Los mexicanos no hemos aprendido gran cosa de la historia porque en la que nos cuentan los profesores del SNTE y la CNTE, los Hitler, Stalin, Xi, y las familias Castro Ruz y Kim, son moralmente iguales si no superiores a los Churchill, Ike, Trump, May, Merkel, Duque o Bolsonaro. Tal sesgo enraíza en un autoritarismo omnipresente en el devenir de México, la Nueva España y el mundo prehispánico. Y dispone, desde la Guerra Fría, de soporte adicional en el marxismo-leninismo instaurado como doctrina educativa hegemónica en nuestro país durante el siglo XX. Fue pionero en dicha implantación de la propaganda del imperio URSS como materia educativa de los mexicanos, un agente de Stalin y aliado de Lázaro Cárdenas, Vicente Lombardo Toledano. En 1934, a poco del célebre debate con “El Maestro” Caso, el abogado de la Komintern abrió cátedra de Materialismo Histórico en la escuela de Derecho de la Universidad de Puebla. Luego tocaría a oleadas sucesivas de marxistas en huida desde España, Argentina, Chile y Uruguay, hacer la metástasis del dogma doctrinario.
Dicho sesgo que entraña una antipatía ideológica hacia la democracia (“burguesa”), con todo lo que ello implica, dejó huella muy honda en la subcultura política de México y Latinoamérica toda.
Apunto lo anterior por juzgarlo pertinente al caso Venezuela. Ayuda a entender, creo, la paradoja de Andrés Manuel López Obrador, empeñado en limpiar la casa de flagelos y sin embargo tolerante hacia una cleptocracia que hace empequeñecer las de Peña, Calderón y Salinas de Gortari juntas. Me cuesta trabajo entender que nuestro presidente pudiera creer en serio lo que dice a los morenistas, que la corrupción es un mal neoliberal (y por ende no afectaría a los gobernantes de izquierda). Es una locura. Toda la historia pasada y reciente lo desmiente palmaria, inequívocamente.

El caso es que mañana, sábado 23 de febrero, muchas cosas (personas, ideas, creencias arraigadas) serán puestas a prueba en la remota Venezuela. Ciertamente lo que está en juego trasciende a la política para implicar la delincuencia, específicamente la corrupción gubernamental y el narcotráfico internacional de cocaína en su mera cuna.
Ambos rasgos del gobierno espurio de Nicolás Maduro, la corrupción y el narcotráfico están bien documentados en los expedientes judiciales de los reos confesos Alejandro “El Tuerto” Andrade (ex tesorero de Chávez), de Raúl Gorrín (prestanombres de Globovisión, la Televisa de allá, adquirida por las malas y las buenas por Chávez y Maduro) y de los sobrinos de la esposa del dictador atrapados en Dominicana. Las imputaciones en el trasiego de la cocaína que mueven las FARC y el ELN, alcanzan a los más altos generales y oficiales del Ejército Bolivariano.

Hay mucho más. El solo capítulo de deberes del dictador Maduro en materia de derechos humanos, plagado de torturas a opositores y la ejecución de centenares de jóvenes manifestantes en solamente los dos últimos años, justifica una intervención externa en apoyo a la población, las libertades personales, el estado de derecho y la democracia conculcada. Sobran casos ilustrativos al respecto.
En Rwanda ¿se debió vulnerar la Soberanía antes de que la nueva etnia gobernante, los hutu, asesinara a balazos y machetazos a un millón de personas de la etnia tutsi, incluyendo niñas, niños, embarazadas y nonatos? ¿Debió abstenerse o hizo bien Estados Unidos, al inmiscuirse en Europa y declarar dos veces la guerra a Alemania? ¿Hizo bien Chamberlain al negociar la decisión nazi de fanatizar a sangre y fuego al pueblo alemán, y a nombre del anhelo universal de paz, pasar por alto las anexiones de Austria y los Sudetes; o tuvo razón Churchill al advertir con antelación al genocidio diseñado por un cabo de la primera guerra, que el totalitarismo nazi debía ser enfrentado con un poder militar superior?
En Venezuela, la sábana de la negociación (sobre todo si el gobierno en cuestión busca un diálogo inacabable, una tregua eterna) simplemente no da para más. El “baño de sangre” es una realidad en Venezuela dese hace varios años. La intervención extranjera también es ya una realidad, pues el dictador Maduro entrometió bajo contrato a más de 20 mil agentes cubanos, a los que entregó la inteligencia de su gobierno (incluido el control de las fuerzas armadas).
A veces el choque es inevitable para defender la vida de las personas o las libertades conculcadas por un mal gobierno. Y puede resultar, si la suerte estuviera de nuestro lado, menos perjudicial para el pueblo que si simplemente nos tapamos los oídos, cerramos los ojos o miramos hacia otra parte.

Los guerreristas de siempre que antes vieron con buenos ojos el adiestramiento de guerrilleros y subversivos por parte del imperialismo desarrapado de los Castro Ruz, están levantando ahora, cuando al fin se estrechó el cerco sobre el narcodictador, la bandera… de la paz. ¡La bandera de la paz! No pocos colaboradores y aliados de López Obrador juraron siendo jovenzuelos destruir por la violencia el capitalismo que nos dio libertades personales y la democracia moderna. La influencia de marxistas y neomarxistas pudiera estar pesando en la confusión del presidente de México. Debe ser porque en la tradición “de izquierda” los gobernantes invariablemente valen mucho más que la gente de la calle, que nuestros neocomunistas nativos juzgan a Maduro un dictador normal y parecen muy dispuestos a perdonar, al amparo del nacionalismo, todo al gobernante que se alzó con la presidencia vía una “herencia” arrancada a Hugo Chávez en su lecho de muerte, en un remoto hospital de Cuba.
¿Realmente querrán la paz los neomarxistas sumados a López Obrador; o sólo buscan ganar tiempo para el dictador de izquierda? ¿Cómo creerles a Yeidckol, Marcelo, Batres, Pablo, Sheinbaum, Encinas, Taibo 2 y tantos más, si durante toda su vida académica e intelectual guardaron silencio sobre el adiestramiento de guerrilleros por el régimen de los Castro Ruz con el fin expreso de intervenir en la vida interna de México, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Colombia, Bolivia, Chile, Argentina y Venezuela?

¿Cómo, si ante los crímenes de gobernantes “de izquierda” hacen la misma ideológica excepción que antes sus tutores de los abominables y masivos de Stalin y Mao? ¿Cómo, si no por casualidad los izquierdistas mexicanos defienden sistemáticamente a “presidentes” perpetuos y dictadores de su misma ideología? Aquí cabe refrescar la memoria a los neopacifistas mexicanos “de izquierda” que defienden al criminal Nicolás Maduro, con algunos hechos reales de Venezuela.
Primero, Guaidó es el único gobernante legítimo de Venezuela y su legitimidad deriva de la Asamblea Nacional, la última institución surgida de una elección medianamente aceptable, aceptada por la oposición política interna y una inmensa mayoría de los mejores gobiernos democráticos del mundo. Segundo, el espurio Maduro deja una nación, la más próspera de la región cuando el chavismo llegó al poder en 1999, dividida y destrozada, con un PIB en picada, caída vertical de la inversión privada y desempleo al alza, inflación millonaria, desabasto de medicinas y comida, hambre, muerte y el exilio con la casa a cuestas de millones de personas.
¿Cuánto puede fallar un gobernante y aferrarse al poder, sin consecuencias? ¿Puede un gobierno con los antecedentes de Maduro hacer lo que sea para mantenerse en el poder, sin que ningún otro gobierno deba intervenir? Cabe preguntar si la soberanía es un principio absoluto. La idea de soberanía es utilizada a menudo para encubrir maldades y crímenes. La soberanía pierde cuando se la rebaja a nivel de una coartada criminal. ¡La bandera no fue inventada para encubrir también a los criminales peligrosos! Los argumentos de los defensores abiertos o sesgados del dictador Nicolás Maduro Moros, un egresado de la escuela de cuadros marxistas “Ñico López” de La Habana, se basan en un anti-principio impropio e inaceptable para un demócrata genuino y un hombre libre, a saber, que un gobierno pueda hacer cualquier cosa al amparo de la soberanía nacional.
Por menos que lo de Maduro fue aprehendido para bien Manuel Noriega, un militar que osó degradar a la nación canalera en vulgar cartel gubernamental. Atraparlo en su escondrijo del episcopado de Panamá es uno de los tantos puntos buenos de la exitosa democracia gringa en su relación con América Latina y que la izquierda se ha empeñado en soslayar, ocultar o descalificar.
Por tantas cosas mañana sábado será un día muy importante para toda Latinoamérica.
El presidente Guaidó intentará introducir millones de dólares en alimentos y medicinas para el pueblo, aportados por Estados Unidos, Canadá, Alemania, Gran Bretaña y Francia, entre otros países. Empero Maduro y el narcogeneral Padrino ordenaron bloquear totalmente la frontera con Brasil; y sus grupos paramilitares en motocicleta, coordinados por más de 20 mil agentes cubanos de inteligencia contratados por el dictador, están intentando disuadir y aterrorizar a los voluntarios que se dirigen hacia los puentes de Cúcuta y Tienditas.
Mañana puede ocurrir cualquier cosa. Una pregunta es si dispararán o golpearán a los voluntarios. Si dispararán los soldados uniformados, las bandas paramilitares o los narcoguerrilleros de las FARC y el ELN (aliados además de la oposición colombiana que el año pasado fue derrotada en las urnas por Iván Duque; y naturalmente de Cuba, su Meca). Una chispa malintencionada podría desatar un conflicto militar.
¿Tiene derecho un gobierno obviamente fallido a impedir por la fuerza el ingreso de alimentos y medicinas con destino al pueblo? ¿Dispararán los socios del dictador a la leche y la comida? Bolsonaro y Duque, los presidentes de Brasil y Colombia, han acordado que sus soldados no pisarían territorio venezolano, así que los voluntarios se hallarán inermes una vez cruzada la frontera.
Mañana, en la hora de Venezuela, quisiera ver a México del lado de las democracias del mundo libre. No será así. López Obrador exhibe a México al disimular un pacifismo indiferente al sufrimiento del pueblo venezolano, y en los hechos, favorable al narcodictador Maduro.
Pase lo que pase mañana, el caso Venezuela reconfirma lo que ya es evidente: los gobiernos autoritarios, mayoritarios en el planeta, han recomenzado en busca de revancha la guerra fría que perdieron por causa de la sinceridad de Gorbachov y Yeltzin.
Importa mucho observar cuál bando elijan López Obrador y sus ideólogos de confianza.
COHETERÍA
ARTISTAS El articulista y multimillonario británico Richard Branson organizó el concierto “Venezuela Aid Live!” en apoyo al presidente Juan Guaidó. Participan Juanes, Miguel Bosé, Ricardo Montaner, Luis Fonsi, Maná, Juan Luis Guerra, José Luis Rodríguez, Maluma, Diego Torres, Fonseca y Carlos Baute. Hasta allí llegará esta tarde Sebastián Piñera, el presidente de Chile y principal aliado con Duque del presidente provisional. Para no quedarse atrás, el dictador de Venezuela montó otro concierto a escasos metros, con grupos de músicos chavistas poco conocidos.

PRECISIÓN Me apresuro, en atención a los que culpan a los gringos hasta de los huracanes y terremotos para no mirar dentro de nuestros países, a enlistar rápidamente algunos puntos buenos de los gringos, particularmente significativos para los mexicanos. 1.El apoyo a los gobernantes del México naciente como factor disuasivo de los empeños de reconquista por España, y lo mismo ante el imperio impuesto por Napoleón III; 2.La simpatía, receptividad y apoyo brindados a Benito Juárez y los panchos Madero y Villa; y por último, aunque mucho más importante, 3.La generosidad históricamente inédita por su magnitud, hacia el vecino del sur, consistente en dar un mejor hogar a 30 millones de connacionales y descendientes que hoy viven en los Estados Unidos.

SEGUNDA APOSTILLA A los que se curan en salud con Maduro, como Felipe Calderón y Fox, hay que decirles que no hay tanta diferencia entre Venezuela y México. La principal diferencia es nuestra vecindad con la economía más exitosa del mundo, los Estados Unidos, la válvula de escape de los mexicanos empobrecidos. ¿Cómo sería Venezuela si millones de exilados del hambre hallaran empleo en un país vecino, y enviaran remesas de vuelta? ¿Y cómo estaría México sin los 35 mil millones de dólares enviados anualmente por los “mojados” mexicanos? (es mucho dinero, en torno a 60 mil millones de pesos cada mes).



