros condensados, donde también recuerdo un relato de Arthur Conan Doyle y un extracto de The Snake Pit de Mary J. Ward.

Fue toda una sorpresa leer las partes que en la edición “condensada” fueron quirúrgicamente trozados, especialmente en los extractos que hablan sobre religión. Un libro que había leído incansablemente me resultó novedoso al leerlo en su versión original, y me hizo recordar el infinito placer que tuve al leerlo en los turbulentos años de mi niñez. Desde esa lejana fecha hasta ahora el recuerdo del libro forma parte de mis anécdotas de vida. No sólo el estilo, sino el humor y la profundidad de los temas que toca Fante son los que me dejaron honda mella. Si a alguien he de culpar por el afán de convertirme en escritora es precisamente a Fante. Y ahora explicaré por qué.

Llenos de vida narra la historia de John Fante, una especie de recreación del Fante escritor, que espera a su primer hijo. Una creciente carrera en Hollywood de principios de los años cincuenta, una casa nueva y una bella esposa coronan una vida llena de esfuerzos y penurias. Joyce, la esposa de John se pasea en la cocina cuando el piso cede ante sus pies. Y es ese accidente el que hace a John ir en busca de su padre, quien, como diestro albañil, puede reparar el antiestético hoyo y de paso, ahorrarle un puño de dólares. O al menos es lo que piensa John.

Ese viaje en busca del padre es la travesía que llevar al John Fante de la ficción de vuelta a sus orígenes, como hijo de inmigrantes italianos, anclados en su brusco tradicionalismo. Este viaje por los parajes del pasado lo hacen recordar las dificultades y las carencias de su infancia y el deseo sin precedente de convertirse en escritor pese a tener todo en contra. Esta no-biografía del Fante escritor será una de las temáticas constantes en su narrativa, como en Ask the dust (Pregúntale al polvo)y The wine of youth (El vino de la juventud), donde vemos al joven aspirante a escritor con los bolsillos vacíos, caminando desalentado por las calles de Los Ángeles en busca de vender uno de sus cuentos, todo esto contado con un insuperable buen humor y una buena dosis de inteligencia.

Así, cuando recibí como regalo el libro, me llegó de golpe la memoria de mis anhelos de escritura y vi, como el Fante escritor, todo en contra. Ahora un aspirante a escritor raramente (a la fecha no he escuchado de nadie) puede vender un cuento, que, como Arturo Bandini en Ask the dust, lo salvan de seguir comiendo naranjas.

Nadie dijo que escribir sería un ejercicio sencillo, ya no digamos en la paga, sino en avivarse cada día para tener algo inteligente qué decir. Pienso que alguien como yo, que como Fante, creció en un ambiente de carencias, sólo se salva en la voluntad, de construir una profesión.

Y es que como a Arturo Bandini, a veces la inspiración abandona. Que es mucho peor que no comer. Estar vacío de ideas es la más horrible de las angustias. Es creer que todo en lo que creías te da la espalda y apaga la luz. Es como tener las manos huérfanas. Esa honesta desesperación que plasma Fante en sus libros son los que, probablemente inspiraron a Charles Bukowski, una literatura cruda, sincera: miedos, carencias y frustraciones son los que acompañan a un escritor que camina eludiendo la negrura del fracaso.

John Fante fue, desde su óptica, un escritor fracasado. Sus relatos y novelas cortas, de lo que él mismo estaba tan orgulloso, no tuvo el éxito necesario. Y el joven Fante abandonó la escritura de ficción para ser guionista de cine, que sí le daba de comer, aunque él mismo reconoció que aquella escritura (que le permitió comprar una casa y mantener una familia) no tenía ningún mérito literario.

Su vida tuvo el desenlace triste de un hombre que perdió las esperanzas. Enfermo de diabetes, con las dos piernas amputadas y ciego murió en 1983. Años más tarde su obra literaria recibió reconocimiento de la crítica, en parte gracias a Bukowski, quien emocionado escribió recordando su descubrimiento de Ask the dust:

“Pero cierto día cogí un libro, lo abrí y se produjo un descubrimiento. Pasé unos minutos hojeándolo. Y entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa. Las líneas se encadenaban con soltura a lo largo de las páginas, allí había fluidez. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había esculpido algo. He allí, por fin, un hombre que no se asustaba de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro tan fenomenal como imprevisto”.

“Fante fue para mí como un dios”, añade Bukowsky. Y es que la fuerza de las letras de Fante no deja indiferente a nadie. Ni siquiera a la niña que fui a los 10 años, cuando halló un libro con olor a viejo y que tenía esa novela condensada, la misma que en mi vida adulta ha vuelto a sorprenderme y que me ha hecho revalorar el sentido de la literatura, a cuestionarme el tipo de escritura que deseo hacer: una que parta desde la despersonalizada invención o aquella que nazca desde la entraña de la experiencia.

Si bien toda escritura es una invención que parte de la experiencia, no todas las escrituras son tan reveladoras sobre la vida de su creador como lo fue la escritura de John Fante. El hablar de su carácter, de sus circunstancias adversas con su maravillosa dosis de cinismo, simpatía y verdad lo ponen muy alto en el estante donde viven los libros que me han formado como un ser humano, en la búsqueda, no de coleccionar títulos, ni siquiera de la tan afamada cultura que se le achaca a la lectura, sino en la arquitectura de mí misma como alguien que vive, quiere vivir, aprender y conocer.

Los libros dan cultura. Esto es relativamente cierto. Los libros leídos sólo son una media parte de la formación humana. No niego que la lectura sea parte de formar la cultura. Pero me pregunto qué tipo de cultura, porque es cierto que no todos los libros pueden darla, ni tampoco siempre es posible extraerla. La cultura se puede adquirir como quien aprende cualquier otra disciplina. Pero aprender a expresarse, a vivir a través de los libros es otro cantar.

Decía Sándor Márai en La mujer justa que “sólo obtienes algo de los libros si eres capaz de poner algo tuyo en lo que estás leyendo”. Para mí los libros de Fante han hecho que ponga mucho de mis propios recuerdos, anhelos y temores. Es por esa maravillosa literatura, por los libros entrañables, que hoy escribo estas líneas. Por los libros que nos cambian y que nos hacen diferentes.

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