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Hace 35 Años /Fernando Islas (Excélsior)

 

Desayunábamos. Mi padre, obviamente, me reconvino para que dejara de mover la mesa del comedor. De repente hacía una que otra travesura, pero esa vez no. Algo pasaba. Fue mi madre, con sus casi nueve meses de embarazo, la que advirtió el peligro: “¡Está temblando!”, y agarró a mi hermano, que en ese entonces tenía seis años. Parecía que estábamos parados sobre una panga. No podíamos avanzar. Las lámparas, como péndulos, oscilaban. Algunos objetos de la vitrina se quebraron. Mi abuela veía Hoy Mismo, con Lourdes Guerrero y sin Guillermo Ochoa en esa ocasión, y, como pudo, nos alcanzó en el umbral de la entrada del departamento. Se escuchó, a la distancia, un impacto. Luego otro. Y otro más. Fueron minutos angustiantes. Ocho días después, mi madre daría a luz al menor de sus tres hijos.

El 19 de septiembre de 1985 nos impactó para siempre. Jamás olvidaré que ese día, en la calle, vi por primera vez a un hombre llorar. Hace 35 años, el lugar común en el Distrito Federal fue la destrucción, pero también atestiguamos eso que Carlos Monsiváis llamó “la sociedad que se organiza”, mujeres y hombres que ante la tragedia auxiliaron al prójimo, tomaron, pues, el control de la situación en tanto arribaba la ayuda internacional, en principio rechazada por el gobierno de Miguel de la Madrid. Las autoridades sencillamente se vieron rebasadas.

Meses después, recuerdo que las patrullas lucían un letrero con el escudo nacional y la leyenda: “México sigue en pie”. También recuerdo que se decía: “Sí, pero no gracias a la policía”.

Ruinas del Hotel Regis, tras sismo de 8.1 grados de 1985. (elfinanciero.com.mx)

 

Pasado el susto, se aseguró que un temblor así de fuerte tardaría en ocurrir 20 años, lo que es mucho tiempo. O poco, según quien lo vea. Pero no fueron dos décadas, sino poco más de tres para que un movimiento similar cimbrara violentamente la Ciudad de México. El 19 de septiembre de 2017 la capital experimentó una nueva pesadilla con sus respectivas desgracias, pero la mayoría recuerda la de los niños que murieron en el Colegio Rébsamen.

Nadie puede predecir los temblores, pero desde hace 35 años, de manera paulatina, aprendimos cómo actuar ante la emergencia que provocan. Los actos ilegales siguen su curso en la industria de la construcción, contratistas sin escrúpulos que se pasan las normas por el arco del triunfo, pero hace 35 años, aseguran conocedores, las fallas quedaron al descubierto como nunca hasta ese entonces. El arquitecto Juan José Díaz Infante me lo dijo con todas sus letras: “En el 85 se cayó la corrupción”. La magnitud del temblor de 1985 fue de 8.1 grados. Demasiada fuerza desatada en pocos segundos. Como apuntó el geofísico Cinna Lomnitz, “los sismos de magnitud 8 ocurren raramente en México. Un sismo de magnitud 8 tiene una energía que equivale a la de todos los sismos que ocurren en el mundo en un año promedio”, además de que “un sismo destructivo como el de 1985 ocurre solamente dos o tres veces en cada siglo”.

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Vista de la CDMx tras el terremoto de 19 de septiembre de 2017, cuyo epicentro se localizó no en la costa sino en los límites de Morelos y Puebla. (terceravia.mx)

 

Ante la naturaleza hay técnicos que prefieren la ortodoxia. El arquitecto Alejandro Elizondo no dudó en ofrecerme la recomendación: “Cuando tiembla, lo mejor, si se puede, es salir, porque nadie sabe lo que va a pasar”. Esto, huelga decir, salvo que estemos en un séptimo o un decimoctavo piso, construcciones que cuentan con sus protocolos sísmicos. En el 85, la Torre Latinoamericana, la de Pemex o el Hotel de México, abandonado o a medio uso en la época, eran las moles que se alzaban sobre la ciudad. Hoy contamos con bellos edificios en varios puntos de la capital del país que parecen muy bien hechos como, por ejemplo, la Torre Mayor, que acaso “inauguró” una suerte de ola constructora que tapó el horizonte del Paseo de la Reforma. Otros fueron “reforzados”, como la Torre Ejecutiva de la Secretaría de Economía, veintitantos pisos que datan de mediados de los años 70 que, además, conserva en su lobby Los cuatro puntos cardinales, mural tridimensional de 300 metros cuadrados del escultor Pedro Cervantes.

A estas alturas, son los arquitectos e ingenieros los responsables de alzar cualquier construcción “a prueba” de terremotos. Aunque se repartan la hechura de los mismos en etapas, existe siempre un “líder de proyecto”. Los sismos, supongo, son como el mar: hay que evitar a toda costa confiar en ellos. Son traicioneros y nada le deben a nadie, así que en cualquier momento desatan su furia. Lo cierto es que nuestra ciudad está mejor preparada para enfrentarlos que hace 35 años.

 

 

ENLACE

Hace 35 años… / Fernando Islas, Excélsior (México), Septiembre 19

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