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Cultura Cívica Democrática… Para qué

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La semana pasada me permitía comentar sobre la contradicción entre lo que se repite hasta el cansancio, en relación con la cultura de la legalidad, y lo que se pregona se hace para garantizarla, sobre todo cuando se reconoce que lo dispuesto para concretar su realización, tras el levantamiento armado de 1910, celebra cien años de vida en un entorno de ausencia de credibilidad respecto de su razón de ser y la vigencia de sus principios y postulados básicos. Planteamiento tras el cual, agregaba, el reto de las instituciones mexicanas es entonces el de poder legitimar frente a la ciudadanía su actuación.

Ciudadanía respecto de la cual acotaba que, si bien es cierto, no termina de despertar del prolongado letargo impuesto, también lo es, ha comenzado a exigir cuentas claras acerca del proceder de los gobernantes, los representantes populares, los funcionarios públicos y los políticos, revindicando en ello su derecho a hacer uso de la palabra para exigir el cumplimiento de la palabra empeñada y de la responsabilidad asumida de garantizar mejores condiciones de vida, mejores oportunidades de desarrollo personal y social, mejores disposiciones para transparentar sus actuaciones.

Una ciudadanía que no se vea sometida a una condición electorera con la cual no sólo no es participe de lo que acontece en la dimensión política, sino tampoco en las dimensiones económica, social y cultural; una ciudadanía reivindicadora, para sí, del espacio público como aquel en el cual se concreten acuerdos para la atención a la solución de problemas de diversa índole a través del diálogo y en apego a los principios de tolerancia, libertad, igualdad, legalidad, honestidad, confianza, entre muchos otros, que garantizan condiciones para una convivencia democrática como forma de vida que permee todos los ámbitos de actuación de las personas (Naranjo, Hurtado y Peralta, 2003:37).

La formación de una ciudadanía responsable, ética y políticamente, es una tarea ardua y compleja. Las sociedades actuales son escenarios de encuentros y desencuentros sin los cuales sería imposible reconocer, de entrada, la existencia del otro y, en consecuencia, de intereses diversos que entrañan conflictos; sería además imposible valorar las áreas de oportunidad a partir de las cuales se puede concretar la suma de voluntades para demandar a los que han sido electos para ello: gobernantes y representantes populares, así como los designados: funcionarios públicos, el cumplimiento de lo prometido.

Participo entonces, no sin reservas, de la propuesta contenida en la Estrategia Nacional de Cultura Cívica (ENCCÍVICA), que promueve e implementa el Instituto Nacional Electoral, con el propósito de fortalecer una cultura democrática mediante la apropiación ciudadana del espacio público, articulada a través de tres ejes. El primero de ellos, el eje verdad, gira en torno de la generación, difusión y promoción de conocimientos e información para el ejercicio responsable de la condición ciudadana y los derechos humanos, destacando en ello la necesidad de que el ciudadano haga suyo su derecho a saber; es decir, lo identifique y se apropie de él.

El segundo, que corresponde al eje diálogo, factor indispensable en la convivencia democrática, persigue la creación de espacios para su realización y la de la participación ciudadana, procurando además para el cumplimiento de dicho fin, la promoción en las escuelas de la cultura cívica con la cual los adolescentes y jóvenes valoren su importancia. Finalmente, el eje de exigencia, que toca de fondo lo que ya hemos destacado aquí acerca de la palabra pública empeñada, así como la demanda de una participación comprometida de la ciudadanía en los asuntos públicos que consecuentemente son de su competencia.

Señalo, dos párrafos arriba, reservas en cuanto a la estrategia de intervención para promover entre la ciudadanía la cultura cívica, pues considero que lograr el cambio de valores no es una cuestión sencilla al destacar ya que nuestra(s) sociedad(es) actual(es) son espacios en los que se escenifican encuentros y desencuentros, divergencias y convergencias, en razón de los intereses presentes que atienden a la diversidad identidades al seno de eso que hemos dado en llamar identidad nacional, que reclama el reconocimiento a las configuraciones presentes al margen de los referentes de la patria y a la matria (Bartra, 1994).

Por otro lado, partiendo de la revisión a los estudios de cultura política en los cuales se recupera, con fines teórico – conceptuales y metodológicos, el trabajo primigenio que sobre cultura cívica presentan en 1964 Almond y Verba (1989), en el cual destacan no es una manifestación cultural pura pues estás no existen como tal, sino que asistimos a la conjugación de diversas consideraciones culturales sobre la política, me parece oportuno destacar que una propuesta de intervención para la promoción y fortalecimiento de la misma no puede perder de vista la existencia de diversas formas de vivir, pensar, representar, valorar y practicar la política.

Luego entonces, la formación de una ciudadanía democrática debe plantearse considerando posibles respuestas a la interrogante acerca del para qué la cultura cívica democrática, en la disposición al cúmulo de representaciones políticas presentes en los ámbitos en los cuales las personas socializan, no siempre a favor del propósito de que los mismos se apropien del espacio público, pues existen muchas manifestaciones políticas presentes al margen de éste, respondiendo a otras lógicas de legitimación de la relación entre la sociedad y el Estado e incluso entre el individuo y el Estado (Naranjo, Hurtado y Peralta, 2003).

Almond, Gabriel A. y Verba, Sidney (1989). The Civic Culture. Political Attitudes and Democracy in Five Nations. USA. SAGE Publications, Inc.

Bartra, Roger (1994). El oficio mexicano. México. Grijalbo.

Naranjo Giraldo, Gloria; Hurtado Galeano, Deicy Patricia y Peralta Agudelo, Jaime Andrés (2003). Tras las huellas ciudadanas. Colombia. Instituto de Estudios Políticos. Universidad de Antioquia.

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