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De la apropiación de las historias más allá de la tecnología

Hace unos meses leí una nota de El País que refería un estudio realizado por el Massachusetts Institute of Technology (MIT), en el que un grupo de investigadores pusieron un sensor en un joven de 19 años para detectar la actividad neuronal mientras escuchaban una clase magistral. Sorpresivamente la actividad cerebral no variaba si la comparaban con los momentos en los que el joven veía la televisión. La nota explicaba también las conclusiones a las que llegó José Ramón Gamo, un experto en neurodidáctica de la universidad Rey Juan Carlos, quien afirma que el cerebro aprende cuando se emociona y esta emoción no llega en el salón de clases con la cátedra tradicional. Gamo señala que el cerebro procesa mejor la información desde el hemisferio derecho, encargado de la intuición, la creatividad y las imágenes, por lo que la neurodidáctica apuesta por sustituir las presentaciones orales de una clase por estímulos visuales. Esta preocupación por emocionar al cerebro y darle los estímulos necesarios a través de todos los sentidos suena prometedor. Muchos estudios pedagógicos en la actualidad apuntan que los modelos actuales de enseñanza no funcionan. Estos modelos consisten básicamente presentaciones orales que, a medida que va avanzando la educación escolarizada, incrementa de un 50 por ciento en los niveles básicos a un 80 en los niveles superiores.

En una época donde los niños de ambientes urbanos no saben lo que significa jugar en las calles y por el contrario, viven encerrados en sus casas y son expuestos desde la más tierna edad a estímulos audiovisuales tan fuertes como la televisión (que ciertamente los mantiene entretenidos, quizá hasta calmados), al llegar a la juventud los chicos están profundamente influenciados por la imagen, el video y la vertiginosa actividad del Internet, donde cada espectador es al mismo tiempo un hacedor de contenidos, un miembro activo, una voz que siempre tiene algo que decir. Pareciera que la carrera de la educación debe apostar hacia la tecnología. Y entiendo por qué saltar de inmediato a esa conclusión. Por ejemplo, mi hermano menor, a quien le llevo 15 años, se ha vuelto un experto en videojuegos y en animaciones japonesas, es capaz de recordar datos curiosos, autores, personajes, fechas, influencias; pero le cuesta mucho trabajo escuchar sin querer replicar de inmediato; todo lo que le dicen sus maestros le parece aburrido, lo que aprende en la escuela le irrita y lo memoriza para pasar los exámenes, pero después lo bota en el rincón de la memoria donde ponemos lo inservible.

Quizá porque esta conducta se replica en incontables jóvenes, muchos maestros en un afán de captar más la atención de sus estudiantes se esmeran en hacer Power Points llenos de imágenes, en llevar videos a clase, en hacer mapas conceptuales de todo tipo. Todos los recursos audiovisuales a los que los maestros puedan recurrir son válidos con tal de motivar el interés de los chicos, especialmente en los niveles de secundaria y preparatoria, donde los estudiantes tienen toda la energía del mundo, se vuelven incontrolables, no se están quietos, no escuchan. Así que cuando llegan a niveles superiores y a pesar de que sus maestros tengan más qué decirles, ellos ya no están interesados, básicamente porque han perdido la capacidad de concentración.

Hay nuevos planes educativos que apuestan por las computadoras como herramienta imprescindible en el salón de clases, como la solución todopoderosa para atraer a las jóvenes mentes en formación que se aburren fácilmente con la cátedra de sus profesores pero prestan atención devota a sus videojuegos, series, incluso a sus youtubers favoritos. La neurodidáctica propone reemplazar las cátedras por más estímulos visuales al cerebro. Lo cual no suena mal, porque representa un cambio en la manera de dar clases, pero no representa un cambio en lo que hacen los jóvenes frente a una computadora con Internet.

Y es que para mí el Internet y la educación son un campo minado. Hace poco tuve a una estudiante que copió parte de su trabajo final de una búsqueda de Google. La reprendí por plagio y le di una mala nota. Eran solamente dos párrafos, por lo que ella no entendía lo que había hecho mal. Le expliqué las políticas de la universidad, le expliqué a detalle que copiar y pegar un texto, un párrafo o siquiera unas líneas sin citar la fuente son un plagio y que el plagio es una falta que debe ser sancionada. Ella seguía sin entenderlo. Me dijo que la información que ella había puesto en su trabajo no venía de los enlaces que yo puse como evidencia, sino de otros, como si en esa diferencia demostrara una especie de injusticia contra ella. A la fecha no sé si esta chica pudo entender que copiar las palabras de otros y tomarlas como propias son cosa seria.

Pues resulta que los plagios escalan, a veces a tal magnitud que hay quien es capaz de apropiarse artículos para conseguir una nota, plagiar tesis enteras para recibir títulos universitarios (y cargos públicos). Luego hay quien hace proyectos para conseguir contratos millonarios de datos tomados de Wikipedia o buenastareas.com, como lo revela la investigación “La Estafa Maestra”, de Animal Político. Parece cosa de nada ¿verdad? Pero ya cuando te dicen que la SAGARPA pagó 220 millones de pesos a la Universidad de Zacatecas por diseños y planes copiados de Internet la cosa cambia. Plagiar es una falta grave. Si alguien copia unas palabras y las hace pasar como propias, no roba solamente una frase, un artículo o un proyecto, hurta años de conocimiento, roba ideas. Porque el conocimiento es un ejercicio al que no todos se atreven. Son como los músculos del atleta. El conocimiento es el recinto de las ideas, y aunque dos personas lleguen a la misma idea o conclusión, seguramente no la dirán de la misma manera. Y puede que haya quien todavía no entienda los riesgos del Internet como herramienta indiscriminada. El Internet es entendido como una caja que abres, buscas y encuentras. La cierras y la vuelves a abrir cuando necesitas buscar sin que eso que buscas se quede guardado verdaderamente en la cabeza.

Creo que el problema de la educación radica en que el conocimiento que se enseña en las aulas está despojado de la riqueza del mito, de las historias, de literatura, de fuentes narrativas que puedan conectar lo que se enseña con la vida misma. Los profesores de hoy tenemos tantas cosas qué hacer, qué calificar, qué organizar que es casi imposible salirse del plan de estudios. A la hora de la clase puede que hayas preparado la presentación de Power Point más bonita, pero eso no te hace creativo. Porque ser creativo no está en los recursos que llevas sino en cómo los presentas. Y para mí consiste en un don narrativo que se está perdiendo en los niveles de educación más básicos, donde contar un cuento importa.

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Mi madre siempre se acuerda de su maestra de historia de la secundaria. Esa maestra les contaba con una pasión los mitos griegos como si hubiera hablado con el mismísimo Homero, o que contaba con detalles preciso lo acontecido durante la Conquista, o que dramatizaba algunas narraciones de la Revolución Mexicana como si ella hubiera estado ahí. Mi madre recuerda que muchas veces quedaba tan fascinada con sus relatos que olvidaba tomar notas. Sin embargo, mi madre hizo suyas todas aquellas historias de esa maestra, y cuando ella me las contó a mí, yo también me las he apropiado de algún modo. A veces cuento estas historias, aunque con menos gracia que como las cuenta mi madre, pero esta apropiación es mía, e incluye mi forma de ver las cosas, alimentada por mis propias curiosidades, dudas y nuevos conocimientos. Algo que el plagio y la copia no hacen.

Y es que lo que hay que entender es que lo que pensamos que es sólo un cuento se graba como un aprendizaje. Aprendemos escuchando, sin darnos cuenta que estamos aprendiendo, y al quitarnos esa carga encontramos los significados escondidos de cada historia, aprendemos a interpretarlos y también a dudar de ellos, pero sobre todo, a buscar nuevas cosas y a descubrir nuevas conexiones.

Por ejemplo, la estrella Algol servía como instrumento narrativo en el mito de Medusa y Perseo, éste último quien quería la cabeza de la Gorgona, tuvo que buscar ayuda en las Grayas, tres hermanas ciegas que poseían un único ojo que se turnaban para ver el mundo. Sabedor de esta debilidad, Perseo les quitó el ojo para obtener respuestas. Las Grayas se peleaban, chocaban entre sí, arrastrándose entre la arena desesperadas y no tardaron en darle a Perseo la información que pedía. Así nació una de las muchas explicaciones de Algol, ubicada en la constelación de Perseo. Puede ser que la estrella sirviera para inventar a las hermanas ciegas. Ahora, curiosamente, el mito nos sirve para explicar el fenómeno de esta particular estrella binaria eclipsante en las cátedras más serias de una clase de Astronomía.

Las charlas TED, son un buen modelo de dar clase pese a su creciente trivialización y técnicas de superación pesonal. Sus presentadores, expertos en su tema, llegan y narran anécdotas de su vida combinándolo con el conocimiento adquirido en una universidad. Hay hombres de ciencia en la actualidad que reconocen que hay una necesidad narrativa en el conocimiento. Carl Sagan en su programa Cosmos lo hacía, y ese modelo lo retomó el astrofísico Neil deGrase Tyson que hizo una nueva versión de este programa en 2014, sin duda son ejemplos claros de cómo las historias son una buena manera de transmitir conocimiento y de generar nuevas inquietudes. El programa está lleno de narraciones que nos hacen entender el largo camino de la evolución de las mentalidades, las luchas, las equivocaciones y desaciertos del ser humano, incluido el de la ciencia que, como un instrumento del conocimiento, no es perfecto sino que se va afinando con el tiempo. Y claro, las animaciones, el uso de la tecnología y efectos especiales del nuevo Cosmos son maravillosos, pero se necesitan buenas historias y excelentes narradores y para que esto funcione. Por principio porque un buen narrador sabe de lo que está hablando, contrario a quien piensa que un narrador se inventa todo lo que dice.

O puede que lo invente, como en el caso de los escritores, pero es una invención que parte del conocimiento y que a veces nace para entender el presente y explorar el futuro. Por ejemplo Margaret Atwood en una entrevista en 2016 para el periódico ABC  explica que para ella las novelas distópicas ayudan a la gente a cambiar su percepción sobre el futuro, a no tirar en saco roto lo que se ve en las noticias y a tomar medidas ante lo que sucede en el mundo. “Por eso muchos novelistas del S.XIX escribieron las novelas que escribieron. Víctor Hugo estaba bastante interesado en el estado policial y La cabaña del tío Tom fue decisiva en el movimiento abolicionista”, señala Atwood.

Para la escritora canadiense, de todas las formas de contar el libro es la más especial, pues a través de la lectura hay una comunicación íntima, una triangulación autor, libro, lector donde el libro es el mensaje que permite un acto de creación y comprensión de las cosas. “Comprendemos mejor con historias que con números; tenemos una habilidad innata para entender historias, pero nos tienen que enseñar álgebra”, dice Atwood.

Esta habilidad innata la tenemos los seres humanos desde nuestros inicios más remotos, creamos los mitos como una forma de entender y darle sentido a la existencia. Ahora les decimos mitos, pero seguramente todo comenzó como se cuenta una historia a un grupo de amigos alrededor de una fogata o como se cuenta un cuento a un niño antes de dormir. Cada mito fue transmitido como un acto de fe, de miedo, pero sobre todo por el gusto por compartir una historia con los demás. Al volver a contar esa historia, se apropiaba una explicación tanto del universo, de la tierra y de las cosas como de las costumbres y supersticiones más vanas. Al mismo tiempo que esos hombres del pasado creaban sus historias, también se creaban a sí mismos.

Lo cierto es que si los seres humanos nos alimentamos de la imaginación del mito, desarrollamos también una profunda conciencia de nosotros mismos. Supongo que en la antigüedad, luego de que los relatos orales evolucionaron al teatro, los espectadores pudieron darse cuenta de que los protagonistas de sus obras, los dioses, estaban tan llenos de defectos que daba casi vergüenza venerarlos. Esta conciencia hace que pongamos en duda aquellas historias de las que antes la gente creía con ciega fe, porque ahora tenemos los libros, las bibliotecas, la tecnología para alimentarlas, la ciencia no está peleada con los mitos y las historias, al contrario: nos da un nuevo disfrute de ellas.

Pienso que cuando los mitos fueron trasladados a la escritura, el crecimiento incontrolable de versiones que daba la oralidad pudo ser contenida, por decirlo así, casi como se contiene el agua en el cauce de un río. Por fin había un medio para plasmar la memoria de las historias, aunque esa memoria significara olvidar miles de versiones más: la escritura permitió seleccionar la mejor, porque, como dice Walter Ong, la escritura es sin duda la primera tecnología del hombre, un acto que sofistica la oralidad y nos ayuda a formar una coherencia de pensamiento. La escritura permitió detenerse a pensar, a hacerse preguntas, a dudar de todo. Y de la duda nace la ciencia.

Ahora no es muy diferente. Muchas de las personas que llegamos a los libros lo hacemos porque padres o abuelos nos contaban cuentos en casa. Es fácil llegar a la lectura cuando ya hemos aprendido a escuchar. No tengo un estudio, pero sí creo que el hemisferio derecho del cerebro se emociona cuando escucha una narración, el cerebro se vuelve creativo formando sus propias imágenes, imagina lo que está pasando y aún más, intuye lo que va a pasar. Lo más maravilloso es que no necesitamos de prácticamente nada más que de un poco de tiempo de atención para darle al cerebro esta habilidad.

Es por ello que pienso que los niños y jóvenes pueden aprender entre menos tecnología tengan. Y eso sin duda, venir primero desde la casa. Apague la televisión, apague el Internet. Cuéntenles a sus hijos más cuentos, aquellas historias que les contaban sus abuelos. Porque  los seres humanos aprendemos de las historias y sin ellas los datos más sesudos, los resultados que arroja la ciencia, los datos más fiables de la Historia se quedan en una aridez difícil de disfrutar. Como un árbol sin follaje, como una fruta sin sabor, como las partituras de una música muy bella sin instrumentos para tocarla. No hay mayor estímulo para el cerebro que permitirle crear y esta creación nace imaginando.

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