Código Tlaxcala
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Una de Amores Perros: ¡‘La Negra’ Halló a su Miguel Ángel!

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Cronicón Superficial y Prescindible, en 4 Actos y un Epílogo Milagroso

América Ruiz Durand in memoriam

UNO

El alcalde de Tlaxcala no pudo recibirnos, un asunto inesperado lo obligó a cancelar su agenda vespertina. Dos llamadas perdidas desde su cel indican que trató de avisarnos. Qué remedio, dije, y nos encaminamos hacia el Bunte.

Con Mario Alberto estuvimos ideando, para no variar, cómo recomponer el mundo. Se había sumado a la quijoteada otro reformador pertinaz, el religioso Rodolfo Antonio Pérez Ramón, un conocido de la época de El Universal de Puebla.

Desde la mesa vemos a Antonieta tomándole fotos a un perro negro. Por allí pasa el relajado Benjamín Ávila, ve a la bestia, y sin dudarlo le acaricia la cabeza.

Tanta paz transpira el magnífico can, que muchos otros transeúntes le hacen cariños.

El (ella) les mueve la cola sin descuidar nunca su vigilancia del patio.

DOS

Antonieta se acerca para mostrarnos sus fotos del hermoso animal que desde las 9 monta guardia ante la puerta de la casa del ayuntamiento.

Tendida sobre las baldosas, la mujerona de cuatro patas (es perra) parece una esfinge con la vista clavada marcialmente en el acceso principal.

“Dice Escobar en su columna de El Sol que el que no pueda se tendrá que ir; tal vez por eso está esperando, busca una oportunidad laboral”, especula Macías Palma.

No hemos acabado de reír cuando oímos exclamar angustiadísima a la fotonotera estrella de Código Tlaxcala: “¡Ya llegó la perrera, se la van a llevar!”.

En efecto, dos jóvenes han cruzado la calle. Ya uno se acerca por la espalda armado con la correa inmovilizadora. Presiente el animalazo y cabecea, librando por un centímetro el primer ataque.

Para entonces Antonieta ha indagado que el dueño podría ser un empleado de Obras Públicas.

“¿No ven que tiene dueño, que está esperándolo?”, cuestiona antes de desaparecer en el cubo del zaguán en busca del (supuesto) amo.

Entretanto nosotros decidimos ganar tiempo.

“¡Qué prisa tienen en asesinar al mejor amigo del hombre!” –digo por decir en tierra de toreros.

“Está desde las 9 de la mañana, da mal aspecto” –replica un joven y pulcro empleado de la comuna: pelo recortadito y bien engelado of course.

“¿Por qué mejor no investigan al propietario que lo abandonó? Abandonar a los perros sí es o debería ser un delito. ¡El perro (hasta entonces suponíamos que era macho) es inocente!” –alego.

Para entonces una docena de curiosos se ha detenido a observar el pintoresco incidente. Entre otros, el bardo de Panotla.

“¿Qué pasa?”, quiere saber el amigo.

“Quieren asesinar al perro antes de indagar si viene acompañado. Quizás lo abandonó un dueño que huyó por la salida de atrás”, le digo.

Con el mismo gesto adusto que usó la vez que fingió una huelga de hambre contra Pedro Pérez Lira, nos observa Erick Hernández Xicohténcatl, actual titular del Jurídico municipal. Se ve muy molesto.

“Nomás falta que éste nos eche a los madreadores de May Zaragoza”, pienso por pensar.

TRES

Hay muchos testigos, algunos divertidos por lo que ven y otros solidarios.

Animado por el decidido apoyo del bardo y la gente, tratamos de ganar más tiempo. Pero Antonieta no aparece por ningún lado. Entro al patio, grito su trágico nombre de emperatriz, pero no me oye.

Sólo consigo llamar más la atención. Y hacer dudar a los acechadores de la mujerona, que están siendo presionados por funcionarios.

“Hay gente que no tiene corazón, así han de tratar a sus propios hijos”, contraataco con la esperanza de desconcertarlos.

Y, en efecto, algo logro. Me lo confirma la actitud de los empleados de la perrera, que ahora vacilan entre su deber laboral, las presiones de los funcionarios de aspecto decente y su corazón.

Por lo pronto, el también futbolista Martín Xicohténcatl –primo del malencarado- insiste en que el dueño sigue adentro del palacio municipal. Está de nuestro lado.

En esas se me aproxima una empleada que con voz calculadamente sensata me advierte que los de la perrera sólo “hacen su trabajo”.

“La gente que pasa nos avisó que está estorbando, ¿qué no ve?”, postula.

“No le creo, se me hace que ustedes llamaron a la perrera; no le eche la culpa a los transeúntes, por favor”, cuestiono.

Duda, evade la vista y calla.

“Si empezamos a decir mentiras no vamos a poder ponernos de acuerdo nunca”, repico.

“¿Usted es de OPRAT?”, se defiende.

“No. Pero fui testigo de cómo en Tlaxcala persiguen como si fueran delincuentes a las personas que defienden a los mejores amigos del hombre, en vez de apoyarlos como hacen las naciones civilizadas”, contesto airadamente.

“Primero cerraron con violencia el albergue de Atlihuetzía y manosearon a las bondadosas custodias de los perros. Luego las persiguieron hasta Buenaventura”, la pongo al tanto.

Y sí, me siento enojado. Es porque la señora me hizo recordar a la Madre Teresa de los perros tlaxcaltecas.

Recuerdo también que el perseguidor de América, un ex titular de COEPRIST, hoy se halla preso por chantajear so pretexto de la sanidad a una doctora de Ocotlán.

CUATRO

Por fin reaparece Antonieta, corriendo.

“No hay tal dueño”, informa.

“Cuál es el problema, nos hacemos responsables”, encaró a los molestos con el performance.

Tratamos de acercarnos a la perra que a estas alturas se ha puesto muy desconfiada.

Pido un hueso y Antonieta busca salchichas para ganar su confianza.

“Mejor acerque el coche”, sugiero, y parte rauda en busca del fordcito.

Pero cada vez que tratamos de acercarnos a la mujerona negra de cuatro patas, recula. Así la seguimos por el Portal Grande hasta la contraesquina del Chico, sin éxito.

“Tú no te le acerques, ¡la asustas porque estás muy feo!”, improvisa predeciblemente el bardo.

EPÍLOGO

La perra se esconde entre los coches aparcados enfrente de la plaza del héroe Xicohténcatl. De pronto, cruza corriendo la calle que sube al empedrado, y en la banqueta empieza a dar saltos de alegría en torno a un hombre.

“¡Es el Miguel!”, exclama Mario Alberto.

Alcanzamos al amo de la mujerona que parece haber recobrado la confianza en los mejores amigos de los perros.

“¿Dónde estabas?, iban a matarla”, reprocho.

“Vine a ver al presidente Escobar, tardé mucho esperándolo”, justifica.

“Cuídala, es hermosa y te es leal”, le digo.

“¡Sí, pero come mucho!”, hace como que se queja Miguel, también contento.

Los vemos alejarse sobre la avenida Independencia. Cuando nos alcanza Antonieta con el coche, ya están muy lejos.

“Bonito show armamos, van a decir que estamos locos”, lamento una vez a bordo.

“No se arrepienta, déjelos que digan, esa gente no tiene remedio”, diserta filosóficamente la fotonotera.

Ciertamente nos sentimos contentos, aunque no sabemos cómo se llama la mujerona. Propongo marcarle a Mario, pero tampoco sabe.

En compensación nos dice que su amigo Miguel vive junto al bar El Arca.

Como nos queda de camino, decidimos buscar la casa.

En una privadita de gente humilde, unas señoras nos indican el cuarto desvencijado donde habitan Miguel y su fiel mascota.

Una de ella nos dice que a la mujerona de cuatro patas le dicen “La Negra” los vecinos y “La Winter” su amo.

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