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Vivir sin ruido

Nunca voy a entender por qué las cosas sencillas se han vuelto tan complicadas. Por ejemplo, vivir sin ruido. Nos hemos acostumbrado tanto al alboroto que no nos damos cuenta de las cantidades de ruido que absorbemos cada día. Parece que necesitamos de que algo suene, chirríe, estalle, rezumbe, vibre, ladre, grite … siempre o nos asalta el vacío. Ahora mismo escucho a lo lejos la música a todo volumen de mis vecinos. Por fortuna, está suficientemente lejos para permitirme trabajar, lo cual me hace pensar en cómo se escuchará esa casa, ese edificio inundado de ruido. Porque a esos decibeles no sé qué tanto se pueda disfrutar la música y no refleje, en el fondo, el anhelo de evadirse de todo lo demás.

Me pregunto si el ruido es una primera forma de violencia. Una especie de inconciencia de que hay otros viviendo a tu alrededor que no perciben las cosas de la misma manera. Una imposición (¿sutil?) de la individualidad. El ruido es una circunstancia difícil, pues no siempre somos capaces de enfrentar a los que lo propician (¿cómo será la persona? ¿pacífica, violenta?), así que muchas veces la queja frontal no existe, y cuando hay un intento de hacerlo ante una autoridad, parece poca cosa: “¿cuál es la queja?”, “mi vecino está haciendo escándalo”, “veremos qué podemos hacer”. Y ese veremos casi siempre es nada.

La pandemia agravó, por un lado, la necesidad de evadirse y entretenerse en el encierro; por el otro, y la exigencia de hacerse escuchar entre el bullicio de los demás. En las campañas políticas fue muy evidente cómo el enviar los mensajes políticos a toda costa era lo que importaba, traspasar paredes y ventanas para hacerse oír era más importante que el respetar la intimidad, el descanso y el trabajo en casa de las personas. El perifoneo a todas horas de la mañana, tarde y algunas de la noche volvían el encierro algo todavía más difícil, a pesar de que directamente les pedí que bajaran su ruido. De pronto me vi apretando los dientes por la molestia, pero, sobre todo, por la impotencia de que a cada rato había otra vez alguien haciendo mucho ruido.

El silencio, entonces, se volvió una circunstancia de privilegio. Entre más hacinamiento, mayor ruido. Entonces, quienes vivimos a un costado de la calle vivimos en perpetuo estado de ruido. Y triste como suene, nos acostumbramos a todo, cuando ese todo te rebasa. He vivido en otros lugares del mundo y México es de los más ruidosos y donde menos importa (o será que sí importa y por eso tanto mal humor en las calles). He pensado que ciertas cosas se han vuelto una especie de lujo, como tener áreas verdes y vivir en una zona sin ruido. ¿Cuándo le perdimos importancia a las cosas sencillas? No lo sé, pero ojalá reflexionemos sobre aquello que nos toca hacer.

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