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Código Tlaxcala
“Ninguna sociedad democrática puede existir sin una prensa libre, independiente y plural”. Kofi Annan

Bayly en Julio

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Jaime Bayly es, sin duda, ave rarísima en el aviario del periodismo latinoamericano –y sin exagerar, del que se hace y ha hecho en lengua española y algunas más. Escándalo confeso y orgullo subrepticio de su familia; desdeñado y despreciado por escritores que casi siempre en modo ficción o si acaso de refilón escriben acerca de sí; admirado en el peor sentido, aunque algo incomprendido por los colegas del oficio al que adscribió salido de la adolescencia; casi seguramente odiado por los guardianes a diezmo de las hipocresías religiosas; salvado merced a algún capital, según sugiere, por un tris de las iras tumultuarias que no podían sino acecharlo.

Original como pocos y nadie, el peruano Jaime Bayly encarna sobre todos sus heterónimos a un gambusino valeroso hasta la temeridad de la verdad verdadera que –dicen- hace libres a las personas. A manera de un homenaje al periodista iconoclasta, Código Tlaxcala reproduce sus cuatro entregas del mes que corre al portal Peru21. La Redacción

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El Indocumentado

Solo en su casa, comiendo más chocolates de los que debiera, harto del calor espeso, sofocante, que se abate viciosamente sobre los habitantes de la isla, Jimmy Barclays, el hombre que desde niño se ha jactado de saber estar solo, tiene que decidir adónde viajar, aprovechando el feriado del 4 de julio que le concede unas noches libres de la televisión, donde presenta un programa en el que fatiga sus dotes de charlatán.

Barclays, que cultiva minuciosamente la duda, ha comprado tres boletos aéreos y ahora no sabe cuál de ellos usar. Puede ir a Lima, donde están su esposa y su hija menor, que huyeron del calor agobiante tan pronto como la niña salió de vacaciones. Puede ir a Nueva York, donde se encuentran sus dos hijas mayores, ninguna de las cuales necesita desesperadamente verlo. O puede ir a Buenos Aires, donde no lo espera nadie, salvo una agente inmobiliaria que quiere enseñarle unas casas en venta en un suburbio al norte de la ciudad.

Hace dos semanas que Barclays no ve a su esposa, a su hija menor y al perrito del que se ha enamorado y con el que se besa lengua con lengua. Las echa de menos, necesita verlas, y al caniche lo extraña como si fuera su hijo. Ninguna criatura viva me quiere tanto como él, piensa. Luego se pregunta si debe viajar a Lima a reunirse con su familia. Sería lo más razonable, se responde. Serían días cómodos, con mis chicas, con el perrito, con ayuda doméstica, disfrutando de un clima benévolo, el suave invierno de Lima, con su niebla afantasmada y su garúa melancólica. Debería, pues, viajar a Lima. Pero algo lo frena, lo disuade: las relaciones con su madre, que el año pasado eran espléndidas, a tal punto que viajaron juntos a Washington, se han deteriorado, pues tanto ella como él son dados al melodrama y la exageración, y pasan de la adoración al recelo y la animosidad como dos adolescentes alocados. El corazón de la discordia es uno de naturaleza moral: su madre está mortificada porque él solo sabe escribir de los conflictos familiares, y le ha pedido que deje de escribir sobre la familia, y él se ha sentido agraviado en su libertad creativa y ha dicho que no puede comprometerse a lo que ella le pide. Por favor deja a la familia en paz, le ha dicho ella. No sé escribir de otra manera, se ha defendido él. Entonces deja de escribir, le ha sugerido ella. Si al final ni siquiera te pagan por lo que escribes, ha añadido. No puedo dejar de escribir, ha dicho él. Sería como morirme, ha sentenciado. Esa tensa conversación tuvo lugar en el cuarto de oración que ella, una mujer religiosa, tiene en su casa de Miraflores. Desde entonces no han vuelto a verse. Ni siquiera se escriben. Barclays, rencoroso, no quiere verla. Su esposa tampoco tiene ganas de visitarla. Estar en Lima y no ver a mi madre será doloroso, piensa él. Mejor no voy, si de todos modos iré a finales de mes a presentar una novela en la feria del libro, cuál es el apuro de ir ahora.

A sus hijas mayores no las ha visto hace dos meses. Le preocupa la salud mental de su hija mayor. No sabe si está recuperada de una severa crisis depresiva que la atacó semanas atrás. Le asusta que ella tome muchas pastillas sin prescripción, como él ha hecho imprudentemente durante años; que se haga adicta a los opiáceos, una plaga que se ceba con algunos de los espíritus más sensibles de su generación; que no tenga ganas de vivir. No sabe qué hacer para ayudarla. Le transfiere dinero, le escribe a menudo, le pregunta si está bien. Pero no tiene respuesta. Y espera a que ella le dé una señal. Y se pregunta si no sería mejor aparecerse, decirle estoy acá, quiero verte, ven a mi hotel. Porque no sabe dónde vive ella. Desconfiada, ella no ha querido decírselo. Barclays sabe el barrio donde vive su hija, pero ignora la dirección exacta. ¿Y si voy a Nueva York con el único propósito de verla y ella me elude y se vuelve translúcida, inasible? Es mejor esperar. El día en que tiene que viajar, recibe un correo de su hija: “Pa, gracias por la plata, no necesito que vengas, estoy bien”.

En Buenos Aires no tiene familia ni amigos, pero es una ciudad a la que ama irracionalmente. Tiene citas tentativas con analistas financieros que vigilan sus inversiones; invitaciones a programas de televisión; y un acuerdo con la corredora inmobiliaria para ver casas en las afueras de la ciudad. Barclays prefiere ir solo y no con su esposa a Buenos Aires, porque ella dice que esa ciudad, sin Uber, sin Amazon, sin tiendas Apple, no es del primer mundo. Soy un tercermundista sin remedio, porque me encanta Buenos Aires, piensa. Todo le resulta seductor: ver los partidos del mundial, a pesar de que la Argentina ha sido eliminada; pasar unos días de frío polar, con calzoncillos largos, abrigado a tope; comer tostados y medialunas como si no hubiera mañana; ir al cine en función de matiné; leer las revistas acanalladas de mujeres exhibiendo las nalgas y ver los programas de chismes insidiosos que tanta gracia le hacen.

Jimmy Barclays se somete entonces a la prueba de la muerte inminente o muerte súbita: si este fuera el último año de mi vida, si fuese a morir en diciembre, ¿adónde viajaría ahora mismo, estos cuatro días de asueto: a Lima, a Nueva York, a Buenos Aires? No lo duda: a Buenos Aires.
Entonces se da una ducha, hace las maletas y se dispone a salir de casa. Faltan solo dos cosas: sus pastillas y el pasaporte. Mete las pastillas en el maletín y abre el cajón para retirar el pasaporte. Pero el pasaporte no está. Revuelve sus papeles. Abre todos los cajones del escritorio. Revisa los bolsillos de sus sacos y chaquetas. Empieza a angustiarse, desesperarse. Baja a la cocina, abre todos los cajones. Busca dentro de las camionetas. Hurga en los escritorios de su esposa y su hija. Mira debajo de la cama, no vaya a ser que el perrito se puso a jugar con el pasaporte.

Una hora después, al borde de un ataque de nervios, comprende que sin pasaporte no podrá viajar. A ninguna parte. A Buenos Aires, ni a Lima, ni a Nueva York. Está irritado, furioso. Se siente un imbécil. Quiere romper algo, se insulta a gritos. Llama a su esposa, ella no sabe dónde puede estar el pasaporte, intenta calmarlo. Es en vano. Barclays está desquiciado, fuera de control.

Desbordado por la rabia y la impotencia, llama a la aerolínea y anuncia que no viajará esa noche porque no tiene un pasaporte. Soy un tarado, piensa. Esto solo le pasa a un tarado, se flagela.

Entonces Jimmy Barclays se siente el hombre más tonto del mundo.
Al día siguiente, feriado, 4 de julio, no sale de casa. Pasa horas buscando el pasaporte en los lugares más absurdos o recónditos, pero no lo encuentra. Seguramente lo olvidé en el vuelo de Los Ángeles a Miami hace dos semanas, se resigna. A la noche, el bullicio de los fuegos artificiales perturbando la calma habitual de la isla, su esposa lo llama y le dice que el pasaporte estaba en la mochila de su hija. Riéndose, le cuenta que la niña tomó prestado el pasaporte de Barclays, le sacó una foto al perrito con su cámara instantánea, despegó la foto de su padre y pegó la del caniche.

Cuando su madre le preguntó por qué hizo eso, la niña respondió:-Porque los perros también viajan con pasaporte.

Entonces Jimmy Barclays se siente el padre más orgulloso del mundo.

***

(publinews.gt)

 

La Revista del Pecado

Cuando Jimmy Barclays era un niño y se creía inmortal y corría sin esfuerzo como si estuviese caminando, su padre, cojo, pistolero, cazador de animales, militar frustrado, y su madre, beata, santurrona, pía entre las pías, devota a tiempo completo, lo veían con creciente preocupación por un número de hechos aciagos para ellos, a saber: Jimmy no quería disparar pistolas ni matar animales; detestaba ir de campamento con los preceptores morales de la cofradía religiosa en la que militaba su madre; odiaba ir a la playa y exponerse al sol sin protector, porque su padre le decía que los machos no usaban cremas solares ni se lavaban el pelo con champú (tal vez por eso el señor Barclays se quedó calvo bien pronto); era delicado, afectado, curioso, preguntón, y le interesaba tanto la política que su padre lo mandaba a callar; no sabía tirarse de cabeza a la piscina, a diferencia de sus hermanas, que lo hacían con gracia, y cuando lo intentaba, azuzado por su padre, se daba unos panzazos bochornosos con el agua, provocando risas e hilaridad entre sus familiares, y su padre se enfurecía y lo insultaba en inglés; y cuando jugaba al fútbol con sus hermanos, narraba de un modo atropellado, afiebrado, lo que estaba ocurriendo, volviendo loco a su padre, quien, a los gritos, le exigía que se callase la boca, dejase de farfullar idioteces y jugase como un hombrecito.

Hasta que un domingo fueron a misa de ocho de la mañana, el señor Barclays con su pistola al cinto para meter miedo entre la feligresía, la señora Lerner con su rosario y su mantilla negra, ensimismada en su honda fe religiosa, y, a la hora de tomar la comunión, Jimmy se quedó sentado en la banca, provocando miradas de estupor y perplejidad entre sus padres y hermanas, quienes se pusieron de pie y se acercaron al altar a recibir el cuerpo de Cristo.

Tan pronto como regresaron a la casa, la señora Lerner tomó a su hijo Jimmy de la mano, lo llevó a su cuarto, cerró la puerta, se sentó en la cama y le preguntó, preocupada:
-¿Por qué no fuiste a comulgar?

Jimmy se amuralló en un silencio tenso, inexpugnable. No podía confiarle a su madre, tan religiosa, tan pura, las oscuras razones que habían manchado su alma y le habían impedido comulgar. Sentía vergüenza de sí mismo, se sentía sucio, cochino, pecador. Él, que habitualmente era tan hablantín con su madre, ahora no encontraba palabras para explicarse, justificarse, y prefería permanecer callado, las mejillas sonrosadas por el pudor, la mirada hundida, lastrada por la culpa.

-¿Has cometido pecado mortal? -preguntó la señora Lerner.
Jimmy respondió, tímidamente:
-Sí.
Pensó que su madre no continuaría sometiéndolo a esa inquisición terrible, lacerante. Se equivocó. La señora Lerner quería rescatar a su hijo del infierno.
-¿Qué has hecho? -preguntó.
Jimmy no pudo decirle lo que había ocurrido.
-¿Has tenido pensamientos impuros?
Jimmy temblaba de miedo. Se sentía vil, abyecto, repugnante.
-Hijito, soy tu mami que tanto te adora -dijo ella-. A mí puedes contarme todo.
Luego insistió:
-¿Te has hecho tocamientos impuros?
Jimmy pronunció un monosílabo:
-Sí.
La señora Lerner no se dio por vencida.
-¿En quién has pensado? -preguntó.

Jimmy no permitió que palabra alguna saliera de sus labios trémulos. Su madre empezó a sollozar. Él, que tanto la amaba, la abrazó, le pidió perdón, le juró que nunca más se tocaría de esa manera innoble, viciosa.

-Nunca me imaginé que mi hijo mayor se haría tocamientos impuros. Tú, mi Jimmy, cometiendo pecado mortal, ¡me has roto el corazón!
La señora Lerner se marchó, compungida.

Al día siguiente, Jimmy fue al colegio con su padre. A esa hora, seis de la mañana, el señor Barclays solía estar de mal humor: conducía a toda prisa, insultaba a los choferes que le cerraban el paso, les mostraba su pistola y los amenazaba, le decía cosas terribles a su hijo mayor: eres un fracasado, un mariconcito, una bailarina de ballet, un cero a la izquierda. Mientras todo aquello ocurría, la señora Lerner y sus empleadas domésticas entraban en el cuarto de Jimmy y, con celo de policías o fiscales, buscaban algo que incriminase al niño, la prueba del delito, del pecado mortal, un indicio o una pista que revelase por qué Jimmy, antaño tan devoto, se había corrompido, envilecido, entregado al diablo y sus tentaciones nefandas.

Hasta que encontraron la revista pornográfica, un ejemplar de Playboy en inglés.

Cuando Jimmy volvió del colegio, su madre, furiosa, lo llevó a su cuarto, le enseñó la revista del pecado y le dio dos cachetadas, una en cada mejilla. Luego preguntó:

-¿No te da asco? ¿No te da vergüenza?

Jimmy no supo responder. En verdad, aquellas mujeres desnudas, con sus pechos gloriosos y sus secretos húmedos y rosados, lo habían extasiado, maravillado, y, lejos de darle asco o vergüenza, lo habían avivado a tocarse, a soñar que las poseía y hacía suyas. Por eso se quedó callado.

-¿Quién te dio esta cochinada? -preguntó la señora Lerner-. ¿Cómo conseguiste esta revista?
-Me la prestó un amigo del colegio -dijo Jimmy.

Y era verdad. Se la había prestado uno de sus mejores amigos, Juan Pedro de Osma, a quien Jimmy adoraba, porque Juan Pedro era muy valiente peleándose a trompadas con los cretinos de la clase, defendiéndolo de los matones que hacían escarnio de él.

-Voy a llamar a su mamá -anunció la señora Lerner-. Le voy a contar las inmundicias que su hijo lleva al colegio.
-Por favor no hagas eso, mami.
-Y ahora mismo vamos a quemar esta revista asquerosa.
-Mami, no podemos hacer eso. Por favor no quemes la revista, no es mía, es de Juan Pedro, se la tengo que devolver.
-¡La quemamos ahora mismo! -sentenció la señora Lerner.

Cogió a su hijo bruscamente de la mano, llamó a las empleadas que desde la cocina fisgoneaban el juicio sumario al niño concupiscente y les pidió que prendiesen fuego en la chimenea de la sala, debajo de las cabezas de venados, tigres y leones que había cazado el señor Barclays en sus safaris africanos. Una vez que las empleadas encendieron la chimenea con papeles periódicos y leñas traídas de los campos vecinos, la señora Lerner le dijo a Jimmy:

-Vas a arrancar página por página y vas a tirar esas cochinadas a la chimenea.

Tristísimo, porque ya tenía una relación de afecto y adoración con esas mujeres de belleza sobrecogedora, Jimmy Barclays arrojó al fuego, a las brasas ardientes, a todas sus amantes furtivas, clandestinas, llorando al mismo tiempo que las veía desfigurarse, deshacerse, tornarse humo y cenizas. Fue entonces, a tan precoz edad, cuando descubrió que la religión se ocupaba, en efecto, de destruir la belleza, el deseo y el placer, en nombre de una moral que le resultaba absurda, incomprensible. Eso mismo era la religión, pensó: quemar todo lo bello, incinerar todo lo glorioso y estimable que había en la vida misma, echar al fuego a las mujeres más lindas que había visto. En ese momento, Jimmy Barclays empezó a desconfiar de Dios, de los curas, de los preceptores morales, de la religión que le habían inoculado con la fuerza de un virus, y empezó a hacerse descreído y agnóstico. La revista ardió, página por página, mujer desnuda tras mujer desnuda, en la hoguera de las buenas costumbres, y con ella ardió también, o empezó a chamuscarse, la fe religiosa de Jimmy Barclays, el niño en pecado mortal.

A los pocos días, en el colegio, Jimmy, abrumado por la vergüenza, le contó a Juan Pedro que la revista había sido quemada por su madre. Juan Pedro, por suerte, no se enojó. Al contrario, soltó una carcajada de buena gana, lo palmoteó en la espalda y le dijo:

-No te preocupes, mañana te traigo otra.

***

(diariocorreo.pe)

 

El Último Playboy

A Cecilia Valenzuela, que vino a buscarme a la Luna

Jimmy Barclays está razonablemente orgulloso de un puñado de cosas: ha sido fiel a su esposa desde que empezaron a salir juntos hace diez años, y esa fidelidad no le ha costado ningún trabajo, le ha resultado natural, porque es feliz con ella en todos los ámbitos, sobre todo en el territorio del deseo y el erotismo; ha sido un padre financieramente responsable y, tanto en las buenas como en las malas, ha pagado las cuentas de sus dos hijas que se graduaron de universidades de prestigio en Nueva York, y a las que dejó de ver tres años porque ellas no aprobaban la relación sentimental que él, famoso por disoluto, se permitió con una joven veinticuatro años menor, la misma que es ahora su esposa; hace años dirige y presenta desde Miami un programa de televisión que lleva impúdicamente su nombre, “Barclays”, como si fuera un diseñador de modas o un creador de perfumes, y tiene un moderado éxito.

La salud de Jimmy Barclays no es precaria, pero tampoco se siente espléndido. Ha cumplido cincuenta y tres años; es bipolar, toma un número de pastillas para regular su estado de ánimo y conjurar sus crisis depresivas; ha tratado de suicidarse, y su impericia para los asuntos manuales le salvó la vida, pues quiso ahorcarse, pero estaba tan gordo que la correa no sujetó su peso desmesurado y se cayó, rompiendo aparatosamente el candelabro de la suite; ha sido operado del hígado y el páncreas, órganos que ha menoscabado debido a los muchos barbitúricos que ha consumido con prescripción y sin ella, y gasta tanto dinero en medicamentos que ha pensado en comprar la farmacia cercana a su casa, para así disponer con libertad de las drogas que allí se expenden.

Barclays viaja a Nueva York y visita a sus hijas. No tiene sus números de teléfono, no usa el teléfono. Detesta el celular, lo enciende solo para escuchar los mensajes. Piensa que los diálogos telefónicos suelen ser inoportunos, insinceros, inútiles. Les escribe a sus hijas, invitándolas a cenar en el hotel en que se aloja, el Carlyle. Comen juntos los tres, él pide lo de siempre al camarero chileno, Alberto, que ya es su amigo, el lenguado con alcaparras. Acabada la cena, pasan al bar. Su hija menor anuncia que debe irse, tiene un viaje temprano. A solas con su hija mayor, él pregunta cómo va todo. No le pregunta por su vida sentimental, no quiere incomodarla. De pronto, ella baja la mirada, se ensimisma con aire melancólico y, traspasada por una tristeza que a él le resulta inexplicable, rompe a llorar. Barclays la abraza, le acaricia suavemente la cabeza, le pregunta cuál es el problema. Ella dice:

-Estoy deprimida. No me gusta mi vida. No puedo dormir bien. Todo se me hace pesado.

Barclays le pregunta si ha tenido algún traspié sentimental, un conflicto en el banco de inversión en el que trabaja.

-No es eso –responde–. Es que soy bipolar, como tú. Y a veces pienso suicidarme.

Aterrado, él la abraza y le promete que no se irá de Nueva York hasta que ella se recupere. Luego sube presuroso a su habitación, revuelve sus maletas, retira seis frascos de pastillas y baja al bar. En tono afectuoso pero firme, le ruega a su hija que tome tres pastillas, las mismas que él toma todos los días y que, insiste, le han salvado la vida. Ella toma las pastillas. Barclays se siente culpable. Algo he hecho mal, piensa. Soy un padre egoísta, ausente. Le rompí el corazón cuando dejé a su madre. La humillé cuando me enamoré de una jovencita que casi tenía su edad. Pobre mi hija, no ha podido recuperarse de tener un padre tan impresentable como yo. Barclays no sabe qué hacer para ayudarla. La acompaña en taxi a su apartamento y se marcha cuando ella se lo pide, extenuada. Nada más llegar de regreso al hotel, le escribe a su ex esposa, le cuenta lo que ha ocurrido, le pide que tome el primer vuelo a Nueva York. Ella responde sin dilaciones y promete que viajará enseguida. Al día siguiente, él despierta tarde y le escribe a su hija mayor, preguntándole cómo se siente.

-Dormí buenísimo –responde ella–. Tus pastillas funcionaron. Mil gracias. No te preocupes, ya estoy bien, solo fue un mal día.

La ex esposa llega de madrugada. Tan pronto como se presenta en la recepción, llaman a Barclays y le anuncian que su invitada ha llegado. Él baja en piyama y pantuflas. Abraza a su ex mujer, confirma que pagará todos los gastos. Suben a la suite donde ella dormirá. Cuando se retira el maletero, él dice:

-Estás muy guapa. Había olvidado lo guapa que eres.
Ella sonríe, tímida o ruborizada. Él se acerca y la besa en los labios. Ella no se lo impide. Él siente el olor a tabaco en la boca de su ex mujer.
-Deberías dejar de fumar -le dice, con afecto.

Él vuelve a besarla, espoleado por una zona oscura de su orgullo que lo conmina a demostrar que aún tiene un poder erótico sobre ella. Ella advierte una incipiente erección y lo mira, halagada.

-¿Te provoca tirar? -pregunta él.
Ella da un paso atrás, lo mira con cierto disgusto y dice:
-No es una buena idea.
Luego añade:
-Pensé que me habías invitado para acompañar a nuestra hija, no para tirar.
Arrepentido de haberse precipitado, Barclays dice:
-Mil disculpas, mejor me voy a dormir.
Le da un beso en la mejilla y le susurra al oído:
-Usted se lo pierde, señora.

Al día siguiente despierta tardísimo. Su hija y su ex esposa no le responden los correos. Seguramente mi ex le ha contado que quise tirar con ella, qué idiota soy, piensa. Viste ropa deportiva y camina a las clases de yoga que toma con una instructora chilena. Terminada la clase, la chilena y Barclays van a tomar un té verde. Ella no para de hablar. Habla con una cierta neurosis inquietante, mientras él, de soslayo, esquinadamente, le mira las tetas y se pregunta si será buena en la cama. De pronto, ella lo sorprende:

-¿Tú eres fiel a tu esposa?
-Sí -responde él-. Nunca le he sido infiel. Y llevamos ocho años casados.
-¡Ocho años! -se escandaliza ella-. ¡Es demasiado tiempo! ¡Cómo has aguantado!

Se ríen. Barclays no sabe si le está proponiendo un encuentro erótico, o si solo está siendo chismosa y lenguaraz.

-No me cuesta ningún trabajo -dice-. Y tampoco me tientan mucho, la verdad.

Poco después, ella le dice, tomándolo de la mano:

-Tú sabes que soy muy ermitaña y que sexualmente soy autosuficiente.
Lo dice porque antes le ha contado que es muy diestra procurándose placer a solas.
-¿Qué te parece si vamos a mi apartamento y te permites una travesura? -pregunta.

Jimmy Barclays la mira a los ojos, sonríe, halagado, y le dice:
-Eres guapísima. Lo haría feliz. Pero amo a mi esposa. No puedo hacerle eso.

Enseguida cambian de tema.

A la noche, Barclays cena en el Carlyle con su hija y su ex esposa, y parecen felices los tres: la hija, bien medicada por su padre y recuperada de la niebla depresiva; la ex esposa, orgullosa de que aún a sus cincuenta años es capaz de turbar eróticamente al hombre que le dio dos hijas; y él, Jimmy Barclays, el eterno seductor, el último playboy, contento de ver sonriendo a su hija y su ex esposa, y más dichoso aun de saber que no ha roto el pacto de fidelidad que tiene con su esposa, a quien tanto ama.

***

(trome.pe)

 

Todos los Amores Entreverados

Jimmy Barclays, cincuentón, ricachón, tirando a gordinflón, es bisexual y no lo oculta, pero casi nadie le cree. Algunos piensan que, si a Barclays le gustan los hombres, es gay y punto, solo que no se atreve a decir soy gay y qué, porque se cree más interesante o misterioso diciendo que es bisexual y sus pulsiones eróticas oscilan, veleidosas, impredecibles, como las fuerzas del viento. Otros consideran que, si Barclays se ha casado dos veces y es padre de tres hijas, indudablemente disfruta del erotismo con mujeres, pero dice que le gustan los hombres para agitar el avispero y vender más libros.

Entre sus familiares también hay división de opiniones: su madre, Dorita Lerner, cófrade y donante del Opus Dei, está persuadida de que Jimmy es el más viril de sus hijos, solo que el agnosticismo perezoso lo ha hecho blando, mullido, mariconzón; su primera esposa, Casandra Maldini, no se sabe si enóloga o en realidad alcohólica, traficante de humos, no duda de que Jimmy es gay de punta a cabo, y de cabo a rabo, y es testigo de que cuando él se le trepaba libidinoso y la chancaba parejo, luego rompía a llorar como una señora; y sus hermanos, todos consistentemente heterosexuales, creen, pero no se lo dicen a cara pelada, que Jimmy es un sátiro, un depravado, siempre dispuesto a taponear cuanto orificio tenga enfrente y hacer un uso heterodoxo de sus propios orificios.

Jimmy Barclays trató de ser heterosexual, pero fracasó: a los diecinueve años se enamoró de un amigo y comprendió sollozando que estaba condenado a no ser heterosexual. Después de su primer matrimonio, trató con denuedo de ser gay, radicalmente gay, puramente gay, un gay conspicuo y orgulloso, franco y ufano, un gay con motor fuera de borda, con plumas de colores y trepado en una carroza. Pero, de nuevo, fracasó: tras años de amar a su novio, se enamoró de una mujer joven y se fue con ella y el novio despechado recorrió las televisiones más acanalladas, contando con lujo de detalles cómo se ensartaba a Barclays, a quien llamaba desdeñosamente “La Gorda Pasiva”.

La última vez que Barclays se apareó con varón fue hace ocho años, antes de romper con él, su novio: las refriegas o fricciones ocurrieron en un hotel de Bogotá. Desde entonces, no ha besado varón, no ha acariciado melindrosamente varón, no ha ofrecido sus oficios a varón alguno. Tales abstinencias no le han resultado arduas porque ama a su esposa y es harto feliz con ella, nadie ha sabido procurarle más refinados placeres que ella. Sin embargo, en una ocasión, Barclays ha caído rendido ante los encantos de un muchachón, ha estado dispuesto a arrojarlo todo por la borda para estar con él, y así se lo confesó en aquel momento a su esposa, pero la pasión o calentura no fue correspondida.

Los hechos ocurrieron de esta manera: él y su esposa viajaron a Nueva York; ella le presentó a dos amigos en esa ciudad: un actor sensible y encantador, y un modelo listo, listísimo, de gran éxito en las pasarelas y revistas de moda; una noche los cuatro fumaron una marihuana que enrolló el modelo y de pronto Barclays sintió un enamoramiento repentino e inescapable del modelo, unos deseos tan violentos e impuros como no había sentido en décadas por un hombre; los días posteriores siguieron fumando marihuana y bañándose en la piscina de un club exclusivo de Manhattan; el modelo le reprochó a Barclays que comiera helados de chocolate y estuviera gordito; Barclays y su esposa fueron testigos de que el modelo arrasaba entre los jóvenes que acudían a dicho club, quienes lo miraban embelesados y lo perseguían en celo; antes de irse, Barclays le pidió su email; ya desde Miami, le escribió muchas veces, invitándolo a Key West o Bermudas, rogándole un encuentro de naturaleza erótica; el modelo no tuvo empacho en decirle que era imposible que se fueran a la cama, porque él no deseaba ni maliciaba a Barclays en modo alguno y, a ser francos, lo veía como un señor mayor, algo perjudicado; y un día la esposa de Barclays le dijo a Jimmy que el modelo había exhibido en su cuenta de Facebook algunas de las más patéticas declaraciones de amor que él le había escrito, llamándolo “La Gorda Barclays” y prometiendo que seguiría aireando los correos: “Stay tuned”.

En cinco décadas, Jimmy Barclays ha perdido la cabeza por cuatro hombres, todos ellos aún vivos y en libertad: el actor, que fue el mejor amante de todos, un toro bravo, un pirata sin remilgos; el estudiante caradura que fue maligno en seducirlo y más perverso en rechazarlo; el novio que le duró ocho años; y el modelo que se sintió agraviado cuando Jimmy le propuso que fuesen amantes.

Si se ha enamorado de cuatro hombres, dos de los cuales le hicieron pases toreros, ¿debemos inferir que Barclays es principalmente gay? ¿Le gustan más los hombres que las mujeres? ¿Las pasiones desaforadas que le han despertado aquellos hombres son más poderosas que las que puede avivarle una mujer? No saltemos a conclusiones atropelladas: Jimmy Barclays ha dicho, con ruda franqueza, que él no es capaz de enamorarse de un alma, o un espíritu, pues duda de que tales cosas existan: él se ha enamorado siempre de un buen trasero, unas nalgas pundonorosas, un buen culo, un culito glorioso. El alma, piensa Barclays, es una ficción religiosa, pero el trasero y sus vericuetos son templos a los que hay que ir a peregrinar de rodillas.

Quienes piensan que Jimmy Barclays es más gay que otra cosa, por ejemplo, muchos de quienes han leído sus primeras novelas de honda sensibilidad gay, tal vez se sorprenderían de las amantes furtivas que él ha tenido, incluyendo, quién lo diría, mujeres casadas, mujeres que iban a verlo diciéndoles a sus esposos que no había peligro alguno porque Jimmy era gay, súper gay, inofensivo. También ha tenido éxito entre cierto tipo de mujeres, que él llama “reformistas”, que han elegido irse a la cama con él para tratar de reformarlo, curarlo, adecentarlo, meterle un polvo tan brutal y delicioso que él no quiera nunca más amancebarse con varón. Entre las primeras, las casadas traviesas que lo presentaban como un amigo gay inofensivo, Jimmy recuerda con particular afecto a la chilena, María Gracia, artista, bellísima, con quien las cosas del sexo tenían un aire conspirativo, sedicioso; y a María, argentina-austríaca, residente en Madrid, diseñadora de modas, rubia, angelical, que se entregó una vez, y no del todo. Entre las segundas, las “reformistas”, recuerda a su primera esposa, Casandra Maldini, quien ya entonces mejoraba su torrente sanguíneo con elevadas libaciones de vino; y a una novia hechicera, Daniela de Romaña, a quien amará siempre, porque ella le enseñó a hacer el amor, leyéndole los versos de un poeta, y salvándolo del remolino de la coca.

Barclays también se ha enamorado de mujeres muy putas, tan putas que cobraban por sus servicios sexuales. La mejor, una maestra, se llamaba Paola y era argentina, y llegaron a quererse tanto que ella ya no le cobraba.

Y luego están las que se espantaron cuando les propuso una aproximación: la famosa cantante, que solo condescendió a un beso inmortal, y la modelo bien despachada, que lo invitó a su casa, le sirvió un plato de lentejas y le puso un disco con sus canciones.

Pero el amor más perfecto es el que ahora vive con su esposa. Ella, la lolita, la niña terrible, la escritora maldita, la mujer valiente que todo lo puede, le ha dado a Jimmy Barclays los días y las noches más felices de su existencia, aparte de una hija maravillosa, ya de siete años, y por todo eso él la amará hasta el fin de los tiempos.

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