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Elogio de la Depresión

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La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más. Diario de un seductor

Un crítico se asemeja a un poeta como una gota de agua a otra, con la salvedad de que aquél no tiene sufrimientos en el corazón ni música en los labios. Por eso prefiero ser porquerizo en Amager y que me entiendan los cerdos, antes que ser un poeta mal entendido por las personas. Diapsálmata

Sören Kierkegaard

Advertencia: El presente apunte no es apto para personas interesadas en representarse felices todo el tiempo. Se recomienda precaución. La Redacción.

Tuve un fin de semana magnífico, anduve algo deprimido.

Releo el retazo primo dictado por la bendita Depre en días pasados que acaso me ayudará a saldar una deuda con Antonieta: Llueve sobre llovido agua dulce como la cola de un perro /contento de estar en el mundo /solo estar /Cruzamos la ciudad levitando sobre cuatro ruedas /sin sentirlo ni poco ni mucho ni todo ni nada /bruma apenas /soplos, sueño /Tararea mi alma las notas de la canción esa de Milton /su saudade llena el vocho amarillo que conduces /mientras veo a la gente pasando al revés /sombras, fugas.

¿Le gustará? -pregunto a mi Nadie en la isla de los cíclopes.

Para mejor comprenderme, busco en el DRAE lo que entienden los académicos de la lengua española por depresión. Cito: “Síndrome caracterizado por una tristeza profunda y por la inhibición de las funciones psíquicas, a veces con trastornos neurovegetativos”. Dejo para después indagar lo que entienden los graves sujetos por “funciones psíquicas” (¿los placeres de pensar y sentir entre tales?), para concentrar mi atención en la imponente expresión “trastornos neurovegetativos”.

Deletreo neu-ro-ve-ge-ta-ti-vo como quien mastica una pasta chiclosa, mas la duda persiste. ¿Sentirán los académicos por las plantas y los árboles el mismo desprecio que inspira a la chusma un perrito? -vuelvo a preguntar. Tampoco me burlaré en lo que sigue de los psicólogos, lo juro con atea seriedad. Hasta puedo reconocer a estos ciertos logros (¿ciertos?), como lo hecho en Reijkiavik por el islandés Gudberg Jónsson y el gringo Harvey Milkman. Cuenta Emma Young en El País que estos promotores de la embriaguez natural que “coloca”, cambiando la química del cerebro mediante música, danza, hip hop, artes artísticas y marciales, hizo desplomar entre 1996 y 2015 la proporción de chicos de 15 y 16 años que en el último mes se doparon para combatir el estrés con alcohol (de 42 a 5%), cannabis (de 17 a 7%) y tabaco (de 23 a 3%).

Volviendo a la definición de la depresión humana, concluyo que los académicos, tan orgullosos ellos de sus propias neuronas, juzgan viles a los vegetales y nada temen más que seamos como las plantas y los árboles.

Me llega entonces una imagen de mamá, muchos años ha en el jardín de la casa de las Delicias hablando con los geranios y las rosas de su jardín. Después, al paso de los años descubrí que no es la única, que muchas otras mamás, abuelas, y sobre todo las bisabuelas y tatarabuelas, solían charlar despreocupadas y rientes, cariñosamente con las yerbas y las flores. ¿Se habrá perdido tan encantadora costumbre? ¿Desde cuándo los árboles y las plantas se volvieron vegetales despreciables y platicarles una patología? ¿Cuánta culpa cabe por ello a la especie sádica e impúdica de los sicólogos, esos seudo profesionistas que a nadie curan y osan hurgar nomás para ganar dinero en las mentes de personas que ni entienden ni les importan?

Confieso que si yo no fuera yo, sí me gustaría ser un árbol vegetativo. Debe ser muy padre crecer tan alto, sentir en el pelo de las copas la caricia inefable del Viento y también su furia natural, ver en lontananza los confines de la Tierra, oler el agua pura de las Nubes, gozar con la aurora la primicia del amistoso Sol matinal.

Sobre todo, envidio que el árbol robusto asentado donde comienza el sendero siente gusto -nos lo ha dicho, sí- de vernos a la jauría de french poddles y su pastor encaminarnos cada día hacia el bosquecillo que hay detrás de mi casa y de que su paciencia de simplemente estar ahí como todo buen árbol le granjea amigos desinteresados. (No, no es la rosa del cuento de Saint Exúpery ni tampoco el de Alberto Cortez nuestro árbol que está al comienzo del sendero, pues el nuestro es uno único que no conocieron el aviador ni el trovador y por lo mismo no podrían admirarlo con el agradecimiento nuestro por estar siempre ahí al comienzo del sendero, tan fuerte, tan alto, tan seguro de sí por no conocer el ego ni padecer del estrés consistente en correr hacia ninguna parte.)

Pero sugería al principio de este apunte insensato que escribiría sobre la Depre, mi amiga leal como un árbol, así que a ello. Hic et nunc!

A fin de evitar malentendidos, antes debo aclarar que la Depre es una amiga muy querida para el escribidor. De hecho, le tengo un afecto aun mayor que a la maravillosa alegría verdadera. Para decirlo todo de una vez: en mi opinión, la depresión es un estado de gracia. Me entenderá lo que digo el creyente trascendentalista si agrego que es lo más parecido a estar en comunión con Dios.

Así como me hizo desconfiar mi (de)formación comtiana de la retórica y la palabrería vana, asimismo imbuyó en mí un hábito empiricista, un realismo que me ha sido muy (creo) beneficioso cuando a veces se me da por hurgar en mi mundo. Gracias a dicha disciplina racionalista, puedo decir con los pelos en la mano que mi mejor yo saca la cabeza del neblumo cotidiano precisamente cuando estoy deprimido. Nunca más lúcido. Nunca más reconciliadas mis partes consigo y yo mismo. ¡Nunca más contento de ser y estar como un árbol y de sentirme vivo como un perro o -supongo, pues poco sé sobre invertebrados- un mosquito o una pulga!

Mas ¿qué es estar deprimido, “andar con Depre”? De verdad, básicamente lo ignoro. Sólo dispongo de hipótesis en torno, entrevisiones difusas.

Como dije, sólo me consta que es un estado de gracia. Cuando la algarabía llena nuestro espíritu o la alegría nos exterioriza, de algún modo nos perdemos en el gozo de no ser y olvidamos estar, nos sentimos inmortales -oh confusión inaudita, loca felicidad- y así nos apartamos un poco de la vida finita que somos y por fuerza remata fatalmente, según descubrieron los griegos, en tragedia.

La Depre obra justo lo contrario: nos obliga a mantener los pies en la tierra. Y esto no es malo ni tiene porqué avergonzarnos.

Saber que somos mortales y moriremos tiene su lado bueno, pues evasiones aparte nos sugiere beber hasta la última gota de la cantimplora de tiempo escaso con que llegamos por azar al mundo. Ergo, ¿qué de malo podría haber en tomar conciencia de nuestra mortalidad, si la inmortalidad sería de existir, como demuestra el cuento de Borges, necesariamente aburrida, tediosa, inane, insignificante en suma?

Ya termino el testimonio personal que tras varios días de provechosa depresión deseo compartir con mis hermanos de la especie sapiens sapiens.

Cuando la entrañable Depre tiene a bien visitarme, me recomienda leer y escribir, pensar y repensar en lo que olvido mientras soy feliz, escuchar música y bailar a solas, ver un partido del Barsa o un documental de History Channel, rever una peli de Tarantino, Kitano, los hermanos Coen, John Wayne o Hitchcock, leer periódicos y pergeñar comentarios al calce de las notas, curiosear en diarios de lenguas ajenas y ocasionalmente traducir artículos que me interesan, redactar notas para Código y escuchar con paciencia improbable en otras circunstancias lo que mis “binomios caninos” tengan que decirme. ¡Solamente los libros digitales disponibles gratuitamente en la red sobran para llenar una vida! Y cuando me canso de eso, puedo dispersarme en distracciones más frívolas: papeles antiguos, fotos insólitas, intimidades de personas célebres, heroicidades de personas sencillas, videojuegos.

Si tuviera un pedazo de tierra, gracias a doña Depre me daría tiempo para cultivar maíces y fresas, vería crecer una higuera caprichosa y observaría largo tiempo la alharaca del corral de gallinas. Y si el deseo de recogimiento durara, aun podría pintar con óleo o gises y hacer el ejercicio que le tengo prometido a mi cuerpo (¡trepar La Malinche, me invita cada vez que la miro!).

No puedo dar consejos, pues reniego y desconfío de los “guías espirituales” tanto como de los sicólogos y los sabios instituidos como sabios. Sólo sé que la condición indispensable para aprovechar la visita de la Depre es no sentir pena ni vergüenza de su amistad. Quiero decir que la depresión es tan natural y puede ser tan sana y benéfica como la felicidad. Natural: aunque vivimos la mejor época para nuestra especie, aún sigue siendo el planeta que habitamos también un escenario de dolor insoportable y maldades inauditas.

Si esto nos deprime, debe ser porque seguimos siendo buenas personas. Al volvernos hacia nosotros mismos, al proponernos una tregua en recogimiento, la depresión nos invita a reacomodarnos conscientemente en el mundo.

Prestemos pues atención a la Depre, tratémosla con respeto para que quiera regalarnos sus dones y beneficios invaluables. Es un estado de gracia tan natural como la noche al día.

Imaginería colocada en el salón del café Avenida, en la ciudad de Tlaxcala. FOTO El Mirón.

 

COHETERÍA

ACLARACIÓN El articulista no soy strictu sensu un ateo. Me considero un creyente total, uno de la clase más crédula. Creo por ejemplo en la incontrovertible Ley de la Gravedad, en la gracia superior de la mujer, en la utilidad del recogimiento, en la bondad esencial de los animales, en el milagro del futbol. Aunque mis creencias no dan -parafraseo a un científico favorito- para misas solemnísimas, rezos compungidos, peregrinaciones dolientes ni me autorizan -sería ridículo- atronar el cielo con cuetes en su honor. No soy perfecto, ni aspiro a serlo.

POSDATA ¿Y qué si hay que trabajar fuera de casa? Habrá que acomodarse a las circunstancias. Lo que cabe en cualquier situación, opino, es aceptar sin pena ni vergüenza infundada las noches de nuestras vidas.

El hecho es que vivimos -nos lo advirtieron los poetas y los sociólogos- en una sociedad “enferma” o escindida, conformada por personas divididas. He leído que a partir del Renacimiento, cuando la inamovible comunidad comenzó a disgregarse y cada persona debe desde entonces asumirse única así como siempre se han asumido los individuos de las élites, dejamos los macehuales de ser simple trasfondo del quehacer de los privilegiados para encarar también los riesgos de la libertad personal. Luego, la nueva ruta conoció dos momentos cruciales: uno, la revolución industrial y el surgimiento de metrópolis fabriles y febriles (“soledad multitudinaria”); y más recientemente, el hacinamiento fruto del éxito de la especie (¡ya somos 7 mil millones!). El resultado es que hoy las familias son de cuatro o cinco personas: en China sólo se puede procrear un hijo; en Europa, según datos recientes, alrededor de 60% de las personas mayores de 18 años viven vidas individuales, apartadas de las familias. ¿Es bueno o malo todo esto? Sigo pensando que sigue siendo mejor nuestro mundo, que el de las comunidades ilusorias que tal vez sólo existen en la mente de historiadores, politólogos, religiosos y economistas. En cualquier caso es lo que tenemos, nuestra única oportunidad. Hic et nunc!

POSDATA 2  Leí que decenas si no cientos de millones de personas de todo el orbe viven dopados bajo  prescripción médica. ¿Por qué a ningún sicólogo se le habrá ocurrido dopar también a los profesionales de la “felicidad”, esos congéneres frívolos que andan por el mundo siempre como si estuviesen en Disneylandia, radicalmente ajenos al dolor ajeno? Por ventura aprenderían a mirar en derredor en vez de hacia otra parte  y a sentir como el Siddartha de Hesse al prójimo sufriente que también es nuestro hermano.

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