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Interrogantes y Debates que nos Atrapan en Pasado

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Jorge Lanata /Clarín (Argentina), 10 Feb

Soy parte de un país que, a 202 años de su independencia, aún se pregunta “qué tipo de país queremos”. Todo, todo el tiempo, está bajo discusión en Argentina: si hay que ir obligatoriamente al trabajo, si dar exámenes es discriminatorio para los que no aprueban, si los buenos y los malos deben ganar lo mismo, si la industria o el campo, la tecnología o la manufactura, etc., etc.

A principios del siglo XX este era el país del mañana. Finalmente, hoy ni siquiera somos el país del presente. Nos seguimos preguntando cómo queremos ser. En esa crisis adolescente nos preguntamos también qué hacer con los uniformados, qué hacer con los delincuentes y qué hacer con la justicia.

Mientras tanto, claro, la realidad sucede con independencia de nuestros deseos.

Hay que agregar que todas estas discusiones tienen público, un público por cierto bastante snob que opina sobre fútbol sin haber pateado jamás una pelota. Como los críticos y los eunucos, todos opinan qué hacer sin haberlo hecho jamás. Para empezar por el más delicado de los asuntos: las fuerzas armadas. Las posibilidades son dos: disolverlas o tomarlas en serio.

Los países que optaron por el primer camino son veinticinco: algunas islas (Barbados, Dominica, Granada, Islandia, Kiribati, islas Marshall, isla Mauricio, Micronesia, Nauru, Palaos, islas Salomón, Samoa, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Tuvalu y Vanuatu) y microestados (Andorra, Liechtenstein, Mónaco, San Marino y Ciudad del Vaticano).

Lo que no se ve en ningún lugar del mundo son fuerzas armadas sin armas, dos aviones desvencijados y submarinos que se hunden. Es una obviedad recordar que, hace cuarenta y dos años, las fuerzas armadas se convirtieron en fuerzas de ocupación que reprimieron a la sociedad civil y tomaron el gobierno en medio de una matanza.

Los nietos secuestrados buscados por las Abuelas mantienen hasta hoy vigente esa tragedia. Pero hubo juicio a las juntas, justicia federal y juicios por la verdad y asimilar a las actuales fuerzas armadas a la dictadura es simplemente una estupidez. Una estupidez –quiero decir, enfermedad- bastante difundida en un sector social, el mismo que creyó verosímil que Macri había mandado a secuestrar y matar a Maldonado.

Es cierto: nadie destruyó más a las Fuerzas Armadas que los propios militares que las deshonraron.

Pero no sería justo vivir otros cuarenta años pensando en aquellos cuarenta años. La lógica que combatió a las instituciones fue la lógica de las víctimas, que se impuso sobre la ley. Nuestra culpa social frente a los hechos es tanta que obedecemos a las víctimas a rajatabla; les asiste la verdad por decreto: el hermano de Maldonado es un experto perito forense, Hebe Bonafini es una experta constructora de viviendas y fundadora de universidades.

La ley existe para que eso, precisamente, no suceda. Podemos compartir y respetar el dolor de las víctimas, pero no debemos darles la autoridad de dictar políticas sobre sus propios casos.

El caso Chocobar volvió a enfrentarnos a esa lógica: el pueblo baja el pulgar y en la arena del circo el esclavo debe morir. El estado existe justamente por ese motivo: pavimenta la selva y le pone semáforos. En esta pesadilla de que los buenos puedan matar a los malos ¿sabremos siempre quiénes son los buenos?  ¿No se consideraron buenos, también, los militares o los terroristas del setenta?

Ver a la muerte como una solución, en un país donde la muerte sucedió de sobra, es casi suicida. Chocobar es un pequeño ejemplo de un problema mayor: no vimos a la Policía como parte de nuestra comunidad, sino como una mafia que puede robarnos o matarnos.

Y lo peor: es parcialmente cierto, con la complicidad de los políticos la Policía mantiene sus negocios en la droga, la prostitución, las zonas liberadas, etc. El trabajo de Maria Eugenia Vidal es un hito histórico en el área, pero claro, faltan y faltarán muchos años para que la policía se normalice. Entretanto, los despreciamos pero –hipócritas al fin- los llamamos para pedir auxilio.

Lo opuesto a la “justicia dandy” de Zaffaroni no es un paredón, sino la ley. La ley aplicada desde su texto y no desde la parcialidad ideológica del juez.

A los dandys nunca los mancha la sangre. Estén en Italia o en su casona de Flores, viendo correr a los efebos por el jardín. No debe existir una postura más elegante que el anarquismo pacifico de Spencer. Pero, como dicen que dijo Sartre en los sesenta cuando le mostraron como funcionaban los kibutz: “Lástima que tengan que hacerlo con personas”.

A doscientos dos años de nuestra independencia, acá nos ven, discutiendo el canibalismo. Deberíamos avanzar un poco.

Link  https://www.clarin.com/opinion/interrogantes-debates-atrapan-pasado_0_HyE185jIz.html

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