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Mejor Familia, Mejor Sociedad

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La tragedia ocurrida el pasado 18 de enero en el Colegio Americano del Noreste, en la ciudad de Monterrey, Nuevo León, prendió varios focos rojos en todo el país. Sobre el bullying que sufren los niños y jóvenes en las escuelas. Acerca de la tenencia de armas de fuego en casa. Sobre la depresión que padece este sector de la población, entre muchos temas más.

También, aunque en menor cuantía, se habló sobre el tipo de familia a la cual partencia el joven agresor. Básicamente los comentarios vertidos en redes sociales se dijo que la culpa era de los padres que no supieron o no quisieron entender las alertas de que su hijo estaba inmerso en algún tipo de grupo que promueve la violencia.

Sin embargo, no podemos erigirnos como jueces y señalar como únicos culpables a los padres de esa familia. Antes bien, debemos voltear la mirada a la propia familia. Porque tal vez estemos ignorando situaciones similares o peores.

Recordemos que los valores se viven en casa, se aprenden allí, a diario, con cada acto. Si en la casa no hay valores, el resto de las instituciones poco podrán hacer. Y esa educación casera es la que perdura, porque ella se vive con ejemplos.

Es en casa donde los menores de edad aprenden a distinguir lo bueno de lo malo, que es el valor más útil que tendrán el resto de sus vidas. Es ahí donde aprenden y practican el valor de respetar y tratar de igual a igual a niñas y niños; es en la familia donde se cultivan los valores donde se siembra la semilla para que crezca y florezca una sociedad más equitativa y más igualitaria.

Contrario a lo anterior, uno de los precursores de la violencia, que no el único, sin lugar a dudas, es la falta de un hogar donde se eduque de manera adecuada a todos sus miembros. Pero además de la enseñanza de actitudes violentas, los efectos de la descomposición de la familia van más allá.

La tambaleante ética rigiendo diversos círculos de nuestra sociedad es el resultado directo de un rompimiento en las buenas prácticas educativas dentro de los hogares. Esto conlleva a una tergiversación de los valores, del respeto al prójimo y, aún más importante, la valorización de sí mismo y de los demás.

Frente a ello, tenemos que plantearnos qué rol juega en todo esto la familia.

La familia debería asumir el rol como unidad fundamental de la vida humana; es alrededor de ella donde giran la mayoría de los ritos de la vida: nacimiento, los ritos de la adolescencia el ingreso a la escuela, el matrimonio, el divorcio, la enfermedad y la muerte y es precisamente en ella donde el individuo moldea toda la estructura moral que regirá su conducta y su vida.

La familia es referencia de vida de cada persona en nuestra sociedad; son estructuras complejas en donde se vierten las emociones de los individuos, son filosofías de vida en donde se mantienen los vínculos afectivos, y en donde se ponen más a prueba los conflictos humanos. En el seno de la familia se producen procesos básicos: la expresión de sentimientos, adecuados o in adecuados, la personalidad del individuo y patrones de conducta; todo esto se aprende en la dinámica familiar y los que así aprendan enseñarán a su vez a sus hijos, más o menos del mismo.

Cuando integración familiar es positiva, dentro de ellas se generan los valores más íntimos del espíritu: amor, bondad, y toda una serie de expresiones éticas y de felicidad personal; pero al mismo tiempo si no sucede así la familia viene siendo el centro de sufrimiento y malestar más grande sociedad.

Por ello, si prestamos más atención a lo que ocurre en el seno familiar, sin importar el tipo de familia de la que formemos parte, no solo se podrán prevenir actos como el ocurrido en Monterrey, sino que también estaremos formando una mejor sociedad.

Recuerden que: “No le evitéis a vuestros hijos las dificultades de la vida, enseñadles más bien a superarlas”. Louis Pasteur.

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