Criar con Amor

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Ser madre o ser padre no es nada fácil, quien lo afirme no dice la verdad. Existen cientos, quizá miles de libros o textos en donde se explica cómo ser una buena madre o un buen padre. Son vivencias y experiencias de quienes los han escrito.

Pero poco o nada de lo escrito sobre el tema hasta ahora puede tomarse como una guía infalible para ser una buena madre o buen padre. Cierto es que ayudan a tener una visión más o menos clara de la responsabilidad que significa jugar ese rol.

La maternidad y la paternidad son condiciones que se eligen. Aun cuando sabemos que esto no ocurre siempre. Pero tampoco se puede decir, como muchos lo afirman, que uno se convierte en madre o padre por “accidente”. Es una afirmación desafortunada.

La naturaleza dotó a la mujer y al hombre con la capacidad de crear una nueva vida. Y usando el libre albedrío con que fuimos dotados tenemos la capacidad de elegir en libertad el momento y las condiciones para engendrar un nuevo ser humano.

No pretendo provocar, ni mucho menos entablar ningún tipo de polémica, solo quiero compartir mi visión acerca de lo que significa ser madre o padre en los tiempos actuales. Respeto la diversidad de opiniones sobre el tema porque son eso, apreciaciones personalísimas.

Desde el inicio de los tiempos, madres y padres han criado niñas y niños. La crianza muchas veces se emplea para indicar lo que la madre y el padre deberían hacer. Es decir, convertir al nuestra hija o hijo en un adulto mejor y más feliz de lo que sería de otro modo y, aunque nos cueste decirlo en voz alta, mejor que la niña o el niño de al lado.

La forma correcta de educar a un niño producirá el tipo correcto de niño, que a su vez se convertirá en el adulto correcto.

Al convertirse en madre o padre la visión de nuestro entorno cambia de forma radical. Nuestras prioridades se convierten en una sola, nuestra hija o hijo. Su formación, su educación, su bienestar son nuestros principales objetivos y haremos lo imposible por cumplirlos.

El premio, por así decirlo, como madre o padre no son las notas o trofeos de nuestra hija o hijo, ni su boda ni su graduación. Más bien, son los momentos de alegría y bienestar por estar con esa niña o niño en particular.

Es por ello que en lugar de pensar en que cuidar a nuestros hijos es un tipo de trabajo, enfocado a crear adultos felices, inteligentes y exitosos, tenemos que pensar en ello como una forma de amor. El amor no tiene como tal objetivo, pero sí tiene un propósito. Y el propósito no es crear el destino del ser amado, sino ayudarle a crear su propio destino.

Como padres, nuestro trabajo no es dar forma a la mente de nuestras hijas o hijos, sino dejar que sus mentes exploren todas las posibilidades que el mundo permite. Nuestro trabajo no es fabricar un tipo de niñas o niños, sino proveer de un espacio de amor, seguridad y estabilidad en el que niñas y niños de muy diferentes tipos puedan florecer.

En la actualidad tratamos casi todas las actividades humanas como si fueran un tipo de producción o un tipo de consumo. Pero en lugar de ver así la maternidad y la paternidad, como un tipo de producción, necesitamos encontrar y proveer el amor y el cuidado que toda niña y niño merecen. Porque si queremos en verdad un entorno de paz, es preciso criar a nuestros hijos en el amor.

 

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