Deprisa, Deprisa /Jesús Romero-Trillo (España)

 

Hace unos años estaba asistiendo a un congreso en Valencia y al final de las sesiones una persona que me acompañaba subió al coche y me dijo: “vamos rápido”. “¿Dónde vamos?”, respondí, a lo que replicó de forma airada: “No lo sé, pero vamos rápido”.

En 1981 se estrenó la película de Carlos Saura “Deprisa, deprisa” que retrataba la cruda realidad del mundo juvenil en los barrios periféricos de las grandes ciudades: el desarraigo, el paro, la droga, la falta de servicios municipales… Aquellos jóvenes tenían prisa por conseguir una vida mejor, o simplemente por escapar de la que tenían sin saber bien adónde iban. Hoy sabemos que en muchos casos aquella prisa hizo que sus vidas se acabaran prematuramente.

Cuarenta años después también vivimos “deprisa, deprisa”. Las nuevas tecnologías nos permiten responder en segundos a mensajes que llegan desde cualquier parte del mundo, creemos que podemos realizar con competencia varias tareas a la vez en el ordenador, incluso mientras hablamos por teléfono. Parece que, al igual que aquellos jóvenes de hace cuarenta años, quisiéramos escapar deprisa, pero ¿hacia dónde?

Las redes sociales colaboran en nuestra percepción de vivir conectados “deprisa, deprisa”. Basta con ver la velocidad con la que a veces respondemos a los mensajes sin haber comprendido correctamente la intención del emisor, con las consecuencias de incomprensión y conflicto que se generan.

El reciente estudio del Observatorio Social de la Fundación La Caixa destaca que el 35% de los jóvenes españoles reconocen algunos signos de falta de control en el uso del móvil y no es extraño que ahora ya no se hable de la “nomofobia” (el miedo a no tener acceso al móvil), pues hacemos todo lo posible para tener siempre el teléfono con suficiente batería y acceso a internet.

El psicólogo Daniel Kahnemann escribió en 2011 el libro “Thinking, fast and slow”, traducido al castellano como “Pensar rápido, pensar despacio”. Kahlemann, quien recibió en 2002 el Premio Alfred Nobel del Banco de Suecia en Ciencias Económicas, describe que nuestro cerebro combina el pensamiento rápido (lo que denomina el Sistema 1) y el pensamiento lento (el Sistema 2) para llegar a conocer la realidad. El Sistema 1 es rápido y genera impresiones, sensaciones e inclinaciones, mientras que el Sistema 2 promueve la duda -y por tanto la reflexión.

Cuando los datos procesados por el Sistema 1 son refrendados por el Sistema 2 tras su oportuna reflexión se convierten en creencias, actitudes e intenciones. El problema es que muchas veces el Sistema 2 está saturado con demasiadas preocupaciones o con excesiva información -no siempre necesaria- y, como consecuencia, no puede formular las preguntas necesarias.

El resultado es que sin la necesaria duda y reflexión las primeras impresiones se pueden convertir en creencias que, eventualmente, lleguen a aceptar populismos y fundamentalismos.

El poeta inglés Alexander Pope (1688-1744) decía: “Algunas personas nunca aprenden nada por la sencilla razón de que lo entienden todo demasiado pronto”.

Es necesario dejar más espacio al “pensamiento lento” tanto para preservar el bienestar personal y como para construir una sociedad alejada de cualquier dogmatismo. Pero hagámoslo con calma.

@jromerotrillo

 

ENLACE

Deprisa, deprisa /Jesús Romero-Trillo, El Imparcial (España), 25 de junio


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