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Tlaxcala, la Normalidad Incierta

Apenas estacionar a pocos metros del Palacio Legislativo se echa de menos la inquietud habitual, el tráfago vehicular de la Allende, el abigarramiento contagioso de las banquetas ahora semivacías.

La plazuela de San José, desolada. Cerrados los puestos de comida se hizo más amplia, y tornan visibles las cruces monumentales de filigrana. En el cielo de la cúpula, la linternilla ruinosa por causa del temblor adereza este aire a la Venecia virulenta del cuento de Mann filmado por Visconti.

-Nomás un viaje ¡y ya es mediodía! -se queja Félix Antonio, taxista, en la contra esquina de Palacio de Gobierno.

En el Zócalo un grupo de hombres mata el tiempo entre flores de una jardinera. Acrecientan la sensación de atonía las cintas amarillas que vedan los accesos al quiosco y prohíben sentarse en las sillas de metal.

Don Félix Antonio Hernández, taxista.
Entre las flores del zócalo.
Prohibición de las bancas.
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Los portales, arterias de caminantes, son túneles despejados.

Portal Grande.
Portal Chico.

 

En la plaza adjunta presidida entre pinos secos por Xicohténcatl El Joven, charlan animadamente, asentados sobre una banca y la autoridad de la cinta amarilla, dos jóvenes transgresores. Un barrendero barre con languidez el frente de la Casa Azul; equipados también con escobas de ramas, otros la Cuesta de San Francisco.

Barriendo el frente de la Casa Azul.
Cuesta de San Francisco.

 

En la puerta del Banamex, un guardia con tapabocas y botella de gel en mano controla el acceso de los clientes que hacen cola separados entre sí dos o más metros. “El buen ejemplo del gobierno estatal ha prevalecido sobre el malo del gobierno federal” -digo mientras observamos la labor del guarda de banco.

Sana distancia en la cola.

 

En La Casona, don Memo comparte que se vio obligado a cerrar Los Portales del portal grande. Tampoco hay comensales los fines de semana, cuando sus negocios dependen de los turistas. Sólo necesita seis empleados pero mantiene con medio sueldo a docenas sin trabajar. Calcula que el restaurante donde desayunamos podrá resistir unos pocos meses.

Con el ingeniero Miguel Ángel, constructor, hablamos de la pandemia, la paralización de los circuitos de intercambio, estimaciones del PIB y el desempleo, cifras de contagios y muertes por Covid, indiferencia 4T hacia los muertos, vulgarización de los sepelios que ni los narcotraficantes lograron desacralizar.

Don Memo en La Tlaxcalteca.

 

De vuelta a la calle, justo antes de la esquina del portal, una luz de esperanza. En la penumbra del estrecho local sonríe a la cámara Daniela Flores, propietaria de Mexicanna Tienda, un negocio de venta de alcancías. Sí, alcancías para ahorrar. Las hace con propias manos y quiere venderlas en tiempos de coronavirus. Símbolo y exhorto.

Daniela en su Mexicanna Tienda.

-Hay que unirnos -pide de camino al portal, tras platicar sobre el tema de temas, un colega. Al cruzar la calle, los reporteros reciben de manos de Beatriz Marín, evangelizadora y motociclista, propaganda religiosa que da por un hecho el control por Satanás del mundo.

Beatriz Marín, evangelizadora en moto.

 

Como sea, los pocos que anduvimos este jueves por el zócalo de Tlaxcala nos vimos con gusto. Un punto bueno, así como la tregua al medio ambiente y los animales, apreciar más espontáneamente a los demás, saber que existen y existimos en un mismo laberinto.

Empero nunca antes tanta incertidumbre en la normalidad que andan llamando nueva.

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