Código Tlaxcala
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Un hogar intangible

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En junio de este año me cambié de casa. No voy a decir que la mudanza entre dos ciudades con 14 horas de distancia fue una experiencia placentera, pues hubo muchos inconvenientes en el camino, entre otras cosas la inocente idea de que la vida de 4 años cabría en la cajuela de un carro.

Es divertido pensar cómo se me ocurrió imaginar que sería fácil dejar los muebles, los trastos de cocina, la ropa y los libros que fui acumulando a lo largo de este tiempo.

Por un momento pensé que podía dejarlo todo atrás y comenzar de cero. A simple vista, era una decisión fácil y práctica.. Lo cierto es que llegó el momento en el que vi la máquina de hacer tortillas que dio mi mamá y me dije “tengo que llevármela”. La pequeña maquinita de madera fue un regalo ella me hizo el día en el que me mudé de país.

Ese trasto que por años estuvo en casa guardado en una bolsa de plástico porque siempre usábamos “la maquinita buena”, se convirtió de pronto en algo importante. En una época en la que casi todo se puede conseguir en Amazon, o bien, en un país donde la comida mexicana es casi igual de fácil de conseguir que una hamburguesa, mi máquina de hacer tortillas no parecía esencial. Sin embargo, no podía dejar atrás algo que nada más mirarlo me conectaba con Tlaxcala,  el lugar del pan de maíz.

En este tiempo viviendo en el extranjero la maquinita ya no era un trasto únicamente, se convirtió en una conexión importante con mi mamá, con mi familia y desde luego, mi lugar de origen.

Aprendí a hacer tortillas desde que era niña. No voy a decir que me convertí en experta, pero sí que aprendí todo el proceso, desde la siembra, el cuidado de las milpas, así como a piscar el maíz y a pelar las mazorcas. También aprendí a hacer el nixtamal, a ir al molino y finalmente, a hacer las tortillas a mano.

Claro que ahora lo sigo con un orgullo que sólo se gana con el tiempo, pero cuando era niña no me gustaba ir a trabajar al campo, no me gustaba la manera en la que mi piel se quemaba bajo el sol, ni tampoco la textura callosa de mis manos luego de varias horas con la pala, el insoportable dolor en los pulgares luego de varias horas de pelar las mazorcas.

Lo que más me molestaba era cuando mi mamá me mandaba al molino, me avergonzaba la idea de que algún compañero de la secundaria me viera y con la cubeta rebosante que cargaba con dificultad y pensara que yo era pobre. Más adelante, me irritaba que mi madre me pusiera a hacer las tortillas que nunca quedaban bien. Todo para mí era un calvario. Pero a medida que han pasados los años y la vida ha dado una pirueta irónica y ese conocimiento se ha vuelto algo tan raro en personas de mi generación y mi profesión que no puedo más que sentirme orgullosa.

En la distancia he encontrado la cercanía con mi estado, tan pequeño, tan desconocido, tan poco apreciado en su historia y me ha tocado defenderlo ante la ignorancia y enseñar algunos puntos de su papel en la Conquista de México a personas que no sabían de su existencia; he encontrado cercanía con mi país, y me ha tocado enseñar la cultura, la lengua, así como barrer con uno que otro estereotipo.

Hace unos meses tuve una conversación con una profesora que le dio clases de español al ex presidente Obama cuando éste estudió en la Universidad de Columbia, así a partir de ahí procuro hacer mejor mi trabajo, porque pienso que si al presidente actual le hubieran enseñado a observar otras culturas, a ponerse en los zapatos de los otros o mínimo a aprender una segunda lengua (tal vez, no lo sé), las cosas serían un poco distintas para el mundo. Y lo cierto es que uno nunca sabe quiénes son o en quién se convertirán los estudiantes que uno tiene sentados en el salón de clases.

Desde la distancia he encontrado cercanía especialmente con mi madre. Decía Gabriel García Márquez que “El primer síntoma con la vejez es cuando uno empieza a parecerse a su padre”. En mi caso, a mi madre. He descubierto que hay muchas frases que digo como ella dice, que cuento historias como ella lo hace, que cocino como ella me cocinaba, que uso los remedios que ella usa. A veces veo mi cara y descubro rasgos y gestos que le pertenecen y que antes yo no tenía: me los he ganado en la edad adulta. Desde lejos no hay día en que no piense en ella y en lo mucho que me falta escuchar y aprender de ella. Porque en la cabeza de mi madre habita una especie de Alejandría que es la única conexión con mi historia personal y familiar, pero también de un tiempo que parece que poco a poco va desapareciendo, como aquella nada que describe Michael Ende.

Así que no voy a mentir, pero lo primero que empaqué fue esa máquina de hacer tortillas. Después de eso, yo sabía que la base de mi hogar estaba sentada. Me mudaba de casa pero sabía que ahora se trataba de construir algo que uno descubre en la adultez y es precisamente darse cuenta de todo el conocimiento aprendido. Ese hogar intangible que no pertenece a un espacio físico, ni de las cosas, sino a aquel que viene de la memoria y la herencia emocional que son nuestro verdadero legado. La memoria es nuestro gran equipaje.

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