Código Tlaxcala
“Ninguna sociedad democrática puede existir sin una prensa libre, independiente y plural”. Kofi Annan

El Mensajero

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Ser periodista ha de ser una profesión muy difícil, no sólo por los talentos que hay que desarrollar sino porque aquellos que se dedican a ejercer el periodismo se a enfrentan situaciones que ponen en riesgo su integridad física y en muchos casos enfrentan la muerte.

A decir de la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF), el año pasado 57 periodistas en el mundo perdieron la vida, nueve periodistas ciudadanos y ocho colaboradores de los medios murieron en ese mismo lapso, la causa: “ejercer su profesión”.

Nueve periodistas fueron asesinados en 2016 en México. En lo que va del año seis profesionales del periodismo han perdido la vida. Ningún caso ha sido resuelto.

Ser periodista lleva consigo otro tipo de riesgos, tales como el de responder ante la opinión pública de la responsabilidad que contrajeron con la sociedad, cuando se hicieron cargo del manejo de la materia prima de todo periódico, revista o noticiero, que es la historia de todos. El periodista no sólo es responsable ante la historia, es además, y sobre todo, responsable de la historia.

Dos códigos de ética, los de los periodistas de Suiza y de la Comunidad Económica Europea coinciden al señalar que la prensa debe responderle primero al público, después a los poderes públicos nacionales e internacionales y, finalmente, al medio de comunicación.

No se descarta la respuesta que el periodista debe dar a sus fuentes si las tergiversa o a los lesionados por los daños hechos a su buen nombre, honor o fama. La prioridad definida por estos códigos afirma que el periodista debe su primera respuesta, antes que a nadie, a la sociedad que es la que consagra y defiende la libertad de expresión en las constituciones de los países.

La Asociación Latinoamericana de Prensa definía la responsabilidad en dos partes. La primera de ellas: “…ser responsable es tener conciencia del poder que uno maneja”. Al intentar responder en qué consiste ese poder, hay que abrirse paso entre las ramas que ocultan el tronco del árbol. Es solo ramaje la idea de que el poder del periodista es para obtener privilegios, o para no hacer las filas que todo ciudadano debe hacer. Nada de eso es poder sino una ostentación de casta dominante, y el periodista no puede, ni debe, ser casta privilegiada.

El poder del periodista y del instrumento que maneja es de otra naturaleza, y solo se puede responder por ese instrumento si lo conoce; es, por tanto, válida la pregunta: ¿en qué consiste el poder que tienen los periodistas y los medios? Consiste, entre otras cosas en educar.

Se educa cuando ante los problemas expuestos por los medios, ya sean los de la economía, los de la política, los de la violencia o los de la corrupción, el receptor concluye que no hay nada que hacer; o que hay soluciones que se deben buscar. Conducir en una de esas dos direcciones, la de la resignación y la pasividad, o la de la rebeldía y la acción, es educar. Es parte de ese poder por el que los periodistas tienen que responder.

También tienen, los periodistas, que responder por los efectos de la información sobre la realidad, es decir, cuando al informar o relatar una historia influye en el rumbo de la historia. La experiencia de los periodistas está enriquecida por los momentos en que, al informar, han cambiado vidas, para bien o para mal.

Los periodistas pueden proponer soluciones a los propios problemas que relatan. Este periodismo sabe que una sociedad a la que sólo se le cuentan sus males queda sumergida en las aguas espesas de su pesimismo y de su resignación.

Una sociedad que, en cambio, junto con sus males, ve las posibilidades para solucionarlos, se mantiene viva, activa y dispuesta al progreso. Este periodismo convierte la información en un argumento contra la pasividad y en una invitación a la insurgencia contra el mal, o contra la corrupción, contra la muerte, o contra el pesimismo y la derrota.

Y cuando esa atribución se usa en beneficio de la sociedad, pasando incluso sobre los intereses de quienes detentan el poder político, el oficio del periodismo se vuelve un peligro para ambas partes. Y la salida fácil para los afectados es matar al mensajero.

Recuerden que: “Una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala”. Albert Camus.

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