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La Manumisión de la Palabra

Se dice que al principio de los tiempos fue la palabra, que Dios era la palabra; pero también era resulta de una identidad profana, la palabra como redentora de la humanidad. La palabra, como aquel primer fonema de un niño capaz de producir en su madre una actividad interna que traspasa la objetividad, que va más allá de la sapiencia. La palabra como obsequio para representar nuestra persona. La palabra como aquel mayor honor que se perdería al fallar una promesa. La palabra como el arte que nos acompañaría inherentemente para inmortalizar el todo.

Es preocupante darse cuenta de la idea errónea que tenemos sobre ser letrado, pareciera que es necesario estudiar letras para tener un juicio crítico sobre las obras literarias o para leer un ensayo de cien cuartillas. Hemos creado un arquetipo de la persona “culta” como un ser superior, como un status social; pero lo cierto es que en el gran orden de las cosas ser culto implica entender que es imposible saber todo, que nunca terminamos de aprender, que hasta el día de nuestra muerte aprendemos lo último: qué hay más allá de esto que llamamos vida.

La relación que tenemos con las letras comienza en la infancia con un recuerdo, un devenir de lo que pudiera pasar, un ambiente cálido y tranquilo que evolucionará  a través de las sinapsis, circulará en los músculos y nos permitirá afinarla o delinearla según sea el caso; comenzará la creación incesante de palabras que recuerdan alguna época, a un familiar, al amor, a los miedos y hazañas; las palabras que se convierten en instantes, recuerdos, y por tanto, sentimientos; gracias a la capacidad de expresar con ellas lo que no se ve, lo que no se explica, y a veces lo que no es.

La relación con las palabras debe ser abierta, sin prejuicios ni estereotipos porque ser fiel a un habla sería limitarlas en todo su sentido; las palabras van y vienen pero el significante permanece; ergo a ello, las letras a veces se escriben con oro, muchos las llevan tatuadas en la piel y algunos otros, en lo más hondo de nuestra alma; el valor que le otorgamos a cada una, es proporcional a nuestras creencias y una de ellas sería casi nada cuando se enuncia con miedo de lo que pudiera significar, pero también sería una lástima perdernos de esa oportunidad al autocensurarnos como lo hacemos al limitar nuestra expresión a los 120 caracteres de un tuit, al abreviar los mensajes de texto por miedo a lo vacío de un costo monetario, al decir “calladito te ves más bonito”.

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