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Genios

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Luis Ventoso /ABC (España), 29 Ene

En una película menor del hoy acosado Woody Allen el protagonista baja al infierno. Allí ve a un pecador sufriendo terribles padecimientos y pregunta al diablo por qué ha sido condenado. “Es el inventor de los muebles de metacrilato”, responde impertérrito Lucifer.

El sábado se murió a los 91 años Ingvar Kamprad, el inventor de Ikea, que pasó sus últimos días en Smaland, provincia de campesinos y lagos del Sur de Suecia, donde había nacido. Kamprad fue un genio, no hay duda, aunque tal vez le toquen unos días en el purgatorio antes de subir al cielo. Nada más admirable que las personas capaces de crear algo de la nada. Tal fue su caso. Nació en una granja y desde niño vendió cambalaches por el vecindario para ganarse unas coronas. A los 17 años, en premio por sacar los estudios adelante superando su dislexia, su padre le regaló un dinerillo, con el que fundó Ikea, las siglas de su nombre, su villa y su comarca. Era una empresa de venta por correo, que en origen despachaba medias, fósforos, postales, semillas, bolígrafos… Pero pronto se pasó a los muebles y en 1958 abrió la primera tienda Ikea. Tuvo tres grandes ideas: la simplicidad, con buen diseño a precio reducido; ubicar sus establecimientos en solares asequibles de las afueras; y abaratar sus artículos embalándolos en el menor volumen posible y obligando a sus clientes a ensamblarlos. Al ver a uno de sus dependientes retirando las patas de una mesa para meterla en un maletero, se le ocurrió que si se hiciese siempre así podrían empaquetar los muebles en cajas más pequeñas. Con esas fórmulas construyó su imperio amarillo: 412 tiendas en 49 países y 149.000 empleados, a los que inculcó una cultura de frugalidad y aparente buenrollismo.

Pero los seres humanos siempre guardamos recovecos. En 1994 se destapó que el espartano y tímido Kamprad fue simpatizante fascista entre 1942 y 1948 (según algunas investigaciones también nazi). Lo reconoció y pidió perdón “por el error más estúpido de mi vida, del que me arrepiento amargamente”. Fue uno de los hombres más ricos del mundo, pero arrastraba leyenda de tacaño patológico, que reutilizaba las bolsitas de té, viajaba en turista, pernoctaba en hoteles baratos, vestía ropa de mercadillo y conducía un Volvo añoso. En parte exageró el estereotipo para dar ejemplo a sus empleados. Como es lógico disfrutó de su dinero: mansión en Ginebra con vistas al lago, viñedos en Provenza, latifundio en Suecia, un buen Porsche. El fisco le gustaba poco: se mudó primero a Dinamarca y luego a Suiza para escapar de los tipos suecos y en 1982 afincó la matriz de la compañía en Holanda, para mantener el control familiar desde una plaza fiscalmente ventajosa. La UE ha investigado a la multinacional y sospecha que entre 2009 y 2014 dejó de aportar mil millones de euros a las haciendas europeas. Tipo original, reconocía también su alcoholismo, que mitigaba con tres barbechos de secano al año.

Kamprad fue un genio del capitalismo, que con sus productos funcionales y agradables nos hizo a todos la vida más sencilla. Tuvo sus máculas, como todos, pero merece un aplauso. Incluso sopeso perdonarle aquello de obligarnos a montar los muebles…

Link  http://www.abc.es/opinion/abci-genios-201801291412_noticia.html

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