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Crimen no Cometido /Ben Machell (España)

 

Hay noches en las que Albert Woodfox se despierta de repente y se olvida de que vive en una acogedora casa de tres habitaciones en Nueva Orleans. «Por un momento me siento confuso, no sé dónde estoy», dice a sus 72 años. Esas noches empieza a invadirle el pánico. «Entonces, me doy cuenta: ¡pero si estoy en mi casa! Y me doy un par de vueltas a la manzana o por el parque».

Durante gran parte de la entrevista, Woodfox pasea por su habitación en un estrecho circuito, una secuela de sus 43 años encerrado en una celda de aislamiento. Mientras cumplía una pena por atraco a mano armada, fue acusado de asesinar a un funcionario de prisiones en 1972. Su condena: reclusión en solitario.

Imagine pasar 43 años, 23 horas al día, en una estancia de menos de dos metros por tres. Ningún otro recluso en Estados Unidos ha pasado tanto tiempo en estas condiciones, definidas como «tortura» por la ONU y Amnistía Internacional. «Cuando me pusieron en aislamiento por primera vez, no tenía acceso a nada. Libros, revistas, tele, radio… Nada».

Woodfox ha dedicado mucho tiempo a explicar «el horror que supone la reclusión en solitario», pero es difícil hacerse a la idea. Durante años sufrió accesos de pánico. Buscando atenuar esa sensación de que los muros se cernían sobre él, dormía sentado o recorría el suelo durante horas. Para combatir la monotonía enloquecedora, creaba falsas ilusiones de cambio: durante meses desayunaba sentado en el camastro para que cuando comenzara a hacerlo de pie, la experiencia le resultara novedosa. «En el fondo sabía que se trataba de la misma rutina; el autoengaño no podía ir mucho más lejos».

Woodfox suelta una pequeña risa sin alegría al referir las heridas físicas que le infligieron los guardias. «Tengo una marca en la cabeza, donde me fracturaron el cráneo. La cadera izquierda me falla por los batazos que me dieron». Hasta cree que ha desarrollado una inmunidad a los gases lacrimógenos. «Seguía notándolos, pero no me hacían efecto».

Para explicar cómo un atracador batió todas las marcas en una celda de castigo, y sobrevivió, Woodfox ha escrito una autobiografía: Solitary. En ella describe su infancia miserable en el sur de la segregación racial. Cuenta cómo su madre, casi analfabeta, se prostituía para dar de comer a sus hijos. A los 17 años, Woodfox fue condenado a un par de años por robar un automóvil, entrando y saliendo de prisión entre un atraco y otro.

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En 1969, ‘entalegado’ en un penal neoyorquino, conoció a militantes de los Panteras Negras, hombres que, pese a vivir en presidio, irradiaban orgullo y seguridad. «Usaban conceptos que no acababa de entender -rememora-: economía, revolución, racismo, opresión… No terminaba de comprender, pero iba a sus reuniones». Cuando lo trasladaron a una cárcel de su Luisiana natal, Woodfox ya era miembro del grupo y muy activo en abrir los ojos de otros reclusos ante el racismo en Estados Unidos.

A la penitenciaría de Luisiana se la conoce como ‘Angola’, por la antigua plantación sobre la que fue erigida. «Era la prisión de Estados Unidos donde se cometía el mayor número de crímenes sangrientos», dice Woodfox. Segregados por razas, los presos estaban obligados a cortar caña, una tarea tan brutal que a veces se fracturaban las manos para evitarlo. La dirección no tenía reparo en armar a ciertos presos con escopetas de dos cañones para vigilar a sus compañeros. «De locos».

Pronto comprendió que en Angola se daba una forma muy real de esclavitud. Si un preso era violado, pasaba a ser posesión del violador; se convertía en «una nenaza» y podía ser vendido y/o alquilado a otros reos. Y la dirección fomentaba esta práctica como mecanismo de control. «Había hombres dueños de otros. Por lo general, adolescentes recién llegados. Los depredadores sexuales no tardaban en rondar a su alrededor».

Tras su llegada a Angola, Woodfox se propuso «resistir, educar y agitar». Junto con otros panteras negras reclutados por él, formó un grupo antiviolaciones. Cada jueves, día de ingresos, abordaban a los nuevos y los alertaban. «Les decíamos que, si alguien trataba de abusar de ellos, nos lo hicieran saber de inmediato».

Woodfox recuerda el día que desarmó a un potencial violador pertrechado con un cuchillo, se subió a una de las mesas de uno de los dormitorios y gritó: «¡Oídme bien, hijos de puta! ¡Os hablo a vosotros, a los que estáis pensando en violar a alguien! ¡Que sepáis que os tenemos vigilados!». En el dormitorio de Woodfox, no volvió a producirse una sola violación más.

ACUSAR AL NEGRO SE PREMIA

Woodfox no tardó en estar en el punto de mira de la dirección. El 17 de abril de 1972, un guardia llamado Brent Miller recibió 32 cuchilladas. Woodfox y otro pantera negra, Herman Wallace, fueron acusados del asesinato. Las pruebas en contra eran endebles y basadas en el testimonio de un testigo clave: un violador en serie condenado a cadena perpetua.

Woodfox insistió en que, en el momento del crimen, estaba en la cantina. Lo confirmaron otros presos, pero dio igual. Un jurado de blancos lo sentenció a cadena perpetua. El testigo clave, el violador en serie, recibió un indulto.

Woodfox está convencido de que fueron dos chivos expiatorios, escogidos por su militancia negra. «No hay duda. Querían poner fin a mi influencia. Pero sobre todo acabar conmigo psicológicamente, hacer que me rindiera». Wallace y él fueron a parar cada uno a una celda en régimen de aislamiento. No tardó en unírseles un tercer pantera negra, Robert King, condenado por el asesinato de otro reo. Empezaron a ser conocidos como ‘los tres de Angola’.

Los tres se juraron continuar con su política de resistencia. «He visto cosas tristes en la vida, pero nada como un ser humano domesticado al que han arrebatado su fuerza interior. Pierdes algo que nunca vas a recuperar. El resto de tu vida lo pasas sometido, sin levantar cabeza ni rebelarte, aceptando que te traten de la forma que sea por la simple razón de tu origen racial».

Cada 90 días, la dirección revisaba el confinamiento de Woodfox y sus camaradas; cada 90 días, las autoridades les hacían la misma oferta: «Renunciad a los panteras negras, dejad la actividad política y os sacaremos de las celdas de castigo -recuerda Woodfox-. Siempre respondimos lo mismo: que os den por saco».

Los tres se las arreglaban para comunicarse a gritos y reunirse durante la hora de paseo, en la que aprovechaban para enseñar lengua y matemáticas a otros presos. Woodfox abandonó todo pequeño placer -dejó de fumar y de beber café- para disminuir el poder que la prisión ejercía sobre él. «Me negaba a depender de algo, por pequeño que fuese, porque los administradores de la cárcel tienen la potestad de arrebatártelo. Cuanto menos necesitase, menos podrían quitarme».

Los tres de Angola daban la impresión de ser sobrehumanos. Cuando les permitían salir a practicar ejercicio, corrían descalzos, aunque hubiera escarcha, para dejar claro que eran capaces de hacerlo. Se resistían a los registros corporales y exámenes de la cavidad anal, rutina diaria que los guardias aprovechaban para insultarlos. «Te obligaban a abrir bien las nalgas y mostrar los genitales, rodeado de guardias que hacían toda clase de comentarios despectivos. Te ibas dando cuenta de que estos rituales constituían un ataque a tu humanidad, a tu dignidad y tu orgullo como persona». La resistencia implicaba una paliza. «Se trataba de una decisión consciente. Continuaba siendo un ser humano, por muy nefasta que fuera la situación».

En un momento dado, Woodfox, Wallace y King organizaron una huelga de hambre para protestar porque les pasaran la comida por el suelo, como a animales. «Es la forma de protesta más devastadora; necesitas ser muy fuerte y enorme voluntad», explica. Tras estar 45 días sin comer, unos operarios recortaron unas ranuras en mitad de las puertas de las celdas. «Nunca pensamos que fuéramos a aguantar 45 días. Ni de lejos. Pero pasó. Porque llega un punto en el que te dices que no vas a dejar que te sometan».

Anita Roddick creó un consorcio de tiendas de cosméticos naturales basado en una filosofía ambientalista y animalista, vendido en 2005 a L’Oreal en cerca de mil millones de dólares. FOTO kiikstart.com

 

PROHIBIR UN FUNERAL

A punto estuvieron de conseguirlo en 1994, cuando su madre murió. Woodfox sabía que su madre estaba en las últimas y creía que, como solía pasar incluso con los presos de máxima seguridad, la dirección le permitiría asistir a su funeral. Pero le dijeron que no. «Fue la única vez que estuve a punto de hundirme, cuando perdí a mi madre y no me dejaron decirle adiós».

Por entonces, los panteras negras ya habían desaparecido. Pero las autoridades penitenciarias continuaban justificando su aislamiento por sus ideales revolucionarios; tenían miedo de que ‘infectase’ a otros reclusos.

Su destino empezó a cambiar en 2000, cuando Anita Roddick -propietaria de The Body Shop y activista- supo de los tres de Angola y fue a visitarlo. «Nos sentamos, nos presentamos y le pregunté si podía darle un abrazo. Me respondió que por supuesto, que era lo que esperaba de mí… Cinco minutos después estaba contándome chistes subidos de tono», dice con una sonrisa.

Roddick contrató a un abogado para que llevara el caso de los tres. En 2001, tras un recurso, la condena de King fue revocada. Fue el primero en salir; lo primero que hizo fue sumarse a la campaña en defensa de Woodfox y Wallace.

Anita murió en 2007 y no llegó a ver a Woodfox ni a Wallace en libertad. Pero, gracias a su apoyo, pudieron seguir entablando batallas legales. En 2013, Wallace fue diagnosticado de cáncer de hígado y puesto en libertad después de que un juez sentenciara que no había sido sometido a un juicio justo. Murió pocos días después.

Woodfox salió en 2016. A esas alturas, hasta la viuda del guardia asesinado hacía campaña a su favor. El juez James Dennis, del Tribunal de Apelaciones, resumió 43 años de existencia en una frase: «Durante la mayoría de su vida, Woodfox ha pasado casi sus horas de vigilia en una celda pequeñísima, en el aislamiento más opresivo, de resultas de una sentencia no ajustada a derecho».

Saliendo de prisión en su cumpleaños 69, en 2016. Su hermano Michael lo llevó directamente a conocer la tumba de la mamá. FOTO xlsemanal.com

 

El 19 de febrero de 2016 -su 69 cumpleaños-, Woodfox volvió a pisar la calle. El día era luminoso y su hermano Michael lo acompañó desde el portón hasta su coche. Saludó con el puño en alto y fueron a ver la tumba de su madre. Al dejar las flores en su sepulcro, se sintió liberado de una carga. «Tuve que esperar muchísimo tiempo para ir a verla en su tumba y decirle lo mucho que la quería y la echaba de menos».

Han pasado tres años desde su libertad y sigue haciendo lo posible por acomodarse a su nueva vida. Moverse no le resultaba fácil y el incesante runrún de la gente alrededor le parecía algo ajeno y hasta inquietante. «Necesité un par de meses para acostumbrarme a este tipo de cosas».

Acostumbrado a fregar su celda a diario, su casa está «más limpia que los chorros del oro». Se alimenta con frugalidad y, por lo general, le basta con una comida al día. Suele despertarse a las tres y media de la madrugada: «Es la hora en la que puedes hacer cosas en la cárcel. No se oyen gritos. No hay gente por las galerías. Todo es silencio».

Al ingresar en Angola tenía una hija. Al salir, tres nietos y cuatro bisnietos. La familia le ha ayudado. «En la cárcel siempre andas con mucho ojo, haces lo posible por no ilusionarte o tener expectativas; mantener tus emociones a raya. Desde que salí, mis nietos me han ayudado a liberar mis emociones, a querer a la humanidad».

Insiste en que la sociedad estadounidense apenas ha mejorado desde los sesenta. «Me quedé asombrado, muerto de tristeza, al comprobar que no se había producido un cambio real. El supremacismo blanco está en auge, en el país y en el mundo entero, lo que supone una amenaza para el proceso democrático».

La gente, de vez en cuando, le pregunta si cambiaría algo de su vida. «Ni una sola cosa -contesta-. Todo cuanto he vivido me ha convertido en el hombre que ahora soy».

 

 

ENLACE

43 años en aislamiento por un crimen que no había cometido / Ben Machell, XLSemanal (España), Septiembre 28

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