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“Ninguna sociedad democrática puede existir sin una prensa libre, independiente y plural”. Kofi Annan

Taiwán

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En una monografía sobre la isla que en los albores de la Guerra Fría quedó sustraída de la órbita de la China totalitaria, Alejandro Guevara Onofre asienta que Taiwán se halla a comienzos del nuevo milenio “en la lista de las mejores democracias del Tercer Mundo”, entre un reducido grupo conformado por Barbados, Botswana, Chile, Chipre, Corea del Sur, Costa Rica, Mauricio, África del Sur y Uruguay”.

“El prestigio de la democracia taiwanesa” –añade el escritor peruano- “se origina principalmente por el triunfo electoral del opositor Partido Democrático Progresista en las elecciones presidenciales (fin del monopolio político del Kuomintang) y por el fortalecimiento de los derechos políticos”.

Recuenta Guevara Onofre que según Casa de La Libertad, “Taiwán y Japón empatan en el primer puesto como las mejores democracias del Asia” y que se anticipó al empoderar a las mujeres “a un ritmo sólo comparable con algunas de las mejores experiencias de las democracias del Mundo del Atlántico”.

Taipei, una capital moderna que sobrevivió al comunismo. FOTO Flickr

Otros indicadores notables son la ubicación de Taiwán entre las 30 naciones del mundo con mejor índice de desarrollo humano (por encima de Uruguay y Cuba); una tasa de mortalidad infantil de 6.6 (superior a China continental); una esperanza de vida de las mujeres taiwanesas de 78 años (más alta que Corea del Sur); una calidad del sistema educativo soportado en un maestro por cada 17 alumnos que atrae a sus universidades estudiantes de Japón, Corea del Sur, América Latina y África; un sistema sanitario equiparable al primer mundo que le posibilita enviar misiones médicas a Etiopía, Papúa, Nueva Guinea, Indonesia, Vietnam, Rwanda, El Salvador y Afganistán; un índice de desempleo inferior al observado en Japón, Reino Unido, Holanda y los Estados Unidos; y, finalmente, un nivel de planificación familiar que ha merecido el reconocimiento de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Vista panorámica del Taipei 101, el segundo edificio más alto del mundo. ABC.com

En 2013 Taiwán registró un PIB de 490.000 millones de dólares e ingresos per cápita arriba de los 20.000 dólares. No parece poca cosa para una nación de 25 millones de habitantes y 35 mil kilómetros cuadrados, del tamaño del estado de Puebla, que fue abandonada a su suerte por la comunidad de las naciones, resistió al totalitarismo y pervive a 180 kilómetros de la inmensa y amenazante República Popular China.

Conocida como China Nacionalista durante la Guerra Fría, la nación de Taiwán fue y sigue siendo en buena medida un residuo y un sobreviviente exitoso de la expansión del comunismo iniciada con la Revolución Bolchevique de 1917 que desembocó hacia los años ‘70s en la sumisión de más de la mitad de la población mundial a gobiernos unipartidistas y autárquicos que suprimieron libertades básicas como la opinión, la prensa, el tránsito y en general todos los principios consagrados en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano.

Edificio Tao Zhu Yin Yuan de Taipei, diseñado por Vincent Callebaut para ‘consumir’ dióxido de carbono gracias a sus 23 mil árboles y arbustos. FOTO Nobbot.COM

Una fugaz República de Taiwán o Formosa (literalmente Táiwān Mínzhǔguó, “Estado democrático de Taiwán”) existió en 1895, durante los meses que mediaron entre la cesión formal al Japón de la isla mediante el Tratado de Shimonoseki por la última dinastía china, la Qing, y el arribo de las tropas japonesas. La primera declaratoria republicana en Asia –aunque algunos historiadores asiáticos le remontan a la República de Lanfang de Borneo Occidental, en 1777- fue realizada por militares partidarios del emperador que pusieron pies en polvorosa en cuanto vieron desembarcar a los soldados nipones.

La segunda República de Taiwán es hoy todavía un anhelo inspirado en una razón inversa: independizarse de la China continental. Este propósito entraña una historia social conmovedora.

Edificio futurista en Taipei, un templo inspirado en el zapato de Cenicienta. FOTO semana.com

La República de China sustituyó definitivamente en 1912 a la dinastía imperial Qing en el continente y sus islas, hasta su derrota en 1949 a manos de Mao Tse Tung, quien rebautizó al país más poblado del mundo como República Popular China, obligando a más de 2 millones de Han partidarios del Koumintang de Chan Kai-shek a buscar refugio en la isla de Taiwán. Entre 1949 y 1970, la República de China fue reconocida por la ONU como representante legítimo de toda china; sin embargo, desde los años sesenta la rosa de los vientos había empezado a soplar en contra de los republicanos no comunistas, en parte por el peso demográfico de la China Popular y en otra porque la ruptura de Mao con la URSS volvió atractivo para Occidente al régimen comunista. Cosas de la Guerra Fría.

Roto el bloque comunista tras la muerte de Stalin y surgido un polo gemelo liderado por Mao, el gobierno chino logró en 1971, a propuesta de Albania –cuyo dictador Enver Hoxa había abandonado el Pacto de Varsovia en 1955 para asociarse con China-, la expulsión de Taiwán durante la XXIV Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas, ello con respaldo tanto del bloque soviético como del propio Estados Unidos (que rompería relaciones diplomáticas con la isla hasta 1979).

Plaza del Salón Conmemorativo de Chiang Kai-Shek, en Taipei. FOTO studyabroad.yale.edu

Por entonces, en efecto, Estados Unidos veía en la China comunista un posible aliado contra su principal enemigo, la URSS.

Entretanto, empobrecidos y aislados en Taiwán y los archipiélagos Islas Pescadores, Kinmen, Matsu, Pratasy y el atolón de Taiping, el rival de Mao, Chiang Kai-shek (1948-1975) y su hijo sucesor Chiang Ching-kuo (1978-1988) instauraron una autocracia militarista que para sobrevivir desarrolló una política exterior basada en relaciones comerciales indiscriminadas y políticas con naciones excluidas de la ONU -como la Sudáfrica del apartheid-, derivando a su vez en una tiranía con los más bajos estándares de derechos humanos del espectro no comunista. Empero tal aislamiento diplomático favorecería, paradójicamente, la apertura económica y la posterior evolución democrática del militarismo taiwanés.

Monasterio Fo Guang Shan de Taiwán. FOTO amordeviaje.com

El economista T.Ozawa refiere que “anticipando la suspensión de la ayuda económica de los Estados Unidos, en 1965 Taiwán comenzó a poner mayor énfasis que en la política de substitución de importaciones seguida hasta entonces, en la promoción de las exportaciones a través de la absorción de capital extranjero y de tecnología como una alternativa para ganar divisas. Esto fue un cambio completo de su actitud tradicionalmente conservadora hacia el capital extranjero”.

Al cabo, la brega de los taiwaneses alcanzó un clímax en 1979, cuando  en Kaohsiung un grupo de activistas prodemocráticos protestó contra la dictadura del Koumintang con saldo de 183 policías heridos, abriendo la puerta hacia el modelo surcoreano en una región del mundo de arraigada tradición despótica.

Poco más de una década después de la protesta, ya caído el Muro de Berlín el gobierno de Lee Teng-hui, un cristiano posgraduado en Iowa y Cornell, implementó a comienzos de los 90’s con apoyo del Nobel de Química 1986, Lee Yuan-tseh (llamado desde entonces “la conciencia de Taiwan”), una serie de reformas que hicieron posible en las narices de la China comunista -que interpretó la convocatoria a elecciones pluripartidistas como una agresión independentista- el triunfo de Chen Shuia-bian y la vicepresidenta Annette Hsiu-lien Lu (una veterana de la protesta de Kaohsiung).

Templo Longshan en Taipei. FOTO Destinations Around the World

Al asumir su primer mandato, Chen agradeció al pueblo la victoria del Partido Democrático Progresista sobre el Koumintang, “porque con amor y esperanza ha conquistado el temor y la oscuridad, y con el voto sagrado, expresa su determinación de mantener la democracia”; y a los países del mundo, por haber “mostrado su preocupación y apoyo a Taiwán, contribuyendo a que estas elecciones presidenciales se llevaran a cabo pacíficamente dando vida a una renovada oportunidad para la democracia y la paz de la región de Asia y el Pacífico, así como un ejemplo concreto del proceso global de la ‘tercera ola’ de la democracia”.

Dadas las circunstancias, el resultado final resulta francamente asombroso -y hubiera encantado a Montesquieu por cuanto ilustra inmejorablemente el potencial de las sociedades abiertas basadas en la libertad personal, sobre las autocracias y las dictaduras.

Hoy, Taiwán no quiere ser llamada República de China sino República de Taiwán. Pero, pese a haber construido una admirable sociedad moderna, abierta e innovadora, diplomáticamente no existe para las demás naciones. La agresiva política comercial del insaciable mercado de la China de Xi, ramificada en Asia, África y América Latina, fue empeorando a lo largo del actual milenio la situación de Taiwán. Todavía en 2017, Panamá se sumó a la lista de las naciones que decidieron ignorar su existencia real.

Tienda Orogold, ubicada en la rúa Zhongxiao de Da’an, distrito comercial de Taipei. FOTO orogoldlocations.com

A la fecha, Taiwán sólo existe diplomáticamente hablando para una veintena de pequeñas naciones, de las cuales once latinoamericanas (Belice, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, Paraguay, Dominicana, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, y San Vicente y las Granadinas), dos africanas (Burkina y Swazilandia), seis insulares del Pacífico (tres de Micronesia: Marshall, Nauru y Palaos; dos de Polinesia: Salomon y Tivalu; y Kribati), así como la Santa Sede del Vaticano.

Por fortuna para Taiwán esto podría cambiar, de nuevo por razones de geopolítica global.

En efecto, este mes Donald Trump firmó la Taiwan Travel Act o Ley de Viajes, un documento previamente aprobado por la Cámara de Representantes y el Senado que autoriza por vez primera desde 1979 contactos formales y solemnes entre funcionarios de ambos países. Esperanzada, la presidenta Tsai Ing-wen tuiteó en inglés su agradecimiento a su homólogo de Estados Unidos.

Con 7 mil millones de dólares, México se convirtió en 2013 en principal aliado comecial de Taiwán en Latinoamérica.

Por supuesto, el hecho fue descalificado por el ahora dictador perpetuo de China continental, Xi Jin-ping, quien advirtió su desacuerdo a Trump y expresó que “El pueblo chino comparte la creencia común de que nunca será permitido y es absolutamente imposible separar cualquier pulgada del territorio de nuestro gran país, China”.

¿Jugará Trump con la suerte de Taiwán como en su momento hicieron Kennedy, Nixon, Johnson y Carter desde el enfoque del Sistema de San Francisco que propuso para Asia la estrategia bilateral llamada Hub and Spokes (Cubo y Radios)?

Queda por ver que manda ahora la caprichosa rosa de los vientos…

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