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El silencio de las balas: El desamparo del periodismo en Poza Rica
Apuntes de una Reportera Local
Por: Abigail Quiñones
El asesinato de Carlos Castro en Poza Rica no es solo una cifra más en la estadística sangrienta de Veracruz; es el retrato de una tragedia que pudo evitarse y de un sistema de protección que, una vez más, ha mostrado sus grietas más profundas.

A sus 26 años, Carlos ya conocía el peso de cubrir la nota roja en una de las zonas más convulsas del país. Su muerte, ocurrida en el negocio de su familia —un espacio que debió ser su refugio—, envía un mensaje escalofriante de vulnerabilidad. Pero lo que vuelve este crimen especialmente indignante es un dato que clama por una explicación oficial: Carlos contaba con medidas de protección y le fueron retiradas en 2024.
¿Bajo qué criterios se determina que un periodista especializado en seguridad en una región de alto riesgo deja de estar bajo amenaza? El retiro de esas garantías fue, en los hechos, dejar a un comunicador a merced de quienes ven en la información un enemigo. Este caso pone en evidencia que los mecanismos de protección actuales están fallando en su análisis de riesgo y en su capacidad de reacción.
México sigue atrapado en un ciclo perverso donde la violencia y la impunidad se alimentan mutuamente. Según organizaciones como Reporteros Sin Fronteras, la colusión de grupos criminales y la falta de castigo a los agresores crean un entorno donde ejercer el periodismo es una actividad de alto impacto para la vida. No se trata solo de un ataque contra una persona; cuando un reportero es silenciado, se le arrebata a la sociedad entera su derecho a la verdad.
La condena de la Comisión Estatal de Atención y Protección de los Periodistas (CEAPP) y las investigaciones de la Fiscalía deben ir más allá del protocolo. Exigir justicia por Carlos Castro es exigir que la labor informativa deje de ser una sentencia de muerte en Veracruz. El esclarecimiento de este crimen es la única vía para romper el mensaje de que en este país se puede asesinar a un periodista sin consecuencias.
Hoy, Poza Rica llora a un joven reportero que buscaba profesionalizar la información local. Mañana, si no se garantiza la seguridad mínima para quienes informan, el silencio será el único que reine en nuestras comunidades.