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Feminismo y Feminidad

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Aunque el feminismo no es homogéneo, ni constituye un cuerpo de ideas cerrado, se puede decir que es un movimiento político integral contra el sexismo ya sea en lo jurídico, en lo ideológico y en lo socioeconómico, que expresa la lucha de las mujeres contra cualquier forma de discriminación.

El movimiento feminista ha pretendido desde un principio reivindicar a la mujer que ha sido segregada. Sin embargo, algunas corrientes feministas se han ido al extremo, ya no solo defienden los derechos de la mujer, sino que atacan a todo lo que pudiera parecerse al hombre, la moral, la religión cayendo en el mismo error que han criticado a los hombres: el machismo, el subjetivismo y el individualismo.

Sin pretender entrar en conflicto, bien vale la pena, en primera instancia, que revisemos en lo personal qué entendemos o quién es la mujer.

Mujer es un ser humano, con inteligencia, voluntad y libertad. Que está llamada a la plenitud individual, a la felicidad y al servicio a los demás, al igual que el hombre. Desde el punto de vista biológico, el cerebro de la mujer es esencialmente diferente al del hombre, razón por la cual ve, siente y razona diferente al hombre.

En la perspectiva psicológica, la mujer es mucho más sensible, perceptiva y emocional que el hombre, lo cual se manifiesta a través de su feminidad. Ontológicamente, es un ser único e irrepetible, tan humana como el hombre y por lo tanto con la misma dignidad, valor y trascendencia que el varón e igualmente llamada a la felicidad.

En el mundo del trabajo una mujer aporta además de sus conocimientos, su percepción, su tacto, su delicadeza que transforman el ambiente de trabajo y benefician a todo el ámbito laboral. Económicamente, son tan capaces como el hombre de aportar recursos a su familia, de hecho lo hacen también con el trabajo del hogar.

La realización de la mujer depende de cómo ella, la sociedad y el Estado, entiendan y ejerzan su personalidad, su sexualidad, sus deberes y derechos, su dignidad y su vocación. Las estructuras públicas, políticas y económicas, deben verse enriquecidas con la feminidad.

Ahora bien, si en verdad se busca terminar con la discriminación hacia la mujer, es preciso sumar esfuerzos para trabajar en una política integral de Estado para que a la mujer se le reconozca y se le acepte como tal, con idéntica dignidad que el hombre, pero con el don de la feminidad que debe transmitir para contribuir al desarrollo de su núcleo familiar, de la sociedad y del país.

Se deben abrir todos los espacios educativos y sociales para que la mujer se prepare lo más y mejor posible y transmita su genio femenino en todos los ámbitos en que conviva. La mujer debe participar en la modernización de todas las leyes con el objetivo primordial de evitar su humillación y su discriminación.
El hombre debe aceptar y ejercer su corresponsabilidad en el hogar con la mujer. El machismo no se ataca con radicalismos, los extremos no se concilian nunca, el machismo se combate con la afirmación de la feminidad como complemento de la masculinidad y viceversa.

Y es que el hablar y exigir nuestros derechos como mujeres no nos hace más o menos femeninas. Esta postura parece bastante machista. Es la propia sociedad la que genera estereotipos, y es con eso contra lo que hay que luchar.

¿Si me pongo unos tacones mis opiniones van a tener menor relevancia o se me va a escuchar menos? Creo que deberíamos dejar de hacernos estas preguntas si queremos seguir avanzando todos juntos, hombres y mujeres. Las mujeres no queremos ser como los hombres, ese pensamiento también está anclado en el estereotipo. Sin duda, la diferencia nos enriquece a ambos. Estamos aquí para sentir, participar, dirigir y tomar decisiones como mujeres.

Recuerden que: “Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”. Rosa Luxemburgo.

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