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Nacho Vidal, el Pequeño Nicolás y… Donald Trump

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Víctor Sampedro /Público (España), 16 Mar

La tele y las redes digitales crean identidades lucrativas, pensadas para sacarles dinero.

La industria digital gestiona nuestra identidad. La formatea para ser consumida en la sociedad-mercado del espectáculo. Aunque las expectativas sean altas, los premios que se reparten pueden equivaler a una condena. Y los recursos para triunfar son los de siempre: dinero y “conocidos”; pero no precisamente en las redes.

Las figuras de Nacho Vidal y el Pequeño Nicolás desvelan adónde podemos llegar los hombres como empresarios de identidades lucrativas.

Personifican el éxito digital de quien tiene la verga o la cara muy duras. En el primer caso, el triunfo consiste en meterse en una cárcel de ingreso voluntario. En el segundo, cobrar un elevado caché televisivo, “trabajado” antes en redes clientelares y corruptas. Nada nuevo en España. Aunque sobre Nicolás también pesa una condena de prisión; en su caso, real.

Nacho Vidal es el actor porno español quizás mejor pagado. No puedo afirmarlo con certeza. No conozco las tarifas y, en todo caso, las declaradas son falsas. Vidal fue acusado de blanquear dinero para un tal Gao Ping. Se trataba de un magnate de la mafia china. Un mangante de guante blanco, conocido como el Emperador de Fuenlabrada. Un personaje de tal calibre podría protagonizar una película de Fu Manchú.

Según ABC: “Durante su declaración, la estrella del porno ha defendido su inocencia y ha asegurado, en relación con la petición de comparecencias solicitada por la Fiscalía Anticorrupción, que en las próximas semanas va a estar localizado en un programa de televisión en el que va a participar durante 90 días. La Fiscalía había solicitado la libertad del actor, una solicitud que ha sido atendida.” Es decir, intercambió la obligación de presentarse a firmar en comisaría por encerrarse voluntariamente.

La libertad condicional consistió en que “la estrella” (según dice ABC) se retransmitía desde una “mansión” realizando sexo de pago. Preso de sí mismo, no había riesgo de fuga.

El garañón del porno nacional se vio envuelto en una turbia historia. Revela el encaje de la industria pornográfica en el capitalismo de amiguetes globalizado. El blanqueo de dinero implicaba, entre otros, a concejales y numerosos funcionarios corrompidos en embajadas y consulados, tres primas lejanas del Rey Juan Carlos I, la policía que estaba untada, marchantes de arte y directores de museos… y hasta la Bolsa de diamantes de Tel Aviv.

Todos coincidían en un objetivo con una productora porno: evadir impuestos.

Nacho Vidal muestra lo que espera al final de la pasarela digital que vende cuerpos: una cárcel-burdel para representar placeres fingidos.

Por su parte, el pequeño Nicolás demuestra que las redes más lucrativas las forman personas con dinero, cargos e “influencia”. Verdaderos influencers en las corporaciones y las instituciones, no en Twitter.

Desde jovenzuelo y acompañado de su madre, Nicolasín frecuentó los actos del Partido Popular. Pronto empezó a verse con empresarios y a dejarse ver en el palco de preferentes del Santiago Bernabéu. Esa visibilidad (y no la de las redes) fue creciendo con su “actividad en sociedad”. Organizaba fiestas para sus “amigos mayores”. Arreglaba acuerdos entre ellos. Primero, les hizo de palmero. Y luego de representante. La trayectoria del clásico trepa.

Su caso saltó a la luz cuando fue acusado de cohecho, usurpación de funciones públicas y falsificación de documentos. Delitos propios de quien se corrompe y falsea su identidad. El pequeño Nicolás fue el detonador que hizo estallar el escándalo de la brigada político-policial del ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, en 2016. Este señor y sus lacayos fueron grabados conspirando para destruir rivales políticos con casos judiciales inventados. Una práctica propia de un Estado totalitario. Heredada de anteriores ministerios. Y, en su origen, del franquismo.

Por cierto, estos policías también trabajaron para la mafia china en la que se vio envuelto Nacho Vidal.

La historia de Nicolás parece una versión actualizada del pícaro que, al contrario que el Lazarillo de Tormes, mama de las ubres del poder. Le pillaron en Ribadeo, acompañado de unos policías municipales en comitiva y con coche oficial. Fingía ser un emisario de la Casa Real y, en su nombre, pretendía trapichear con un gran empresario.

Internet y la televisión consolidaron a Francisco Nicolás Gómez Iglesias como una celebrity. Los seguidores en Twitter se dispararon cuando abrió una cuenta. Llevaba saliendo en los periódicos varias semanas. Y después debutó en Gran Hermano VIP cobrando entre 2.000 y 3.000 euros diarios. El espacio acumuló 128.800 comentarios en Twitter; centrados en chismes sobre políticos, miembros y allegados de la realeza. Entre sus hazañas, destaca haberse sentado en las piernas de Corinna Zu Sayn Wittgenstein mientras viajaban apretados en un Masserati, que conducía…

Privilegio y secreto del bufón del rey. La prensa difundió con tono de reality los chascarrillos de palacio y no las conspiraciones de la mafia policial. Cuesta más investigar los chanchullos de las comisarías.

Las noticias sensacionalistas, la telerrealidad, las redes del poder y las digitales producen celebrities monstruosas. Una tupida trama las fabrica y presenta como prototipos sociales. Ante todo, porque son funcionales y muy lucrativas para quienes mandan. Recaban atención, dan dinero, entretienen y son objeto de burla. Aunque también de admiración.

Nicolás suscita envidia. Atrae miradas y aplausos. Ha sido premiado y encumbrado. No tiene contrapeso. Así que un día pregunté en clase: si decís que tenéis al Pequeño Nicolás de compañero, ¿a quién le dirían en casa, “No te mezcles con ese tipo”? Apenas levantaron la mano dos personas de las casi ochenta que estaban en el aula.

El susodicho consiguió que el hijo del embajador de Egipto en España le suplantase para hacer la selectividad. Usó un DNI falsificado en una comisaría. Así logró la nota necesaria para cursar un prestigioso grado universitario en Economía financiera; es decir, evasión fiscal e inversiones fraudulentas.

Nacho y Nicolás se daban la mano otra vez en cuestiones de limpiar dinero.

Para no agravar mi crisis vocacional, evité repetir a los alumnos la misma pregunta, pero centrada en Vidal.

Nacho Vidal, explicándose por televisión.

Los personajes públicos que se aúpan condensan los valores de la industria mediática y del espectáculo. No necesariamente, los del público. Veinte años antes habría sido impensable que Nicolasín recibiese un aval aplastante en el aula. Y, por cenutrios y jetas que sean algunos alumnos, la mayoría lo superan con creces en ética y estética. Pero les presentan arquetipos, ejemplos puros de identidades lucrativas.

Han tenido calado y tienen seguidores. A Nicolás le salió un calco canario. Ambos cultivaban conexiones y aspiraciones, políticas y empresariales. Ambos se apoyaron en la telerrealidad y las redes. Y Vidal cuenta con imitadores de apenas 18 años que hacen furor en el porno internacional. No doy nombres, para no dar ejemplos.

Aprovechando su proyección pública, Nicolás y su trasunto isleño se presentaron a las elecciones. Uno intentó ser senador y el otro, parlamentario en Canarias. El cargo político les proporcionaba más recursos y blindaje para sus chanchullos. Buscaba la impunidad parlamentaria que disfrutaban sus correligionarios; al estilo de Rita Barberá, por citar un caso señalado.

Alabados sean los periodistas que les desenmascararon.

“Quiero ser senador para cerrar el Senado”. Era todo el programa electoral de Nicolás. ¿Su ideología? Como los populistas autoritarios que han surgido en los últimos años, vease Beppe Grillo o Donald Trump, asegura no tenerla y estar “cansado de la división entre izquierdas y derechas”. Aboga por la antipolítica, reclamando que “los partidos funcionen como una empresa”.  Aspira a encarnar, como sus referentes, la figura del empresario político digital, como analizamos hace dos semanas. Aunque en su caso no pasa de la parodia cutre. Hasta el nombre de su partido pensaba decidirlo en una encuesta online.

Lo de Donald Trump, como ya sabemos, es mucho más serio. Aunque, sin forzar demasiado la imaginación, puede considerarse un cruce, un híbrido de los dos tipejos que hemos señalado. Exhibe en dosis elevadas y mejor financiadas la ambición del pipiolo y la testosterona del actor erecto. Los realities y las redes le hicieron presidente en 2016. Y los fondos buitres, de especulación financiera y evasión fiscal pagaron gran parte de su campaña.

Los populismos conservadores son fruto de la unión entre capitalismo financiero y digital, entre la telerrealidad y las redes. Convergen en el objetivo de lucrarse a cualquier precio y se complementan en el plano ético, estético y político.

También tienen en común el machismo imperante. Crean un arquetipo masculino de “hombre público”, al que acompañan “mujeres públicas”. Dos expresiones de significado opuesto.

La desigualdad de género, como la de clase, persiste en las identidades digitales. No hay más que ver a Melania Trump o, como expusimos la semana pasada, a Isabel Mateos, la amiga del Pequeño Nicolás.

 

Link  http://blogs.publico.es/victor-sampedro/2018/03/16/las-redes-de-nacho-vidal-el-pequeno-nicolas-y-donald-trump/

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