Código Tlaxcala
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Católicas Paradojas

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La familia es la base de la sociedad. ¿La familia de quién? ¡¡La mía no tiene la culpa de nada!!  Felipito

Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Albert Einstein

La marcha de los católicos mexicanos del sábado 24 en la Ciudad de México es de llamar la atención. Pasarla por alto, sin reflexionar sus significados, entorpecería la lucidez colectiva de nuestro gentilicio.

Aunque no guste a tantos, conviene a todos pensar el mundo en que vivimos. La manifestación cercana a medio millón de personas trasladadas en una flotilla de autobuses operada desde las bases parroquiales de la iglesia católica de México (léase Arquidiócesis Primada), nos recuerda que regresamos a la sempiterna disyuntiva de dudar o creer.

Y obliga, si elegimos pensar, a precisar de qué creer y qué dudar estamos hablando.

Como ya es costumbre –igual hizo Barrón en Tlaxcala, cuando derrumbaron los fieles un templo colonial en San Pablo del Monte-, la cúpula de los obispos de México se lavó las manos y declaró no haber convocado a la marcha, a la que intentó hacer parecer espontánea.

Al día siguiente, el domingo en la Plaza de San Pedro el papa Francisco aludió dos veces a México. Contrastó el pontífice argentino algo bueno (la marcha del FNF) y algo irrecusablemente malo (la violencia que asesina también curas). Expresó en referencia a la marcha del sábado: “Me asocio con mucho gusto a los obispos de México en el sostener el compromiso de la Iglesia y de la sociedad civil a favor de la familia y de la vida, que en este tiempo exigen especial atención pastoral y cultural en todo el mundo”. Agregó una oración “por el querido pueblo mexicano, para que cese la violencia que en estos días ha golpeado también algunos sacerdotes”.

Fue todo. Ni una palabra pronunció el pontífice contra el matrimonio gay que es legal en España desde hace una década -y a la fecha en Portugal, Bélgica, Francia, Dinamarca, Noruega, Islandia, Luxemburgo, Holanda, Suecia, además de seis países de América: Estados Unidos, Canadá, Brasil, Argentina, Uruguay y Colombia, Nueva Zelanda en Asia, y parcialmente en Inglaterra y México.

Empero el guiño de Francisco a los fieles fue interpretado al vapor por la Arquidiócesis como un respaldo incondicional a su postura contra la iniciativa de Peña Nieto. ¿Acaso no les pidió su papa, durante la visita a México, distanciarse del “carro del faraón”? Y se apuraron los jerarcas mexicanos, a juzgar por lo que va corriendo en los portales digitales, a leer dicho guiño como un reculón de la postura previa hacia los gays que tantos reconocimientos por tolerante valió al líder católico global. ¿Será que los cardenales Norberto Rivera Carrera y Alberto Suárez Inda lograron atraer hacia al redil teológico que comandan, de vuelta a Francisco?

La pregunta clave que los guías de los católicos mexicanos eluden atañe al motivo real de su desacuerdo con la iniciativa presidencial sobre matrimonio gay. En realidad, la iniciativa del faraón en ninguna parte obliga a la iglesia a casamentar en los templos a parejas del “mismo sexo”. Entonces, ¿exactamente por qué salió a marchar medio millón de católicos mexicanos el pasado sábado?

Cuesta creerlo, mas hay razones para sospechar que a los obispos mexicanos liderados por Rivera y Suárez de veras se les ha ocurrido que cabe llevar los valores de su parcialidad religiosa a la Constitución de México. Tan teológico plan de regresión hacia épocas anteriores a la Ilustración y la Modernidad, comprende además la instauración constitucional de la familia conformada por hombre y mujer (“como la de Nazaret”, rezaba un cartelón de la marcha) y también la creación de un Instituto de la Familia. Por alucinado que parezca, hay que tomar en serio estos despropósitos de la curia mexicana.

Norberto y Alberto deben saber que todo eso es un exceso, por no decir abuso. Los católicos mexicanos de a pie no necesariamente podrían entender la postura de sus obispos, como en tantas otras cosas, pues habiendo sido reclutados para la fe vaticana por el bando de la Contrarreforma, simplemente no conocen gran cosa su libro sagrado y básicamente se limitan a seguir a los pastores. En efecto, los católicos mexicanos de a pie carecen de independencia moral e intelectual ante los sacerdotes simplemente porque durante los tres siglos de su gestación la grey no pudo leer un libro cifrado en latín. Se debe tener presente que dispusieron, los católicos nativos, apenas hasta 1825 de una traducción española de la Vulgata, cuando el papa autorizó la de Amat. Durante la Colonia pudieron conocer indirectamente La Biblia a través de versiones de sacerdotes y los escasos pasajes traducidos por escritores, poetas y dramaturgos. Demasiado poco para formar un juicio propio.

De eso se trató precisamente la Reforma religiosa que instauró en Europa, en el siglo de la Conquista, la pluralidad religiosa más de mil años después de que Constantino hizo del cristianismo una religión de Estado del imperio esclavista romano (asegurando así su propagación por todo el mundo): de si los fieles debían interpretar por sí La Biblia (protestantismo) o si debían confiar esa tarea a los sacerdotes (catolicismo). Al menos en México, el sacerdocio católico persiste en el supuesto riesgo de ser engañados los fieles por el diablo, si intentan leerlo sin la guía sacerdotal. En contraste, estimulados por sus propios líderes religiosos los herederos de Lutero y Calvino pudieron conocer desde el siglo xvi, cada quien con ojos e inteligencia propios, en sus propias lenguas el libro común (en las traducciones españolas de Reyna y Valera).

Ergo, también de simple ignorancia se trató la marcha del sábado en la CDMX.

Prueba de esto es que los fieles parecen desconocer que su iglesia tuvo durante un largo milenio todo el poder imaginable sobre las personas y las mentes fieles e infieles para intentar un mejor mundo terrenal. Todo: gobiernos, monopolio teológico, dinero a raudales, escuelas sin competencia, leyes ad hoc, guardias e inquisidores estrictos, ejércitos armados, y hasta instrumentos de tortura. Mas no lograron los papas católicos gran cosa que se diga, amén de enriquecerse espectacularmente hasta que un buen día Napoleón invadió España y exhibió los horrores de los mal llamados “Santa Inquisición” y “Santo Oficio”.

Mas si no han tenido siquiera la curiosidad de leer ellos mismos el libro de su dios, ¿cómo podrían interesarse en estudiar la muy agitada historia del papado?

De hecho, sólo tras resquebrajarse el fabuloso poder terrenal del Vaticano pudo comenzar la era moderna. Una era de naciones basadas en valores cívicos y laicos, superiores para los fines de la vida en sociedad a los de tal o cual religión. La iglesia católica –todas las religiones- son vestigios de mundos felizmente idos. La apuesta del hombre de nuestro tiempo no pasa ya por los valores presuntamente divinos (ahora confinados a la intimidad de la vida privada). No hay más lugar para las teocracias. Así lo confirma el espectáculo inhumano, brutal, ignaro y fanático de una religión consanguínea, el islamismo, que se afana asimismo para imponer al mundo los valores y anti-valores de su propia fe.

Cabe considerar, por último, si se trata para la Arquidiócesis de México, como se ha sugerido, de jugar fuercitas con el gobierno como estrategia para uncir su mercado de creyentes a los fines terrenalmente políticos del Partido Acción Nacional (PAN). Panistas connotados salieron a las calles (algunas veces junto a legisladores priístas, como en Puebla) durante las manifestaciones estatales que precedieron la marcha del Auditorio al Ángel.

Mención aparte ameritan los reportes independientes sobre manifestantes que (otra vez) saludaron al estilo nazi. ¿Será que, a río revuelto, los muchachos de El Yunque están volviendo por sus oscurantistas fueros?

COHETERÍA

Debe ser -¡porque lo dijo Popper, aunque moleste a los teólogos multicolores!- que las paradojas o contradicciones sean preciosas para la inteligencia por cuanto constituyen hitos del conocimiento meramente humano, el laico y reacio a verdades absolutas.

Muchas se perciben en la manifestación del FNF. Algunas parecen muy obvias:

-¿Alguno de los marchistas se habrá manifestado públicamente en su momento contra el encubrimiento que el Vaticano, específicamente san Juan Pablo Segundo y la Arquidiócesis de México, hicieron del sacerdote michoacano Marcial Maciel Degollado? ¿Conocerá al menos un marchista, los dolorosos testimonios de los propios hijos abusados desde bebés por el monstruo de Cotija de la Paz –del que se ha dicho, sin desmentido, que fue asesor espiritual de al menos una familia presidencial? ¿Cómo han podido, si se dicen seguidores de Cristo, tolerar un crimen tan diabólico sin exigir a grito pelado castigo, en primer lugar a la iglesia que defendió al pederasta mientras estuvo vivo? ¿Acaso el demoniaco protegido de san Juan Pablo Segundo no pisoteó a todas las familias, católicas o no, al degradar tan vilmente los frutos que él psicópata Legionario de Cristo procreó ilegalmente y a escondidas?

¿Así entenderán los católicos su fe: como un pacto de encubrimiento de los pecados más graves y de los peores pecadores del rebaño?

-¿De veras se creerán los católicos mexicanos más papistas que el papa por obedecer las ocurrencias de Norberto Rivera y Alberto Suárez, o mejor feligresía que otras que conviven sin zozobra con la nueva familia gay -como las española, portuguesa, irlandesa, brasileña, argentina, colombiana y uruguaya, todas de naciones con mayoría católica absoluta? ¿En base a qué se presuponen más cristianos ó mejores católicos? ¿Nomás porque lo dicen Norberto y Alberto?

-¿Cuántos de los indignados que marcharon del Auditorio al Ángel habrán leído La Biblia y cuántos hallado en el libro judeocristiano razones auténticas para protestar? ¿Sabrán, por decir, que la familia patriarcal de un hombre y varias esposas ocupa un sitio incuestionable en el libro de libros? ¿O, se habrán preguntado si cabe a la iglesia católica responsabilidad por acoger de facto en su seno una variante mexicana de familia compuesta de hombre, mujer, hijos y una mal disimulada institución llamada “casa chica”, habitada por otra mujer y otros hijos? ¿Cuánta ignorancia se necesita para desconocer que una gran mayoría de familias mexicanas no corresponde al modelo teológico padre-madre -hijos, y que por ende la Constitución de todos no debe admitir los prejuicios de Norberto y Alberto?

-¿De veras creerán los yunques mexicas que por portar una piel levemente clara pasarían los exigentes estándares de Adolph? ¿Nunca habrán pensando si ese asesino de gente rubia y ojos azules (judíos, gays, agunos gitanos) bien podría haber reciclado al morenazo don Felipe Calderón y su señora Margarita Zavala en jabón para bañar sus mastines?

-¿Habrá reflexionado algún marchista del FNF sobre el hecho de que abusos prehumanos como el canibalismo, la esclavitud, la sujeción de las mujeres al hombre, la persecución de disidentes de fe, etcétera, también duraron miles de años (esto es, fueron tradiciones incuestionables) hasta que un buen día se revelaron incompatibles con los valores laicos de la humanidad y la modernidad? ¿Podrá entender, en fin, un católico mexicano promedio que las tradiciones duran hasta que se extinguen –lo cual con frecuencia para bien?

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