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Dos de Mayo en Barcelona

Isabel San Sebastián /ABC.com (España), 9 Oct

 

Como hizo el pueblo de Madrid el dos de mayo de 1808, alzándose valientemente contra el invasor francés ante la claudicación de sus gobernantes, la ciudadanía catalana se ha echado a la calle para defender la libertad, la ley, el Estado de Derecho y sobre todo a España, gravemente amenazados por el golpe perpetrado desde la Generalitat.

Lo ha hecho de forma masiva, contundente, elocuente, impecablemente democrática y, por ende, inapelable. Lo ha hecho con el respaldo de millares de españoles acudidos en su auxilio desde los cuatro puntos cardinales, porque pese a lo que afirma la propaganda facciosa de los golpistas encabezados por Puigdemont, Cataluña es una parte tan querida como irrenunciable de esta nación secular de ciudadanos libres e iguales. Un órgano vital de nuestro cuerpo. Un miembro sin el cual España deja de ser España.

Lo acaecido ayer en Barcelona demuestra hasta qué punto arraiga en el alma de los catalanes el sentimiento de pertenencia a este proyecto común y hasta qué punto este proyecto cuenta con los catalanes de manera incondicional. Demuestra que el miedo o la resignación ceden ante el espíritu ciudadano cuando la opresión es tanta que hace saltar las barreras. Demuestra que el pueblo español es muy superior a sus líderes en coraje y en honor, con alguna excepción notable como la de Don Felipe VI, cuyo discurso histórico del martes brindó un impulso crucial a las movilizaciones que han llenado estos días las calles de banderas constitucionales, de patriotismo y de dignidad.

Resuenan en mis oídos las palabras de mi admirado Mario Vargas Llosa: «De todas las emociones humanas, ninguna ha causado tantos estragos como el nacionalismo». ¡Si lo sabré yo, vasca condenada al exilio por el tribalismo excluyente que sembró Sabino Arana!

Me sumo a José Borrell en su denuncia del adoctrinamiento infame ejercido desde los medios de comunicación controlados por la Generalitat (le ha faltado hablar de la educación pública) y del silencio cómplice mantenido por un poder económico que ahora pone pies en polvorosa. Pero siendo sus intervenciones merecedoras del mayor aplauso, los actores principales de esta representación magnífica han sido los ciudadanos que han participado en ella. Todos y cada uno de ellos.

La gran manifestación de la Ciudad Condal había sido convocada por Sociedad Civil Catalana, con el apoyo de otras asociaciones cívicas; no por partido alguno. Conviene tenerlo muy presente, no solo porque los políticos son especialistas en acaparar protagonismo inmerecido cuando ven que vienen bien dadas, como quedó demostrado en todas las televisiones, sino porque corremos el riesgo de que la reacción popular sirva de coartada al Gobierno para seguir sin hacer nada. Lo cual constituiría un gigantesco error.

Si los españoles han llenado de rojigualdas sus ventanas y secundado masivamente los llamamientos a expresar su voluntad de permanecer unidos ha sido, en gran medida, para llenar el vacío dejado por sus dirigentes. Exactamente igual que en 1808. El pueblo y esta vez el Rey han cumplido con creces su parte. Ahora le toca al Gobierno y a la Justicia poner fin a esta sedición antes de que sea tarde. Porque ya se ha consumado el delito. Ya se ha desobedecido reiteradamente al Tribunal Constitucional. Ya se ha perpetrado el golpe. Pase lo que pase mañana en el parlamento autonómico, digan lo que digan hoy los sediciosos, sobran las razones para privarles del poder y restaurar el orden democrático.

Tiempo habrá después para hablar de lo que sea menester con quien esté dispuesto a respetar el marco que establece la ley y la igualdad entre los españoles. Cualquier otra cosa es innegociable.

 

Link http://www.abc.es/opinion/abci-mayo-barcelona-201710090237_noticia.html

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