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El tiempo es sólo un camino de ida

Por unos días regresé a mi país, al estado donde viví y crecí casi toda mi infancia y buena parte de mi vida adulta. Luego de varios años, vi y pude abrazar a mi madre, a mis hermanos, y a mis amigos. Caminé por las calles de siempre, vi nuevos espacios, espacios rehechos, también edificios demolidos, lugares desaparecidos. Aunque me sentí enormemente feliz de volver no voy a mentir, las cosas no fueron fáciles. No ser de aquí ni ser de allá por decisión propia tiene sus inconvenientes en el mundo cotidiano. Parece que es como andar con una maleta a cuestas de experiencias que voy recolectando de todas partes, lo que me emociona y al mismo tiempo me asusta. Ciertamente que he aprendido a costa de no echar raíces.

Volver a cualquier lugar después de una larga ausencia es una experiencia que me sigue intrigando, pues tiene un efecto curioso en la percepción. Gabriel García Márquez escribió en El amor en los tiempos del cólera  que “la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a este artificio logramos sobrellevar el pasado”. Y esto para mí se ha vuelto un sentimiento muy claro. Cuando estoy lejos, extraño todo. Extraño a mi familia, las charlas con mi madre y la deliciosa comida con la que me agasaja cada vez. Extraño el clima, las lunas llenas, el aire limpio y el olor a tierra mojada después de una primera lluvia. Extraño la celebración del Día de Muertos, comer elotes recién cosechados, los cielos claros de octubre y noviembre.

Pero cada vez que vuelvo a los lugares donde crecí siento que rompo la cápsula de nostalgia donde lo tenía guardado en la memoria. La estampa cobra vida. Todo comienza a moverse a un ritmo vertiginoso y nada se parece por completo a lo que habitaba alegremente en mis recuerdos. Comienza el ruido, el polvo, el bullicio. De pronto estalla como una bomba todo lo que no me gustaba. Todo parece más pequeño, más sucio y más incómodo que nunca. Aparecen los baches, la basura y el tráfico imposible en calles tan estrechas. También descubro que en mi paso cotidiano hay menos rostros conocidos, y por donde antes caminaba ya no hay quien me dé los buenos días, la mayoría de mis amigos han migrado a otros países u otras ciudades o simplemente han cambiado de estado civil y resulta imposible verlos.

Por otro lado, tengo la sensación de conocerlo todo en general, pero por el otro me siento una ignorante de los detalles que han cambiado. Sé las rutas del transporte público, pero no el nuevo costo del pasaje; las zonas de restaurantes, pero no los lugares nuevos. Es curioso cómo los cambios mínimos son los que te van haciendo extraño.

Y entonces sigo caminando. Sé que tengo que saltar el principal obstáculo que significa volver después de mucho tiempo: el de pensar que se vuelve al pasado. He aprendido que regresar es contraponer la realidad con la idealización. Los lugares que son significativos para nuestra vivencia personal están construidos a la medida de nuestra felicidad o infelicidad, y están pintados con los colores de nuestro estado emocional. En mis recuerdos felices hay sol y cielo azul y en los más tristes hace frío y está nublado. Por ejemplo, mi escuela primaria ha quedado para mí como un lugar grande y luminoso. En mis recuerdos yo estoy situada en una de las esquinas del enorme y luminoso patio de juegos, la tarde cálida y otoñal, mis compañeros jugando en esa infancia detenida sin saber que yo los observaba, sin saber que estaba guardando esa estampa para mis adentros. Por otro lado mis recuerdos tristes están situados en días nublados y oscuros. En el parque donde quedó roto mi corazón juvenil siempre está lloviendo.

Por mera coincidencia, azares del destino o bien por mi propia voluntad he vuelto a muchos lugares de mis recuerdos más antiguos. De la obra semi acabada del recuerdo, volver a un lugar significa añadirle un trozo de realidad que a veces lo desmitifica. Recompone algunos detalles, a costa de borrar otros. Y la percepción cambia en sus pinceladas más mínimas: ahora mi escuela no me parece tan enorme ni el parque tan lluvioso. Y aunque pensé que iba a tener un ataque de nostalgia, con música clásica de fondo como en las comedias románticas, la apremiante necesidad de continuar hacia adelante le quitó a mi visita todo el sentimentalismo.

Joaquín Sabina dice en su canción “Peces de ciudad” que “[…] al lugar donde has sido feliz/ no debieras tratar de volver”. Y ese verso me parece una verdad indiscutible. Hay quien vuelve a un lugar con la intención de querer un pasado de vuelta. O todo lo contrario. Hay quien no vuelve nunca por miedo a invocarlo. Pero eso es imposible, desde luego, no por el lugar en sí, sino porque el tiempo es sólo un camino de ida y no hay vuelta posible. Se vuelve a la familia, a los amigos, a los vecinos. O bien, se renuncia a ellos. Son las personas las que van haciendo que nuestros espacios cobren significado. Por lo demás, nuestra memoria es nuestra magistral máquina del tiempo, capaz de traer de vuelta en la cabeza sonidos, sabores, colores, espacios e incluso de volver a darles vida a nuestros seres amados. Aunque sea por un instante la memoria es capaz de convocar emociones tan distantes como si fueran el aroma de una flor tras una muralla, la muralla insalvable del tiempo.

Pienso que si como seres humanos tenemos el arte dentro de nosotros mismos, este habita sin duda en nuestros propios recuerdos. La memoria es lo más artístico que guardamos, es nuestro arte personal. Hecho a la medida de nuestra forma de ser: construido con nuestra vivencia, editado y aderezado con nuestra percepción de la vida.

La memoria, curiosamente, no es necesariamente nuestro pasado: a nuestro modo, es el arte de hacer presente lo que una vez fue. Es la lucha de nosotros mismos por renovarnos y vencer la oscuridad del olvido. La memoria es nuestra arquitectura personal, nuestra edificación como seres humanos. El sendero que nos lleva por la vida.

Y jamás es de vuelta el camino.

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