Código Tlaxcala
“Ninguna sociedad democrática puede existir sin una prensa libre, independiente y plural”. Kofi Annan

Las y los Mejores

430

Aunque todavía falta que los partidos políticos con registro definan formalmente a su candidata o candidato a la presidencia de México, lo cierto es que las campañas en pos del voto ciudadano que los llevará al poder han iniciado desde hace ya un buen rato.

En esas campañas, abiertas o disfrazadas, las y los suspirantes no pretende otra cosa que la de hacernos creer que traen en sus alforjas las soluciones a los problemas que aquejan a los ciudadanos de este país. Sus arengas, su marketing están impregnados de promesas de un futuro promisorio los mexicanos.

Ya es común, a poco menos de un año del día de las elecciones, ver en las plazas públicas, en recintos cerrados a gente de los sitios más recónditos del país, llevados a escuchar las palabras de aquel, aquella, que pretende erigirse como presidente. Gritos, aplausos, miradas de éxtasis, aprobación incondicional. Ella, él, habla y debe escuchársele, pues será quien salvará a todos.

Así es nuestra imberbe democracia. Un sistema en pañales en donde el elector no mira más allá de los candidatos. A quienes ve como iluminados, convirtiéndolos en una especie de salvadores insustituibles que todo lo pueden lograr: crear empleos, desaparecer la pobreza, salvar a todos de flagelos como la corrupción, elevar los ingresos, proteger al Estado, combatir el crimen.

Poderes ilimitados asignados a mujeres y hombres mortales que tienen la habilidad de saber crear la impresión en el incauto de que todo lo pueden hacer. Convirtiendo a la democracia en un culto de dioses. En un asunto de esperanzas y de ilusiones.

Ese ha sido el papel que las elecciones han producido en los candidatos, la de colocarse en el papel de redentor: su plan es el de la salvación del municipio, del estado, del país; argumentando que elegir a otro es la perdición absoluta.

Y de allí nacen promesas como la de gobiernos que crearán empleos, que nadie robará, que llegará la tan ansiada equidad e igualdad de género. Prometen estructuras justas, responsabilidad social, salud para todos, cero corrupción y violencia.

Sin embargo, no habrá manera de evitar el futuro, la realidad se impondrá y la habilidad para formar la impresión de que todo lo pueden no será suficiente. Los problemas son reales, las impresiones son sólo eso. Y al cabo del tiempo sigue la desilusión. La decepción se apoderara de los que pensaban ser salvados. Sin embargo, como ocurre casi siempre el desengaño y la frustración no se convierten en experiencia y el ciclo se repite.

La democracia deja de ser un sistema político de separación de poderes y se vuelve una desesperada búsqueda de iluminados a quienes debe darse poder. Deja de ser un sistema destinado a ser una defensa de las libertades personales de todos. Y se convierte en una lotería que busca un premio, el de darle poder al que es percibido como iluminado por más personas.

Frente a lo anterior, y puesta la vista en 2018, hay que recordar y tenerlo bien presente, que los hoy aspirantes a candidatas o candidatos no son sino simples mortales, con los mismos defectos y virtudes que el resto de la población.

No hay razones que justifiquen colocar poderes demasiado grandes en ellos. Más aún, la realidad no ha demostrado que no son ni por mucho lo que dicen ser. Por eso, aspiremos a tener es un grupo de personas en el gobierno, con funciones muy claras y actuando bajo limitaciones de un poder que les es delegado. Y esta es la clave, no soñar que existe una persona iluminada que dejará de sucumbir al abuso de poder que significa ser gobernante. Si queremos un México mejor, busquemos a las y a los mejores que hay en los partidos políticos, porque sí existen y hay que ir por ellas y ellos.

Recuerden que: “Sé lo que no quiero votar, pero lo que quiero votar no lo veo. Eso produce una impotencia enorme y los políticos deberían darse por aludidos”. Pedro Almodóvar.

Comentarios
Cargando...