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Las miradas que nos hablan

Siempre que salgo a caminar sin compañía me encuentro con una dificultad en apariencia minúscula pero al mismo tiempo de suma importancia, ¿hacia dónde dirijo la mirada cuando voy entre la gente? ¿La observo? ¿La evito? ¿La ignoro?

Es fácil observar a la gente desde una ventana, o desde un auto, incluso desde la distancia, pero hay días cuando voy por la calle y cruzo entre las personas, ya sea que vayan solas o en grupo, que algo internamente no sabe qué hacer ni qué esperar en esos breves segundos que dura el intercambio de miradas.

Hay quien mira con seriedad, quien lo hace cordialmente, incluso quien regresa una sonrisa. Quien mira por unos segundos y quien clava la mirada. Gente que te hace sentir cómoda y  otra en cambio que aún en breves segundos te hace sentir desconfianza. Cada mirada no solo nos sirve para observar el mundo, sino también para mostrarnos a nosotros mismos. Leemos a la gente, y ella a su vez, nos lee.

En una tarde en la que salí por una larga caminata me encontré con una pareja de ancianos sentados en una banca que llamó mi atención justamente por la mirada penetrante y desagradable que me lanzaron al pasar. Yo, que he aprendido muy bien cómo es el temperamento de las personas de la zona, también los miré fijamente hasta que desviaron la mirada. Aquí las personas detestan cualquier tipo de mínimo contacto frontal por parte de un desconocido, incluso si se trata tan sólo de una mirada.

Pero el asunto que más me desagradó fue a la vuelta, cuando tuve que pasar de nueva cuenta por el mismo lugar. Cerca se encontraba una niña de unos cuatro o cinco años persiguiendo una pelota. Su padre caminaba más despacio ayudando en sus primeros pasos a un pequeño niño, centrando casi toda su atención en él. Cuando la niña pasó frente a los ancianos, noté claramente cómo su mirada se clavaba en ella mientras algo se decían, una mirada que yo interpreté mal intencionada, desagradable, una de esas miradas que le hace a uno preguntarse ¿qué pasa con esta gente? La niña también notó esa hostilidad, pues acto seguido tomó su pelota para ir con su padre.

Me quedé pensando en esa pareja tan poco agradable, que miraba a las personas distintas a ellos desde una especie de superioridad y de menosprecio, o al menos es así como  yo los leí. Y pienso que entre adultos a veces esos gestos no tienen mucha importancia, dependiendo nuestro grado de susceptibilidad, pero en los niños se me hace un acto reprochable, más si hay un componente racial de por medio, como creo que fue en este caso.

Dice Antoine Jaime que la mirada es “el vehículo más eficaz de la sensibilidad, debido a su sobriedad”. En su sencillez radica la efectividad de su mensaje. Y yo creo que es en gran parte porque nuestros ojos, sofisticadas piezas de la evolución, son el medio en el que cohabitan dos mundos: el que percibimos de afuera y aquel que llevamos dentro. Vemos las cosas, pero también dejamos entreabierta la puerta que revela aquello que nos habita.

A veces es curioso cómo olvidamos que los mensajes transmitimos sin decir una palabra pueden resultar muy elocuentes, como en las manifestaciones de cine y la pintura, en donde nos resultan obvios, mientras que no así en nuestra vida cotidiana. Pienso que en la forma en que miramos llevamos todo un complejo circuito para expresarnos. Si pensamos que el órgano ocular comenzó su camino evolutivo en la naturaleza a partir de aquellos organismos acuáticos sensibles a la luz, mientras que aquellos que no la resistían se guarecían en la oscuridad, quedándose en el ciego mundo primigenio, por qué no pensar que la luz de la conciencia, de la empatía y el respeto a las otros y sus diferencias también pueden hacernos mejorar en el modo en cómo percibimos las cosas desde adentro y así ver el mundo de otras maneras.

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