En la tarde escampó, después de un día de lluvias aciagas que parecían eternas. Era un octubre lluvioso en la Ciudad de México, y los nubarrones indecisos en el cielo presagiaban aguaceros fatídicos en el corazón de los capitalinos. Pero eso no impidió que los estudiantes se congregaran en la plaza, como mariposas arrastradas por el mismo viento de presagios en el que se percibía la inminencia de la tormenta. Algunos vestían de blanco, ondeaban pancartas de paz y disidencia; congregados en torno a las piedras húmedas de las ruinas prehispánicas, coronaban sus cabelleras desordenadas con diademas de flores. Habían llegado en contingentes desde Lázaro Cárdenas, desde Reforma y Manuel González, desde Flores Magón. La Torre Latinoamericana apenas era visible en el horizonte desdibujado por las nubes gordas de la tempestad que vendría en unas horas, y que ensombrecería la Plaza de las Tres Culturas a lo largo de aquella noche, y para siempre.

Pero en la Plaza, además de los estudiantes, había también obreros, trabajadores y grupos sindicalistas confiados en la esperanza de un futuro más próspero, séquitos de intelectuales, profesores y académicos que entablaban diálogos acalorados e infructíferos sobre las filosofías del movimiento estudiantil, los capitalismos voraces y las específicas condiciones latinoamericanas que el mesías miope de Marx nunca alcanzó a ver; transeúntes curiosos que no comprendían por qué estaban ahí y qué estaba pasando pero que se quedaron de todos modos, madres de familia con sus bolsas de mandado, vecinos del Edificio Chihuahua que desde sus ventanas atestiguaban las miles de cabezas minúsculas como un mar de vida desbordándose por la Plaza, y niños de todos los días que jugaban desorientados entre el estropicio de los manifestantes que bajo la tarde nublada declamaban los pliegos petitorios a través de sus megáfonos.
Pero en Tlatelolco también estaba presente el Ejército. Un contingente de centinelas inmóviles apostados como gárgolas alrededor de las Tres Culturas, cientos de soldados con la mirada inflexible de los zopilotes, y que aferraban los rifles contra sus pechos del mismo modo que harían con un infante en el regazo. Dos días atrás, el 30 de septiembre, los militares habían abandonado las instalaciones de la Ciudad Universitaria de la UNAM, la cual ocuparon a lo largo de doce días de descrédito generalizado, bajo la sospecha de que en la máxima casa de estudios de México se estaba gestando la revolución socialista que instauraría a punta de pistola el régimen del comunismo.

Los soldados habían llegado a la UNAM el crepúsculo del 18 de septiembre buscando armas, documentos secretos, bosquejos de rebeliones minuciosas, y no encontraron más que una asamblea pacífica que recitaba versos de León Felipe, y universitarios atolondrados en la metafísica de la marihuana. No obstante, arrestaron a todos los que consideraban sospechosos, los encarcelaron en Lecumberri, y no se retiraron sino hasta que el Secretario de Gobernación, Luis Echeverría, dio la orden de desalojar doce días más tarde. La invasión intempestiva de la Ciudad Universitaria ocasionó que el Consejo Nacional de Huelga (CNH), como protesta, convocara a otra manifestación pacífica el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, y a su llamado acudieron los estudiantes, los obreros, los intelectuales, los curiosos, los transeúntes, las amas de casa y los niños que se congregaron bajo la explanada húmeda de la lluvia intermitente, y que con su sangre habrían de manchar para siempre a Tlatelolco.
¿Cuál fue el motivo del movimiento estudiantil de 1968?
1968 había sido un año tumultuoso, marcado por el descontento y la petición generalizada de un cambio estructural, cultural y económico. Era una necesidad internacional, un llamado de los pueblos: una revolución social, un cambio de pensamiento, un nuevo modo de vivir. Era un verano de desencantos, de guerras sin sentido y promesas fallidas, pero también de esperanzas infinitas que precipitaron a la juventud de todo el mundo en el abismo de las flores pisoteadas de lo que pudo ser. Las protestas contra la discriminación racial y el desprecio a la guerra de Vietnam en Estados Unidos, la experiencia del Mayo Francés y la Primavera de Praga en Europa, el auge del feminismo, la lucha LGBT y la liberación sexual implicaron una sacudida sísmica en el pensamiento de los adolescentes, que los obligó a replantearse desde la raíz todo aquello en lo habían creído desde siempre.

Fueron los jóvenes, los estudiantes, las mujeres, los obreros, las minorías racializadas, los gremios homosexuales quienes abanderaron los ideales de la disidencia, y que encontraron un sustento ideológico en las teorías de Marx, de Engels, y toda una escuela de pensadores cuyas ideas desencadenaron experiencias históricas tales como la Revolución Rusa y la Revolución Cubana. Miles de jóvenes tenían como ídolo religioso al Che Guevara, a Lenin, a Trotsky, y creían con el corazón en la mano que la experiencia socialista y los ideales del comunismo eran la solución para los problemas, las injusticias y las desigualdades sociales de América Latina.
México no se salvó de aquel verano de amores y desavenencias que sacudió el destino del mundo con sus legiones de adolescentes revoltosos, con su música de amor y paz, cabellos largos e higiene ocasional, con sus sexualidades libertinas y orgiásticas, con la fascinación por los psicodélicos y la marihuana, con su felicidad y esperanza sin límites, y con la represión subsecuente de las masacres multitudinarias y el amor acribillado a tiros de metralla. Si bien nuestro país tenía circunstancias específicas que lo diferenciaban del resto del continente, que a lo largo del siglo XX atravesó infinitas dictaduras militares y golpes de estado en sus naciones incipientes, en México la democracia jugaba un papel ornamental sin otra presencia más que la del discurso. Pero la represión era la misma, con un gobierno autoritario que le daba la espalda a su población civil en nombre de una oligarquía que respondía a intereses extranjeros, y con una fuerza pública que acallaba a tiros la menor insurrección.
nota publicada en informador.mx



