¡Premio mayor, premio mayor! / Vianey Esquinca, Excélsior (México), 19 Ene
Esas ideas que vienen inesperadamente a la cabeza son ocurrencias a las que todas las personas tienen derecho de tener y expresar. Es una garantía universal que el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador no sólo protege, sino que también promueve y fomenta.
La ocurrencia, que es hermana gemela de la improvisación, puede ser de tres tipos: inofensiva, con daños directos o colaterales y serias o, incluso, mortales.
¿De qué depende su gravedad? De quién las dice y cómo las dice. Un ciudadano común y corriente puede decir lo que quiera y no pasará de las burlas. El problema radica cuando vienen de un gobierno que piensa en ellas como genialidades.
Modificar el nombre del Servicio de Administración de Bienes y Activos (SAE) por la de Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado es una ocurrencia que no genera mayor daño. Decidir escribir un libro sobre la economía moral con una compilación de las mañaneras sólo daña a quien lo leyó.
Decidir que para acabar la corrupción —no probada ni castigada— en las instancias infantiles hay que desaparecerlas, o determinar que para combatir el huachicol hay que cerrar los ductos generando un impacto en la productividad del país, son ocurrencias que tuvieron un impacto directo en la población.
Exigir disculpas a España y al Vaticano por la Conquista tuvo, en su momento, un daño en la relación bilateral.
Pero eso no se acerca siquiera a la seriedad que implica sustituir el Seguro Popular por el Insabi sin ni siquiera los mínimos lineamientos, lo que ha generado una crisis en el sector salud, desorganización, desabasto de medicamentos y miles de personas afectadas. Esa ocurrencia sí puede cobrar vidas.
Pero entonces, experto en el mundo de ocurrencias, seguramente el mandatario pensó que ocurrencia espectacular mata ocurrencia seria y el viernes decidió convertir la venta del avión presidencial en esa tabla de salvación que distrajera, al menos por un momento, el resto de los problemas estructurales.

¿Qué hizo? Anunciar que una de las opciones para deshacerse de ese maldito avión Boeing TP01 era organizar una rifa de seis millones de boletos con un costo de 500 pesos. Idea millonaria que seguramente salió de Javi Noble.

Si el Presidente dijo en serio lo de la rifa, entonces el país debe empezar a preocuparse mucho. Esta columna le dará el beneficio de la duda pensando que realmente sabía lo que decía y lo que iba a generar: distracción.

Tan es así que el tabasqueño dijo que sería la Lotería Nacional la que organizará el sorteo, cuando debe tener presente que el 14 de enero de este año fue publicado en el Diario Oficial de la Federación que esa institución desaparecería para fusionarse con los Pronósticos para la Asistencia Pública.

Dijo también que al “suertudo” se le pondría un pequeño candado: “como norma le tendríamos que poner que, si lo vende, que cuando menos sea a precio de avalúo (130 millones de dólares)”.

Es decir, tendría que hacer lo que el gobierno federal no pudo en todos estos meses. Eso sin contar que el ganador tendría que rentar el Estado Azteca como pensión para guardar el Boeing TP-01 por las noches y que no se lo roben.

Lo más probable es que no pase de la anécdota —aunque con este gobierno no se sabe, y tampoco sorprendería que en unas semanas comience la venta de boletos—, pero los medios internacionales y los gobiernos de otros países no saben cuando el Presidente está bromeando o no.


El viernes el país fue el hazmerreír del mundo quienes no concebían que un mandatario propusiera una rifa para vender un avión presidencial.










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