Roberto Cruz /Impacto (México), 9 Sep
El puño está perfectamente cerrado, en su exacta dimensión de entrenamiento, para estrellarse contra lo que sea. El brazo a la distancia idónea para dar el jalón, mientras el pie izquierdo, apoyado, como muestran los cánones del buen golpeador, haciendo balance con el cuerpo. Observe bien la foto; es un tributo a lo abominable.
En el suelo, Joel no puede levantarse porque, además de una cuchillada que le rebanó la oreja, recibió un piquete en el costado derecho que le perforó el riñón. El joven se mantiene encorvado, gravemente herido, tras el artero ataque de al menos tres “porros”. Como una verdadera heroína, Naomi lo cubre; con su cuerpo envuelve el de su novio para protegerlo, pero queda expuesta.
Ella no sabe, no se le ocurre y ni siquiera intenta cabecear. No es momento, salvo para el pánico. Su cara fue el escudo para detener la embestida de quien portaba el número 9 en el jersey de futbol americano. Los nudillos de uno del casi medio centenar de “porros” que atacó a estudiantes, el pasado lunes, en plena explanada de la Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México dieron, de lleno, en su nariz; la fracturaron.
La fotografía, ampliamente difundida, es la mejor prueba de la brutalidad ocurrida el lunes 3 de septiembre, exactamente a un mes de cumplirse 50 años del episodio de represión estudiantil más ominoso en más de medio siglo de la Historia de México, el 2 de Octubre de 1968.

Joel y Naomi salieron, ese día, de sus clases en la Facultad de Filosofía, en Ciudad Universitaria, y se toparon con la manifestación organizada por alumnos del CCH-Azcapotzalco. Se unieron a ella en forma pacífica, casi más como espectadores que como participantes. Pero el alevoso ataque (“súbito… y ante el cual no estábamos preparados”, dijo el Rector Enrique Graue) de un grupo de “porros” casi los mata.
La desigual confrontación, premeditada -los atacados portando libros y los atacantes cuchillos, palos y artefactos explosivos-, dejó un saldo de más de 14 jóvenes heridos, dos de ellos graves.
Además de Joel, también Emilio, de 19 años, fue golpeado en distintas partes del cuerpo y herido, con arma blanca, en el glúteo derecho.
La provocación, utilizando a jóvenes estudiantes, estaba consumada.
¿QUIÉN EL AUTOR DE LA TESIS?
La agresión en la que participaron cerca de 40 “porros” pone en entredicho la ya cuestionada seguridad en Ciudad Universitaria de la UNAM y sus planteles fuera de ella. En los últimos meses, las autoridades, encabezadas por el Rector, han enfrentado desde el problema de la venta de droga en distintos puntos hasta homicidios al interior del espacio universitario.
Esta vez, sin embargo, la reaparición de grupos “porriles” (ante una inusitada complacencia de los cuerpos de vigilancia de la UNAM), aprovechando un conflicto, en apariencia, sin mayores dificultades de resolver, pone sobre la mesa varias interrogantes.
¿Cómo se llama la cátedra y quién la imparte? ¿Quién es el autor de tan agresiva tesis? Ese es el dilema.
Los tiempos son peligrosos, dos principalmente, el primero, la cercanía del medio siglo, como ya dijimos, de los sucesos del 68; el segundo, la etapa de transición de gobiernos entre Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador.
El asunto debe alertar y urgir a la intervención a tiempo (ya lo hacen la propia UNAM, Gobernación, PGR y la Procuraduría capitalina), sobre todo cuando la reaparición de estos grupos, guardaditos por largo rato, no mostraban tal impunidad y agresividad. Quien los envió, los envió a hacer notar su presencia y su arrojo a costa de uno, dos o los heridos que resultaran.
¿O ingresar a terrenos universitarios con cuchillos y otras armas punzocortantes, además de artefactos explosivos, era sólo de adorno?
El viernes por la tarde-noche, el Secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete, dio a conocer, como muestra de que están trabajando en el esclarecimiento del caso, que la Policía Federal había detenido a los dos primeros agresores, identificados como “Erik” y “Joel”.
Al momento que escribimos esto, Joel se recupera en Cuidados Intensivos del Centro Médico Siglo XXI y su familia no espera ninguna reacción negativa en su salud. La comunidad universitaria tampoco, incluyendo no sólo a la UNAM, sino a otras varias universidades y centros de estudios (Instituto Politécnico Nacional, Universidad de la Ciudad de México, Universidad Pedagógica Nacional, Universidad Autónoma Metropolitana, Universidad Pedagógica Nacional y Escuela Nacional de Antropología e Historia), que se solidarizaron con los estudiantes del CCH-Azcapotzalco. Un desenlace fatal sería el cerillo que quienes armaron tal escenario seguramente esperarían.

MÁSCARAS Y CUCHILLOS
La sapiencia y la prudencia empujan a tomar en cuenta las lecciones de la Historia, pero, lamentablemente, siempre hay quienes se empecinan en vivir en un pasado cada vez más decrépito.
El más grande de los desafíos que han tenido los últimos gobiernos nacionales, incluyendo el que habrá de arrancar el próximo 1 de diciembre, es el de contener la violencia en todas sus presentaciones.
Lo del pasado lunes es seguramente pasajero porque a estas alturas de los padecimientos que ha sufrido el país por décadas no se puede permitir que en el sector educativo estalle un conflicto que pueda resultar lamentable (con las dimensiones del maldecido 68) y cierre con “broche de oro” nuestra ya mundialmente cuestionada cultura de la muerte.
El más grande de los retos estamos en camino de superarlo, el de la delincuencia organizada. Por encima, incluso, de los ánimos salvajes de quienes todavía obran con cerebro de falsos justicieros y queman vivos a inocentes, sin previa investigación.
En México, por desgracia, tenemos, ahora, un abanico muy abierto de signos de violencia política embarrado con delincuencia organizada.
El más lamentable, recientemente (como lo admitió, el pasado jueves, Elena Poniatowska), ocurrió, en 2014, en Iguala, Guerrero.
Pero cuyo agravio pesa y persiste, no como dice la magnífica y reconocida escritora, porque “no hubo ninguna respuesta del Gobierno”, sino, creo yo, porque ese peor caso lo tramó y lo consumó la Izquierda mexicana.
Y es esa larva de descomposición la que sigue latente.
Su espectro se manifestó, el lunes pasado, en las meras narices de la Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Asombra que un caso de rutina, de trámite sumamente sencillo (¿creado para hacerlo crecer?), haya escalado hasta casi provocar la muerte de estudiantes.
¿Qué exigían los estudiantes del CCH-Azcapotzalco?:
Asignación completa de profesores y horarios; la justificación del presupuesto asignado al plantel; el respeto al programa de egreso del estudiante; fomentar el mantenimiento de las instalaciones; que se permita que cualquier fachada del centro educativo sea utilizada para expresar mensajes a manera de murales; no represión a los eventos culturales organizados y no represalias contra los estudiantes que participan en el movimiento.
Pero de meros síntomas de inconformidad, el mal derivó en metástasis. En tres días, la inconformidad de unos 500 alumnos se convirtió en reclamo de 30 mil, con heridos de muerte de por medio.
La primera aparición de un grupo de agresores fue, el 27 de agosto, en el CCH-Azcapotzalco.
Cuando los estudiantes discutían si se iban a paro o no, un grupo de encapuchados tomó la Dirección y comunicó a los inconformes que se retiraran, que ya se había declarado el cierre del plantel.
Horas antes, otro grupo agredió a los paristas; lanzó objetos contra el plantel, rompió sillas y mesas.
Ahora, lo que debió realizar la propia Dirección del CCH lo hace la Rectoría de la UNAM.
En principio acepta el pliego petitorio (“aceptable y entendible”), aunque de siete puntos sólo avala seis, dejando fuera el que exige la renuncia de Graue.
¿Pero qué hay atrás del día de los cuchillos largos? Porque los acertijos rondan el asunto universitario.
Ya dijimos que enmascarados apresuraron, el 27 de agosto, la toma del plantel del CCH, además de agredir por vez primera. Enmascarados también, reaparecieron, el miércoles pasado, en la Avenida Insurgentes, durante la marcha de apoyo a los agredidos, pero de manera separada.
El lunes negro, a plena luz del día, sin embargo, los casi 40 “porros” agresores no tuvieron empacho en mostrar su rostro y su emblema (“jersey” de futbol americano).
Como tampoco lo tuvo uno de los presuntos agresores entrevistado cuatro días después: “La orden vino de arriba… habrá más (ataques)”.
Entre capuchas, “jerseys” y heridos, el día que recuerda aquel mal año del 68 se acerca cautelosamente.
Con ataques cobardes a indefensos estudiantes, ¿para quién es el mensaje?
@RobertoCZga



