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Juanga, PRI, PAN, Iglesia y Católicos de a pie

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Aplauso congresional a Juanga. (Cortesía)

-Dice un historiador mexicano que usted rompió barreras sexuales en el escenario porque explora el lado femenino. ¿Qué opinión le merece?

-El arte es femenino, usted lo dice.

-¿No hay un arte masculino, o de los dos?

-Puede ser, podría ser. Yo siempre he visto que el arte es femenino. Mire, si usted es guapo, está joven, ¡está divino!, siempre van a decir eso: que es gay.

-Juan Gabriel, dicen que es gay. ¿Juan Gabriel es gay?

-¿A usted le interesa mucho?

-Yo pregunto…

-Dicen que lo que se ve no se pregunta, amigo.

Así respondió Juan Gabriel al periodista de Univisión Fernando del Rincón. Resumiendo: Juan Gabriel, El Divo de Juárez venerado por el pueblo, era homosexual. Para decirlo en el escatológico y oscurantista estilo de un obispo mexicano, Juanga prefería la variante amorosa “tornillo con tornillo”. En otras pías palabras: el showman encantador era un “desviado”, un “degenerado”, y para colmo, “anti-natural” en asuntos de sexo.

Así, la iglesia católica de México es congruente con sus prejuicios medievales al guardar un pudoroso silencio ante la conmoción nacional causada por la muerte de Alberto Aguilera Valadez. El semanario arquidiocesano Desde la Fe no ha dado siquiera la noticia que desde hace días concentra la atención de los católicos mexicanos de a pie. No vale tanto, para los obispos, la vida del ido.

A los que no se entiende es al PRI y al PAN. Resulta que esta mañana, los senadores y diputados de la Comisión Permanente se pusieron de pie para ¡aplaudir un minuto! a la memoria del artista. No me tocó presenciar el luminoso momento, mas deduzco que por tratarse de aplausos debió salirles bonita, bien parejita y discreta como ameritaba la ocasión, la aplaudidera -que no por nada practican incansablemente y es por mucho lo que mejor hacen algunos legisladores.

El punto es que el jefe de la bancada tricolor, Emilio Gamboa Patrón, es exactamente el mismo sujeto que días antes, al congelar los priístas y panistas la iniciativa presidencial sobre el matrimonio gay, reveló a reporteros que la misma “nunca fue una prioridad”.

El reculón tricolor ha sido interpretado como una subordinación del PRI ante la Arquidiócesis y el PAN, al fin superior de complacer un sentimiento homofóbico imbuido históricamente en los mexicanos por la iglesia mayoritaria. La razón del reculón ha sido justificada mediante otra hipótesis algo inverosímil, según la cual el culpable de las pasadas derrotas electorales del PRI es Norberto Rivera y sus huestes.

No menos hipócrita (feo defecto que cierto pasaje de La Biblia considera peor aun que el homicidio, por cuanto extravía y mata al espíritu) fue la postura del senador pluri del PAN y presidente de la Permanente, Roberto Gil Zuarth, al justificar la aplaudidera “por sus éxitos, su memoria, su trayectoria” (del artista). Por supuesto debemos dar que ambos, Gamboa y Gil, saben que Juanga fue un gay y que a pesar de alcanzar un gran éxito personal hubo de vivir una vida sesgada, medio cuerpo escondido en el clóset por miedo al prejuicio homofóbico.

¿Habrá pensado Gil, al elogiar a Juanga, en la frase cardenalicia “tornillo con tornillo”? –no me atrevo a salpicar al lector citando aquí el ano excretor del guía espiritual. Y el “macho” Gamboa: ¿cómo habrá conciliado el homenaje a la Juanga con su percepción de que la indefensión jurídica de cientos de miles de mexicanos que comparten vidas homosexuales no es prioridad? ¿Creerán, Gamboa y Gil, lo mismo que el obispo Aguilar Inda que por haber sido gay y no heterosexual Juanga fue un “depravado”, “anormal”, “libidinoso” y otras lindezas que el oscurantista Desde la Fe insemina semanalmente en las mentes monoteístas de los católicos nativos?

Empero si como se ha dicho, PAN y PRI se unieron contra la iniciativa presidencial para satisfacer al pueblo y mejor merecer sus votos, podrían andar muy equivocados.

A estas alturas de sus vidas y de la historia, Gamboa y Gil debieran saber que las ideas de los obispos y cardenales no necesariamente son compartidas por los fieles cuando estos disponen de un referente civil, no religioso. Un ejemplo es el divorcio. En efecto, mientras el Vaticano prohíbe la separación de los cónyuges (aunque no vacila en disolver la unión religiosa si hay poder y dinero de por medio, casos Fox-Sahagún y Peña-Rivera); por su lado y bajo su cuenta y riesgo, los fieles católicos se divorcian ante cualquier juez civil sin consideración a la postura de sus líderes eclesiáticos ni al dogma religioso de la indisolubilidad del matrimonio.

Y lo mismo ocurre en materia política, que los católicos de a pie disientan de las posturas de los obispos. Es una realidad.

Apenas en marzo pasado, la ultracatólica Irlanda aprobó mediante referéndum democrático los matrimonios homosexuales; los fieles reconocieron derechos jurídicos a las parejas gay a pesar de que la iglesia vaticana hizo campaña por el No. En la ultracatólica y fundamentalista España (allá el gobierno entrega por ley un subsidio a la iglesia católica), los jueces casan a parejas del mismo sexo desde hace ya más de una década; y en la muy católica Bélgica, son legales las familias homoparentales con derecho de adoptar hijos.

La iglesia católica mexicana, concretamente sus guías, adolecen de un retraso civilizatorio notable. No tan marcado como el de los mulás y ayatolas de Mahoma, pero más que visible a la luz de la simple comparación.

Por eso preocupa la actitud incongruente, irreflexiva, acomodaticia, ventajosa, oportunista, conspirativa y clerical de los plurinominales Roberto Gil Zuarth y Emilio Gamboa Patrón. ¡Qué alguien les explique a estos señores que también es deber de los partidos en democracia, sobre todo si se autosubsidian tan generosamente como en México, contribuir a liberar a las familias de los prejuicios oscurantistas y la ignorancia!

No, señores: la historia confirma que existen más de dos sexos. Y comprueba que incontables gays honraron con sus vidas brillantes, honradas y/o generosas, al género humano mucho más que muchos papas y ayatolas (y por supuesto mil veces más que los propios Gil y Gamboa, ni qué decirlo). Estos son hechos duros.

A juicio del que escribe y no es gay (¡¿todavía?!), lo más confuso de los homenajes post mortem a Juan Gabriel radica en que numerosos mexicanos que realmente lo lloran porque se enamoraron, consolaron e ilusionaron con las canciones del bardo, son en sus vidas cotidianas homófobos crueles.

La hipocresía cabe en Gil Zuarth y Gamboa Patrón -de hecho, es virtud en su modus vivendi.

Pero los fans de veras del divo, ¿cómo harán coexistir en sí mismos el amor por su Juan Gabriel con el desprecio inducido hacia los gays?

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