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Don Agustín Maravilla Minor, de Oficio Peluquero

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Semblanza Mínima de un Totolacense muy Luchón

Primera Parte

Cuando Agustín Maravilla Minor montó hace casi medio siglo su negocio en la actual plaza Xicohténcatl, sobre la callejuela que conducía a la peluquería sin nombre había un cine entrañable: el Matamoros, derrumbado durante el gobierno de Emilio Sánchez Piedras.

Para entonces ya habían quitado la vía férrea de la calle Morelos, un ramal del tren -lo conoció desde que tuvo memoria- que llegaba hasta la subestación situada donde ahora se halla el edificio del DIF. Recuerda que justo a espaldas de su casa estibaban mercancías en un vagón que ya cargado doblaba en la esquina del Portal Grande, de  retorno por la ruta de la avenida Juárez, Ixtulco y Apetatitlán hacia Chiautempan, donde finalmente era enganchado al ferrocarril que une el puerto de Veracruz con la ciudad de México.

No recuerda bien Agustín cuándo nació en el barrio de Tepetlapa, en su querido San Juan Totolac, aunque estima que anda rondando los 90 años de edad. Supone que vio la primera luz un 5 de mayo porque es el día de san Agustín, aunque no está del todo seguro.

Platica sin resentimiento, riéndose con voz alegre y delgadita, que su padre oriundo de Nopalucan, Aurelio Maravilla, abandonó a su mamá Felícitas Minor cuando él estaba todavía en la “bolsa del padre”.

Es de familia longeva Agustín Maravilla, pues aún viven sus tres hermanos: Manuela, que está por cumplir un siglo; un hermano que radica en Atlixco, también mayor que Agustín, supera los noventa; y Judith Zempoalteca Minor, la benjamina y protegida suya, avecindada hasta la fecha en Totolac, que tiene más de ochenta.

Charla con soltura inusual a su edad mientras corta el pelo. Varios diplomas colgados de los muros dan fe de su tenaz perseverancia por convertirse en peluquero. De hecho, se pasó la mayor parte de la infancia y toda la adolescencia buscando el quehacer que al cabo hizo del hombre dulce y menudo un hombre de bien.

Inevitablemente, siendo tan terco, se saldría con la suya.

UN NIÑO PEQUEÑITO

Cuenta: “Terminé el primer año de escuela, iba a pasar a segundo, pero mi profesor no quiso. Dijo que como era tan chiquito, tendría que repetir el primero. Entonces, mi mamá que se enoja, y le dice al profesor: ‘Como no quiere usted pasar a mi hijo a segundo, es que no sabe, y si no sabe, ya no lo voy a traer a la escuela’. Y ya no fui a la escuela por eso.

“Era yo chiquito; lo más que llegué a medir fue un metro cincuenta y tres centímetros. ¡Ahora que estoy viejo me encogí, ya nomás mido como un metro y medio!

“Cuando ya no fui a la escuela mi mamá me consiguió dos ganados, bueyes pues. Me daban dos centavos por cuidarlos. Después me dediqué a ser ladrillero. Entonces tenía un padrastro que hacía tejas y ladrillo cuadrado, así que me puse a trabajar con él”.

Tenía Agustín menos de diez años cuando se probó en un tercer oficio, uno muy duro: labrador. “Teníamos un terrenito y me pusieron una yunta de bueyes que me arrastraba con todo y arado”, evoca. Poco tiempo duró el niño intentando hacer producir a la tierra estéril…

“De ahí, como en San Juan se hace pan, mejor fui panadero, cuando mi padrastro Julián puso un horno en nuestra casa. Y allí andaba yo en las calles, con mi huacal cargado de pan de San Juan”, prosigue el recuento.

El oficio de panadero le permitiría conocer por primera vez la ciudad de México. Un amigo de Totolac, Encarnación Cuapio, lo invitó a trabajar -apenas sumaba Agustín los catorce o quince años- en una panadería propiedad de un señor español.

Rememora: “Estaba en la calle Beethoven, cerca de La Villa. Éramos panaderos de pan del diario: hacíamos concha, bolillo, telera, pan bizcocho. Siendo oficiales trabajábamos de noche. Me daban 50 centavos”.

Luego regresó Agustín a su natal Totolac, cuando “el maestro murió y ya no tuvimos trabajo”. Fue un retorno providencial que lo pondría en camino de descubrir el oficio de su destino.

OFICIO SALVADOR

Fue así, buscando trabajo en lo que cayera, que Agustín fue a dar a la peluquería donde trasquiló las primeras cabezas: allí junto a la casa de los Cisneros de la calle Independencia.

“Estaba yo muy pobre y me pagaba poco el peluquero”, recuerda. Buscando  allegarse unos centavitos extras, siguió el consejo de un amigo y quiso probar en el interior del estado. Sin permiso del patrón se fue a Sanctórum un fin de semana, sin más que una maquinita “de esas antiguas que jalaban terriblemente el pelo”.

Allá un señor le prestó una silla y un rinconcito en su taller, y para su sorpresa, en sólo tres días un centenar de caballeros rindió su cabeza al aprendiz. Como cobró 50 centavos, pudo juntar la friolera de 50 pesos.

“Todavía el señor del taller me dio 2 pesos y 50 centavos para el pasaje. Estaba yo tan contento, que buscando ahorrar me fui caminando hasta una comunidad de San Felipe Ixtacuixtla, para así no tener que dar la vuelta hasta Apizaco, y allí ya agarré el camión que me trajo a Totolac. Cuando por fin llegué, le dije a mi mamá: ‘Toma, es lo que gané en Sanctórum’. ‘¿Lo ganaste honradamente?’, fue lo primero que me preguntó ella. ‘Sí, lo gané arreglando cabezas’, le dije, y ya se tranquilizó.”

Nunca había ganado Agustín tanto dinero y sin necesidad de esforzarse demasiado. Sin embargo, la osadía le costó que lo despidiera su primer maestro peluquero. “Ya ni vayas, no tiene caso porque te van a correr”, sugirió al día siguiente su amigo, cuando se vieron el lunes temprano en una banca próxima al kiosco del zócalo de Tlaxcala. El buen amigo le tenía otra noticia, esta buena: una carta de recomendación dirigida a un general tlaxcalteca que vivía en la Ciudad de México. Era el salvoconducto para su segunda aventura en la capital del país, de donde retornaría años después casado y convertido en un maestro del oficio.

Empero antes de graduarse en el oficio tendría que atravesar otra dura prueba el jovencito Agustín Maravilla.

El general Rentería lo recibió en su casa de Coyoacán, lo invitó a desayunar y le preguntó qué sabía hacer. “Soy peluquero”, respondió sin dudar. Enseguida lo mandó con un peluquero del viejo barrio capitalino. “¿Traes herramienta?”, inquirió el nuevo maestro. Como no traía, le exigió que fuera por ella hasta Tlaxcala, cosa imposible “porque no tenía dinero para el pasaje ni tampoco herramienta, la que utilicé en Tlaxcala era de mi otro maestro”.

Esa noche halló refugio con un albañil tlaxcalteca que estaba trabajando en un alto edificio en construcción. Durmió sobre costales de cemento y al día siguiente lo pusieron a subir botes de mezcla hasta el piso más alto… hasta que el paisano se compadeció. “Estás muy chiquito”, le dijo. “Yo soy peluquero, pero no tengo dinero, por eso vine”, se excusó. “¿Eres peluquero? Mira qué casualidad, aquí me dejaron esta máquina, toma, te la regalo”, le ofreció el albañil la herramienta que necesitaba.

“Era una maquinita con el filo roto, lleno de hoyos. ¡Pero ya con eso me animé a regresar con el peluquero que me estaba esperando!”, narra con júbilo renovado Agustín.

“Era yo entonces todavía un peluquero chambón, pero esa señal me dio fuerzas para regresar a Coyoacán. Allá acabé de aprender, y ya después me hice estilista”, anota volteando a mirar los diplomas de su orgullo.

CABEZAS DE GOBERNADOR

Años más tarde volvió a Tlaxcala, a finales de los años cincuenta, buscando un local. Encontró uno en la calle Lardizábal y lo rentó.

“Allí duré dos años. Luego me pasé un tiempo a la mitad de esa misma cuadra. Y más adelante a un local de la Avenida Juárez, ahí estuve como tres o cuatro años. Como pude junté un dinerito y así fue como pude comprar aquí. Me gasté todo lo que tenía, así que me apuré para acabar de pagarlo. Me costó 100 mil pesos”, retoma el recuento de su vida.

Naturalmente queremos saber a cuántos gobernadores ha pelado. Esboza Agustín una sonrisa de niño travieso, y de buen grado nos hace un apurado recuento.

Con ojos brillantes, divertido de plano, comparte anécdotas de los hombres del poder que rindieron sus testas a las tijeras manejadas con maestría a pesar del tiempo transcurrido desde que, mucho tiempo atrás, comenzó a aprender el oficio de su suerte.

“Don Joaquín Cisneros Molina (1957-1963) * fue el primer gobernador al que pelé. Yo estaba entonces en la calle Lardizábal. Mi local le quedaba de paso, porque era su camino hacia donde ahora es Casa de Artesanías. Ahí era la casa de los gobernadores. Entonces, me veía trabajar allá en Lardizábal, y un día me llamó para que fuera a cortarle el pelo a la casa de gobierno. Me pagaba 15 pesos por el trabajo, siendo que yo cobraba entonces solamente 2 pesos.

“Luego vino don Anselmo Cervantes, y también fue mi cliente. En realidad yo lo arreglaba desde que era secretario general de gobierno de don Joaquín.

“Luego vino el general Ignacio Bonilla (1969-1970). A ese no le corté el cabello. Duró poco, como un año dos meses como gobernador. Cuando se murió entró Crisanto Cuéllar (1970). Él sí venía aquí. Me llevaba bien con él porque desde antes lo arreglaba yo.

“El doctor Luciano Huerta (1970-1975) me mandó a traer. Le gustó como le corté el cabello, y fui siempre su peluquero durante cuatro años y diez meses. Después ya venía aquí a esta peluquería. Me daba 50 pesos.

“Después de Huerta vino Emilio Sánchez Piedras (1975-1981). A ese no se lo corté porque él se iba a México a que lo arreglara su peluquero particular, que allá tenía. Al que sí se lo cortaba yo era al capitán Zainos, su chofer. Y venía Villeda, uno de los secretarios.

“A Tulio Hernández (1981-1987), cuando era gobernador no lo arreglé. Hasta que ya terminó, ya venía a cortarse el cabello conmigo. Creo que me daba 20 ó 30 pesos.

“A Beatriz Paredes (1987-1992) no.

“A José Antonio Álvarez tampoco lo arreglé. Dicen que traía un peluquero suyo. ¡Y además qué le iba a cortar si ni tenía! Mucha barba sí, pero arriba nada tenía ese gobernador.

“Alfonso Sánchez Anaya no vino aquí, pero me mandó a traer a la casa de gobierno que está en el empedrado de Ixtulco. Allá lo arreglé en los primeros años que fue gobernador. Después ya iba yo a cortarle el pelo a sus casas, a Huamantla, a Apizaco, a Tlaxco. Todo el tiempo que estuvo de gobernador fui su peluquero. Siempre me trataba bien, es un hombre muy bondadoso. Y me pagaba muy bien, porque también es generoso. Para mí, él ha sido el más bueno, el mejor gobernador que ha tenido Tlaxcala. La verdad, yo le agradezco mucho.

“A Héctor Ortiz, a ese no le corté el cabello.

-¿Y a Mariano González Zarur se lo ha cortado? –inquiero por último.

-Tampoco. Porque ya estoy viejo, ya no… –admite de buena gana.

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