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Virgilio Recargado (o, un Presidente al Desnudo)

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Virgilio Andrade Martínez. (lopezdoriga.com)

Por más buena fe interpretativa que ponga, yo no consigo entender al presidente de México. De hecho, con cierta frecuencia tampoco a mí mismo -ni demasiadas cosas más.

Por ejemplo no entiendo a los promotores del boicot a las empresas gringas que emplean también mexicanos. Ni el enojo que les causa el presidente del país vecino –enojado a su vez con el gobierno de México, cuya decisión de combatir al crimen organizado puso en duda durante la conversación telefónica- sólo porque Trump no quiere diez millones de indocumentados y considera indispensable checar su historial antes de decidir si les permite reingresar a su nación.

Opino que los tales están olvidando que Trump es un presidente de los estadunidenses, no de los mexicanos.

De nuestro presidente pudiera admitir, en buen plan, que en los numerosos affaires con Higa S.A de C.V. simplemente se apegó don Enrique Peña Nieto a los usos y costumbres de las clases política y empresarial nativas. Que siguió una tradición tan bien cimentada -por decir- como la Torre Latinoamericana. Que sólo hizo lo que todos hacen desde siempre. Que ha sido ortodoxo.

Desde este enfoque –que dicho sea de paso no resiste comparación con lo que ha ocurrido y está ocurriendo en España, Brasil y Argentina-, queda claro que el mandatario, la Primera Dama y el canciller Videgaray son básicamente personas tradicionalistas.

Valga pues el retorno de Videgaray. Lo que sí no puedo comprender por más que intento es el reciclaje del amigo Virgilio (¿cómo se apellida?) a Bansefi. ¿De qué se trata? ¿Alguien aconsejó al presidente que así, retando a la opinión pública, se demuestra autoridad en una democracia? ¿Qué espera el presidente para poner al hipotético saboteador maquiavélico que le aconsejó, de patitas en la calle?

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Andrade con el presidente en 2015. (animalpolitico.com)

Insisto: el presidente debe despedir por segunda vez también a su amigo con nombre de poeta. ¿Cómo pudo estando encendidos los ánimos ciudadanos por el gasolinazo, nombrar a Virgilio  el 27 de enero director general del Banco del Ahorro Nacional?

No es racional ni sensato ni práctico. Ni siquiera ético, para decirlo todo.

Nadie puede olvidar la imagen de Virgilio encargado por el presidente de investigar, al darle posesión de la Secretaría de la Función Pública, el asunto de las “casas blancas” facilitadas por el consorcio del pariente político Juan José Hinojosa al propio presidente en Ixtapan, a Videgaray en Malinalco y a la señora Rivera en Polanco (valuada esta en circa 150 millones de pesos).

Concluyó Virgilio que no hubo conflicto de interés al beneficiarse los funcionarios de los créditos de Higa; pero a poco lo echó el presidente. No es exagerado decir que en medio de la hilaridad pública.

De verdad yo no puedo entender la ciencia detrás de esa decisión de resucitar a Virgilio. Suple a Fernanda Casanueva, quien apenas en octubre fue removida desde la oficialía de Hacienda al dicho banco de gobierno por Meade, uno de los presidenciables menos expuesto hasta ahora.

El marcado-para-siempre Virgilio desciende en tiempos electorales a un círculo del inferno que contiene dinero público. Los antecedentes del funcionario y del propio Bansefi hacen coctel, no pueden augurar nada bueno.

Bansefi da créditos “populares” o blandos a personas pobres y grupos de bajos ingresos. Lo seguirá haciendo con Virgilio al frente a lo largo de la campaña presidencial de 2018 que ya comenzó.

En lo que va del sexenio han dirigido Bansefi además el tremendo economista poblano Jorge Estefan Chidiac y la abogada mexiquense Alejandra del Moral. Salvo el primero –quien fue vicepresidente del Centro Bancario de Puebla antes que diputado federal-, a ninguno de sus sucesores se le conoce experiencia cierta en el complejo oficio de administrar bancos.

El karma de Virgilio implica un riesgo obviamente inútil; su nombramiento es casi una valentonada. Podría, por como andan las cosas, acabar de desnudar las más gruesas fallas de la presidencia de Peña Nieto -básicamente las mismas de los presidentes predecesores: la corrupción y la incomunicación- en un momento particularmente sensible del México del siglo xxi.

Por cosas así, yo ya no sé si no entiendo o si en realidad tampoco quiero entender.

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