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La exposición de los abusadores: un tipo de justicia en la era digital

Los recientes escándalos sexuales que han protagonizado figuras poderosas del glamuroso Hollywood como el productor Harvey Weinstein, o el actor Kevin Spacey han puesto a las redes sociales en ebullición. Que estos hombres de fama mundial hayan sido denunciados como acosadores ha despertado en muchos la esperanza de una especie de justicia a través de Internet. La denuncia de varias actrices contra Weinstein es tema de conversación y de discusión en las redes sociales: la justicia, o por lo menos el escarnio, han hecho mella en estas figuras públicas que se consideraban intocables.

Y mientras todavía existen comentarios de millones de usuarios que culpabilizan a las víctimas de acoso o violación sexual como el “costo de la fama”, por otro lado existen muchas personas dispuestas a dejar de ver películas de la The Weinstein Company, o de Spacey a modo de mostrar su repudio. Esto nos debe hacer pensar si de verdad la era digital nos pone ante un nuevo tipo de ajusticiamiento: la exposición pública, la marca de la vergüenza, la caída en desgracia. Existe además el eterno dilema sobre el separar al hombre del artista. ¿Deben ser vetadas las obras maestras de Woody Allen o Roman Polanski sólo por su “dudoso” comportamiento? ¿Tuvieron repercusión en la carrera de Alfred Hitchcock las denuncias de acoso que hizo Tippi Hedren? Aunque para muchos amantes del cine estos directores y su obra seguirán siendo apreciadas independientemente de la conducta reprochable de sus creadores, para otras personas la obra y el creador son inseparables, pues la genialidad no disculpa los actos criminales, hoy en día hay una mayor exigencia no dicha a la ya de por si moralmente irreprochabilidad que se pide en la figura pública, y especialmente a los artistas, que dejan su obra como legado. Y aunque pareciera obvia dicha exigencia vista desde nuestra óptica, lo cierto es que lo que ha cambiado es nuestra percepción de lo moralmente permitido, pues hasta hace algunos años los límites de las personas en posiciones de poder, particularmente de los hombres hacia las mujeres, parecían interminables, dándoles derecho de tratarlas como inferiores en todos los ámbitos, desde lo profesional hasta lo emocional. Las actitudes machistas que antes eran vistas como normales, casi como parte del atractivo o la afirmación de autoridad, son la que hoy en día han cambiado de manera radical, y que entre otras cosas, tiene como resultado que salgan a la luz la enorme cantidad de abusos.

Hay quienes se  han propuesto dejar de ver las producciones de estos cineastas como una manera de olvidarlos. Una especie de castigo. Si sus creaciones son su legado, qué mejor que hacer que este se borre en el tiempo. Lo cierto es que, paradójicamente, el veto pone a cualquier obra en una vía todavía más tentadora para algunos públicos que son atraídos por las leyendas negras, como es el caso del filme más famoso de Bernardo Bertolucci, El último tango en París, película que fue prohibida por sus fuertes escenas en muchos lugares, censurada, destruida, hoy se sabe de la violencia sexual que vivó su entonces joven protagonista María Schneider, lo cierto es que la mala fama del filme es parte de su halo atrayente. Así es la condición humana, basta que nos digan que no para hacer algo atractivo.

La lista de los escándalos sexuales que la industria del cine y el mundo del espectáculo han tratado de cubrir es verdaderamente interminable. A veces una millonaria suma puede acallar a las víctimas gracias a acuerdos extrajudiciales en favor de figuras poderosas, pero en otros casos no es suficiente. Tal es el caso de Bill Cosby, que a sus 77 años enfrenta 10 años de cárcel, luego de haber gozado décadas de impunidad que le daba trabajar para NBC. Y es que en realidad el factor que alimenta la impunidad para estas “estrellas” que tiene a su respaldo son las grandes empresas para las que trabajan, que prefieren tapar el sol con un dedo antes de perder a su figura estelar, como fue el caso de la BBC, empresa que por cuatro décadas solapó a Jimmy Savile, abusador de alrededor de 700 víctimas, según un informe de Scotland Yard. Amigo de Margaret Thatcher, presentador de Top of the Pop, Savile  tiene en su récord póstumo ocho denuncias de abuso de menores, que no se hicieron a tiempo por miedo de las víctimas. Savile murió sin ser llevado ante ningún tribunal, es decir que, en este caso, la justicia en la era del Internet tal vez ayude a preservar su memoria no como un presentador de renombre, sino como el mayor depredador sexual de la historia reciente del Reino Unido.

Mientras los debates en las redes sociales continúan. Se ponen al rojo vivo en un lapso de 24 horas, y en el mismo lapso puede que se olviden, las noticias viajan como grandes oleadas virales, dándonos cuenta de la enorme inequidad en la que vivimos, y sólo podemos quedarnos con cifras y con algunos casos individuales en la memoria. Los medios digitales están en una continua competencia por generar contenidos, y nos envuelven en su vorágine mediática, de la que también formamos parte en el instante que creamos una cuenta de Facebook o Twitter. Muchos usuarios de las redes sociales han descubierto un cierto “poder” en compartir sus propias noticias, denuncias y críticas. A veces, los contenidos de una persona dicen cosas que los medios noticiosos no saben, no estuvieron ahí o no se atreven a decir. Las redes sociales exponen una cloaca enorme de criminalidad, de instituciones de justicia deficientes y corruptas, haciendo evidente que la justicia está hecha a la medida de quienes pueden pagar por ella. Es por esa razón que los casos de Weinstein y Cosby (que si bien no han recibido condenas carcelarias a la altura de sus abusos, sí han perdido su prestigio y “buen nombre”, y por lo mismo, su calidad de intocables) hace pensar que es posible que la presión mediática, al exposición de quienes se creían inmunes tenga repercusión legal. Ciertamente que las instituciones legales siguen estancadas en relaciones de poder y dinero, la tecnología abre nuevos planteamientos que la deben obligar a avanzar. Y mientras la era digital nos abre nuevas posibilidades y las vamos explorando, también nos abre nuevas interrogantes: ¿Podemos esperar una justicia más equitativa en un futuro? ¿Puede la justicia avanzar al ritmo de las nuevas tecnologías, o al menos, apoyarse más eficientemente en ellas? ¿Es el escarnio público un remedo, un paliativo de la justicia o puede llegar a ser un tipo de justicia en sí misma a falta de instituciones que hagan valer las leyes? Y por otro lado, ¿Cómo podrá evitarse el abuso y mal empleo de los medios digitales?  Yo me lo pregunto. En fin. Habrá que ver.

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