FOTOS Antonieta Durán
Salimos a caminar temprano este domingo. Bajando una larga pendiente vimos (¿acaso augurio inescrutable?) un grupo de veloces pajaritos acosando en el cielo sin nubes a un ave de rapiña.

Tras re-andar cuesta arriba la pendiente, torcimos en la dirección de Atlahapa. Un bonito camino a pesar del invierno inminente: un bosquecillo de ocotes detrás de la cerca, a la izquierda; y al fondo, la imagen cinética de raudos autos sobre el asfalto. Desde donde se puede ver completa la autopista, vieron el árbol.

Un pino salvaje, del tipo navideño, a la vera del camino. Lo exornan una veintena de esferas amarillas y ralos listoncillos brillantes. En el monte, muy lejos de cualquiera casa.
La caminante opinó que alguien pudo hallar tirado un kit incompleto de la navidad anterior; y ocurrírsele colgarlo en un árbol bonito del lugar.
El caminante se decantó por la hipótesis idealista: un embriagado del espíritu de la Navidad, una pareja de novios o un grupo de locos, quiso regalar a los caminantes una imagen de paz.

Allá lejos de la ciudad, en los suburbios montunos de San Gabriel Cuauhtla.



