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El País del Dilema Motochorro

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Héctor Gambini /Clarin.com (Argentina), 23 Jun

La palabra motochorro apareció por primera vez en una nota de Clarín hace 10 años. Un neologismo de raíz lunfarda que nació para describir con simpleza irresistible un fenómeno de la inseguridad urbana bien argentino, porque ladrones en moto hay en todas partes pero los motochorros son una marca nacional.

Crecieron, se multiplicaron, se expandieron. A tal punto, que la acepción que más utilizamos ahora es en plural. “Motochorros”arroja en Google 898.000 resultados, casi el triple que si se busca la palabra “motochorro” así, en singular.

El término se inventó bastante después de que los robos y arrebatos en moto fuesen un problema en las principales ciudades argentinas. Pero mucho antes de uno de sus crímenes emblema. El del ataque a Carolina Píparo, embarazada de Isidro, quien murió a poco de nacer por el balazo que su madre recibió en la panza cuando motochorros -ya los llamábamos así- la atacaron para robarle la cartera.

La palabra justiciero explotó en los diarios hace 27 años, cuando un ingeniero corrió en su auto a los ladrones que le habían robado el pasacasete, los alcanzó en un semáforo y los mató a tiros.

Aunque los medios cambiaron luego la palabra justiciero por la expresión justicia por mano propia, aquel ingeniero Santos aún lleva la marca personal y social de haber cometido un doble crimen para recuperar un objeto que ya no existe.

Hace 9 meses el país habló de un carnicero de Zárate que, como ayer en Retiro, siguió a los motochorros en su auto, los alcanzó y los atropelló. Mató a uno de ellos. Estuvo preso unas horas y fue liberado, pero la imputación por el homicidio se mantiene y la investigación aún sigue abierta.

Como había pasado con Santos, en el termómetro social la reacción del carnicero tuvo más admiradores que detractores.

El delito masivo sigue las reglas de la economía, y en la Argentina hubo un crecimiento exponencial en la venta de motos. Muy sencillo: por eso mismo hay más robos en motos. Los ladrones huyen más rápido y también pasan más desapercibidos entre los miles de motoqueros que atraviesan la ciudad.

Desde Carolina Píparo hasta el carnicero de Zárate, y aún después, hubo todo tipo de debates sobre cómo contrarrestar a los motochorros.

Sólo una propuesta quedó en pie, y comenzará a regir en 10 días: chaleco con la patente de la moto impresa en el acompañante, una fórmula que inventaron los colombianos para combatir a los sicarios en las calles de Bogotá, Cali o Medellín.

Ayer otro robo terminó en justicia por mano propia.

Los chicos ya no saben qué es un pasacasete, pero la furia tras la impotencia de ser robado se replica en más ingenieros santos cada tanto.

No es el objeto robado sino la furia por el robo. Y cierto contexto para que no funcione lo que la psicología llama frenos inhibitorios: muchos dicen “a estos hay matarlos” pero, por suerte, pocos cruzan esa frontera.

La ley penal declara inimputables a quienes “no pueden comprender la criminalidad del acto ni dirigir sus acciones”, pero estos casos no son así. Quienes corren a los ladrones para atropellarlos con el auto no sólo comprenden lo que están haciendo sino que, para conseguirlo, dirigen sus acciones eficazmente.

Los abogados recurren entonces a la figura de la emoción violenta, un estallido de furia pasajero que explica el hecho. Esa figura puede reducir la pena al acusado, pero no lo vuelve inimputable.

En la calle manda la justificación porque manda el hartazgo, pero la locura no debería ser el dilema.

Por más que se repita, correr a los ladrones para matarlos siempre es una respuesta individual que empobrece a la sociedad donde sucede.

Link  https://www.clarin.com/opinion/pais-dilema-motochorro_0_Hk3j7J0W-.html

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