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“Ninguna sociedad democrática puede existir sin una prensa libre, independiente y plural”. Kofi Annan

El Cielo o el Infierno Está en las Palabras

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Las palabras han sido, son y serán las herramientas más poderosas del ser humano. Generan primero un pensamiento que pasa a ser un sentimiento y concluye con un comportamiento que puede ser negativo o positivo. La historia cuenta con muchos personajes, Gandhi o Adolfo Hitler son la muestra clara de efectos contrarios.

En nuestra vida diaria utilizamos de manera consciente o inconsciente una gran variedad de palabras para comunicarnos con diversos grupos sociales con los que tenemos contacto. Te invito a detenernos un poco y preguntarte ¿cada palabra expresada constantemente genera en nosotros y en los demás algún efecto? La respuesta es sí, al grado que puede influir en la forma en que percibes tu vida.

Las palabras no solo van dirigidas a otra personas para captan su atención, entrar en su mente y tratar de cambiar algo en él; también las utilizamos para tener un diálogo con nosotros mismos. ¿Quién de nosotros cuando se encuentra a solas habla consigo mismo? Cuando nos golpeamos, cuando vamos manejando y se detiene un carro o se atraviesa alguien, ¿decimos algo? En la mayoría de las veces creemos decírselo a alguien más, pero no nos escuchan, por lo tanto, lo decimos para nosotros mismos.

Cuántos de nosotros al iniciar un día normal nos decimos lo bien que nos sentimos, lo mucho que nos aceptamos, lo agradable de nuestra sonrisa o cuerpo, lo feliz que estamos por tener las personas que nos rodean. Me gustaría equivocarme pero creo que no lo hacemos tan a menudo. La mayoría de las veces repetimos palabras que nos lastiman, por ejemplo; porque siempre a mí me pasan cosas malas, qué torpe soy, no me gusta cómo me veo, qué tonto, qué gorda, o peor aún, no me lo merezco, no es posible, no puedo, lo haré después, es muy difícil, ya no estoy en edad de intentarlo, y si creen que no se puede más qué tal estas: te odio, no soy feliz, me desesperas, ya me cansé de ti, no te soporto, etcétera, etcétera.

Y ¿porqué les digo todo esto? Porque si bien es cierto que una gran parte de los padres están preocupados porque sus hijos reciban lo mejor de nosotros, pues si en verdad esa es nuestra intención, es necesario hacer un alto y reflexionar sobre la calidad de palabras que ofrecemos a nuestra mente para que se alimente todo los días. Sería algo ilógico que digamos que amamos a nuestros hijos o a nuestros padres y, cuando perdemos el control lastimamos corazones, destruimos autoestimas y asesinamos esperanzas y sueños.

Debemos de ser muy cuidadosos para poder detectar que todos tenemos problemas y no siempre las cosas salen como uno las planea, pero el problema no está tanto en lo que sucede, es lo que nos decimos cuando sucede, porque es ahí cuando surge la verdadera forma en que nos tratamos.

Hoy de manera consciente iniciemos un cambio, elijamos cómo nos queremos sentir hoy, y para ello, escojamos cada una de las palabras que nos hagan sentir positivos, repitámoslas una y otra vez hasta que el cerebro las acepte y pasen a formar parte de un nuevo hábito de pensamiento reflejado en sentimientos y conducta. Debemos romper con todas aquellas palabras que nos limitan como personas. Nadie puede ofrecer algo que no tiene; si en verdad queremos tomar la responsabilidad de nuestra vida ya no podemos echarle la culpa a nadie.

Quiero finalizar la reflexión con un fragmento de la contestación de Sócrates a la persona que le pidió que renunciara a filosofar a cambio de seguir viviendo:

“Mi buen amigo, siendo ateniense de la ciudad más grande y prestigiosa en sabiduría y poder ¿no te avergüenzas de preocuparte de cómo obtendrás las mayores riquezas, la mayor fama y los mayores honores, y, en cambio, no te preocupas ni te interesas por la inteligencia, la verdad y por cómo tu alma puede llegar a ser cada día mejor?”.

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