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El Putinismo: Trastorno Inmoral, Ideas Delirantes

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Ramón A. Mestre * /El Nuevo Herald (E.U.), 7 Abr

Según incontables admiradores estadounidenses de Vladimir Putin, el deleznable autócrata ruso ha sido víctima de una campaña de difamación que distorsiona completamente su ejecutoria y la naturaleza de las simpatías que el presidente Donald J. Trump ha manifestado por Putin. Para estos putineros “made in USA”, “Vova el Zar” merece nuestra admiración porque es un gran líder de mano fuerte, un tipo brillante cuya visión del mundo no es el producto de su formación como oficial de la KGB soviética, tal y como alegamos sus detractores.

De acuerdo con estos fanáticos gringos de Putin, el hombre es un patriota de verdad que no le aguanta majaderías ni a sus críticos, ni a los LGBTQ, ni a los europeos, ni a los liberales en Washington. Consagrado a transformar a Rusia en una próspera potencia mundial, aspira a convivir en paz con los Estados Unidos.

Asimismo, putinófilos estadounidenses no se cansan de decirnos que el objeto de su devoción no es el responsable de ninguna de las fechorías que los adversarios de Putin le achacamos. Nos aseguran que estos crímenes son obra o invenciones de sus enemigos.

Con algunas variaciones regionales, semejante retórica tiene importantes elementos en común con las justificaciones que le he escuchado una y otra vez a los apologistas de otros dictadores, por ejemplo, los Castro Ruz, Hugo Chávez, Adolfo Hitler o Mao Zedong. De manera que los admiradores estadounidenses de Putin combinan creencias políticas autoritarias que no admiten discusión con variantes de un trastorno de ideas delirantes. Estas variantes no son necesariamente síntomas de psicopatología en todos los casos pero en todos sí se trata de creencias falsas que persisten aun cuando se le presentan al creyente evidencias muy fuertes que demuestran la falsedad de sus presunciones.

Así, el putinero típico rechaza la evidencia reunida por el gobierno británico para sustentar su conclusión de que Putin es el principal responsable del intoxicamiento el mes pasado del ex espía ruso Sergei Skripal y su hija Yulia, víctimas de “Novichok”, un agente neurotóxico de guerra elaborado en Rusia. Tras su canje por una red de espías rusos que operaba en Estados Unidos (cuya detención fue una decisión del entonces director del FBI y actual fiscal especial Robert Mueller, que debió enfrentarse a un grupo de obamistas en la Casa Blanca opuestos a los arrestos) Skripal recibió el estatus de refugiado en Reino Unido.

No es ni remotamente el primer pase de factura putinesco a un enemigo que vive en Inglaterra.

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Hace unos años, antes de la inusitada eclosión presidencialista de Donald Trump, sostuve discusiones con admiradores locales de Putin que se negaban a aceptar evidencias irrefutables que señalaban a su macho providencial como el responsable del asesinato en Londres de Alexander Litvinenko, un ex oficial del FSB, el servicio de seguridad sucesor de la KGB. El caso es emblemático. En una época en que gobiernos occidentales se empeñaban en cultivar y ver con ojos esperanzados a Putin, Litvinenko fue el primer adversario del autócrata que documentó públicamente en libros, artículos y ponencias la verdadera naturaleza del régimen putinesco. Detalló las depredaciones e identidades de los mandamases de un Estado mafioso autoritario enemigo de Occidente. Litvinenko demuestra que manejan este híbrido veteranos apparatchiks de la KGB que para lograr muchos de sus objetivos utilizan una nueva camada de oligarcas y grupos del crimen organizado ruso, incluyendo los que hacen negocios con narcos latinoamericanos.

De hecho Litvinenko colaboró con el gobierno español en la llamada operación Troika, la cual golpeó a las mafias rusas en España y puso de manifiesto las conexiones de estos delincuentes con el círculo de poder de Putin.

Con todo, los simpatizantes estadounidenses de Putin seguirán descartando a priori las verdades que develan el caso de Litvinenko y las evidencias devastadoras que nos ofrecen las obras de Masha Gessen, Arkady Ostrovsky, Mikhail Zygar, Peter Pomerantsev o Anna Politkovskaya, asesinada en Moscú en el 2006.

Estos escritores me han ayudado a llegar a la conclusión de que Putin no es sólo un engendro de la KGB devenido el capo di tutti cappi de Rusia, un simulador audaz con mucha suerte que ha logrado consolidar su poder absoluto al tiempo que establece una cleptocracia populista con ambiciones imperiales. Putin es, además, un peligroso enemigo de Europa y Estados Unidos que nos aborrece tanto como nos aborrecen los yihadistas del Estado Islámico.

Pero por medio de una yihad pos-soviética que es mucho más sutil, inteligente y eficaz que la del radicalismo islámico, Putin se dedica a propagar venenos de todo tipo entre sus enemigos. Matan opositores e intoxican a sociedades libres. Aunque ustedes no lo crean.

 

 

*Periodista cubano, ejecutivo de una empresa internética.

Link  http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article208152504.html

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