Código Tlaxcala
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¡Esto apenas empieza!

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Gracias a la bondad de cientos de tlaxcaltecas que se tocaron el corazón se pudieron reunir un gran número de víveres para llevarlos los damnificados por el sismo del pasado 7 de septiembre. Sí, ese que nos alteró el sueño y nos hizo dormir con un pie en el piso.

Ya con la carga completa partimos el domingo 17 de septiembre rumbo a los pueblos cerca de Juchitán que por alguna razón faltaba por atender. Luego de ocho horas de viaje llegamos a La Venta. El cansancio del viaje desapareció cuando vimos las condiciones en que se encuentran esas poblaciones.

Juchitán, Unión Hidalgo e Ixtaltepec se encuentran prácticamente en ruinas. Escombros por doquier donde una vez hubo casas. Pobladores con caras de angustia, desesperación, tristeza pues han perdido lo poco que tenían.

Con el corazón apachurrado y con el apoyo de los pobladores nos organizamos y armamos varias despensas que después repartimos casa por casa. Nos topamos con muchas historias de dolor; gente lastimada, herida, no solo físicamente, sino en el alma, donde duele más.

Cuando recibieron los víveres, que tan desinteresadamente los tlaxcaltecas nos donaron, sus rostros cambiaron por un momento y sus muestras de agradecimiento fueron un bálsamo. Pero la sonrisa de Marianito, un niño que recibió a Carmelito un caballito de plástico la guardo en un sitio muy especial en el corazón.

Y es que hasta Juchitán, Unión Hidalgo o Ixtaltepec y otros municipios, luego del sismo del 7 de septiembre no llegaron “Frida”, “Eco”, “Evil” o “Titán”, los perros rescatistas, a salvar a nadie. Muchos de los pobladores a quienes les cayó su casa encima, salieron por sus propios medios o apoyados por los vecinos.

Allá la gente sigue a la espera de que llegue la ayuda de las autoridades para saber si sus viviendas se pueden habitar o ya no, o de qué forma se les va a apoyar para que vuelvan a la normalidad. No, no es queja o reclamo, más bien es una llamada de atención para que no nos olvidemos de ellos, que no los dejemos en el desamparo pues ellos también han sufrido por los sismos.

El martes 19 de septiembre mientras repartíamos despensas en la Unión Hidalgo un sismo de magnitud 7.1 azotaba Morelos, Puebla y la Ciudad de México. Ironías y coincidencias de la vida. Precisamente cuando se cumplían 32 años del devastador terremoto de 1985 la naturaleza ponía a prueba una vez más a los mexicanos.

Esa destrucción que vimos en esas poblaciones del istmo oaxaqueño fue solo el preámbulo de lo que veríamos después a nuestro regreso. A partir del martes 19 prácticamente todo México se ha volcado en apoyo a los hermanos en desgracia.

Y como en aquel lejano 1985, hoy la sociedad, los jóvenes principalmente, dejaron todo de lado y han puesto manos a la obra para rescatar a sus vecinos, a desconocidos de debajo de los escombros. Y se han organizado para recabar toneladas de víveres, ropa, material de curación, palas, picos, botas, chalecos, para apoyar a los damnificados.

Si 1985 fue un parteaguas en la historia de este país, 2017 lo será de nuevo. La generación millennials a la que tanto se ha señalado y criticado, ha tomado la batuta de este siglo. Hoy toca a ellos trazar el sendero por dónde habremos de caminar todos juntos, en cadena, para levantar a esta nación.

Y a la par, aboquémonos a allegar a las poblaciones menos favorecidas y muy maltratadas por los sismos, la ayuda necesaria para su rescate. Y tal vez, como lo propuso Enrique Krauze, busquemos que algunos consorcios empresariales o grandes industrias apadrinen a una de esas poblaciones para su reconstrucción.

Si hace 32 años México se levantó, estoy plenamente segura que lo haremos de nuevo. Somos un pueblo que se crece ante el castigo.

P.D. Gracias a todas y todos los que hicieron posible que lleváramos un poco de esperanza a la gente del istmo. Toca ahora redoblar esfuerzos porque este camino de reconstrucción apenas empieza.

Recuerden que: “… cuando ya el dolor te agobie y no puedas ya sufrir, descansar acaso debes pero nunca desistir”. Rudyard Kipling

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