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Los Últimos Días de Bobby Fischer

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Federico Marín Bellón /ABC (España), 21Ene

Todo lo que se cuente sobre Bobby Fischer es poco. Su influencia sobrepasa los tableros. Con 14 años ganó el campeonato de Estados Unidos y con 15 se convirtió en el gran maestro más joven de la historia. En 1972 llevó el ajedrez a las portadas y la televisión cuando arrebató la corona a Boris Spassky. En aquel duelo habían intervenido la CIA, el KGB, Kissinger y el Politburó. «Eres nuestro hombre contra los rojos», le dijo el secretario de Estado de Nixon para animarlo a jugar. Entre bastidores del Mundial de Reikiavik se libró una batalla crucial de la Guerra Fría, de la que Bobby surgió como gran héroe americano.

Y entonces, cuando estaba en la cima del mundo, a la vista de todos, desapareció. Se mantuvo veinte años escondido y se convirtió en leyenda. También en un proscrito cuando regresó veinte años después, de nuevo contra Spassky, pero a espaldas de la FIDE y con dinero de un oscuro magnate yugoslavo. Bobby se saltó el embargo y se repartió con su amigo cinco millones de dólares. Se ordenó su busca y captura.

Viajes por el mundo

Vivió en Hungría, Filipinas y Japón, con el dinero a buen recaudo en Suiza por si lo detenían. Se abrió a algunos placeres relegados y conoció a varias mujeres, paradójicamente mientras se agudizaba su paranoia (se quitó los implantes dentales por si contenían transmisores) y desarrollaba un profundo odio antiamericano. El 11-S de 2001, una emisora filipina recabó su opinión sobre los atentados y Fischer volcó la furia acumulada: «Es hora de que los putos Estados Unidos reciban una patada en la cabeza. Aplaudo el acto. Quiero verlos aniquilados. ¡Muerte a Bush! ¡A la mierda los judíos! Hoy es un día maravilloso. Llorad, nenas, lloriquead, cabrones. Ahora llega vuestra hora».

Aquello indignó al Gobierno de Bush, que redobló los esfuerzos por capturarlo. Fue detenido en el aeropuerto de Tokio en 2004 y retenido en Japón durante casi un año, hasta que el Gobierno de Islandia, aún agradecido, le concedió asilo y nacionalidad.

Spassky vs. Fischer, 1972.

Algunos libros han arrojado luz sobre su vida en Reikiavik, una ciudad con poco más de 120.000 habitantes. Frank Brady relata en su documentada biografía (editada por Teell en España) las caminatas de Bobby a sus restaurantes favoritos, sus visitas a la librería Bokin y su vida monótona, Bobby dejó el colegio, pero estaba lejos de ser un inculto. Islandia era su paraíso y su cárcel, con solo unos pocos amigos y escasas posibilidades de hacer más, al desconfiar de casi todos. Ni siquiera veía demasiado a su mujer, Miyoko Watai, presidenta de la Federación Japonesa de Ajedrez.

En esos años, varios promotores le ofrecieron nuevos duelos ajedrecísticos, contra Spassky y contra jóvenes estrellas, pero Fischer aún era escurridizo y exigente. En un reportaje publicado por Frederic Friedel en ChessBase, el editor de la compañía alemana resume parte del libro más cercano a Fischer en sus últimos años. El autor, su amigo más íntimo del campeón en Islandia. Gardar Sverrison lo retrata como un hombre curioso y apasionado, con un gran abanico de intereses y una perspectiva original de la vida y la muerte. Preocupado por la actualidad, la cultura y la historia, el arte y la religión, Bobby también podía ser -con contadas personas- un amigo sincero y generoso.

Gardar Sverrison confirma que en sus últimos años Fischer planeaba un nuevo regreso en un duelo contra el campeón mundial, Viswanathan Anand, pero en una variante de ajedrez inventada por el propio Bobby y conocida como Fischer-random (ahora también ajedrez 960), en la que se sortea la posición de las piezas.

Fischer murió el 17 de enero de 2008, a los 64 años, de un fallo renal. Solo accedió a ingresar en el Hospital de la Universidad Nacional de Islandia cuando ya era tarde. Nunca quiso operarse ni tomar medicamentos, ni siquiera calmantes contra el dolor. Bobby creía, cuenta el libro, que los humanos son parte integral de la naturaleza y que es mejor que todo siga su curso. Consideraba la ciencia occidental antinatural y creía que los médicos, aliados de la industria farmacéutica, están más preocupados en mantenerte enfermo que en curarte. Para colmo, en su primera visita a una clínica descubrió a un fotógrafo y huyó horrorizado.

Una sencilla tumba para ‘un perdedor en el juego de la vida’. FOTO: chess

¿ME ESTOY MURIENDO?

Su última Navidad fue la de 2007. La ciudad estaba tranquila y nevada. Reinaba la oscuridad del solsticio de invierno. Bobby seguía analizando partidas, con tanta pasión que la actividad lo dejaba exhausto. «Solo tengo que parar antes», replicaba cuando le pedían que lo dejara del todo.

Miyoko llegó en diciembre y lo cuidó el tiempo acostumbrado. Él apenas lograba dormir y preguntaba todo el rato si parecía un enfermo terminal, si se estaba muriendo. Dio instrucciones sobre su funeral, al que debían ir las personas justas.

El 17 de enero era jueves. Le dieron un baño caliente, luego un sedante y, por fin, algunos calmantes. Perdió gradualmente la consciencia y expiró.

Link  http://www.abc.es/deportes/abci-ultimos-dias-bobby-fischer-201801210854_noticia.html

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