
La pandemia del coronavirus ha puesto nuevamente a América Latina en el epicentro mundial, lamentablemente con males noticias y sin buenas proyecciones en el corto plazo.
Esto ha ocurrido, en primer lugar, porque el continente se ha transformado en uno de los lugares más afectados del mundo por la enfermedad, tanto por el número de contagios como de muertes: al 14 de septiembre había 8.300.000 contagiados y más de 300 mil fallecidos, destacando Brasil y México, con 133.000 y 77.000 respectivamente. Las cifras son estremecedoras y reflejan dramas sociales y familiares, situación que se agrava considerando que América Latina –con solo el 8% de la población mundial–, tiene el 29% de los contagiados y el 33% de los fallecidos por Covid-19.
En segundo lugar, la región se ha visto afectada de manera dramática no solo en materias de salud, sino también en términos económicos y sociales, que devolverán a muchos países a la pobreza que tenían hace más de una década, regresión impensada hace años y que hoy es una triste realidad.

Hay un tercer aspecto –que han destacado recientemente Sergio Bitar y Daniel Zovatio (El Mercurio, 15 de septiembre)–, y es el efecto que la enfermedad ha tenido sobre el desarrollo de las democracias, con resultados preocupantes en algunos lugares, por la polarización, uso indebido de las fuerzas armadas, concentración excesiva en el poder ejecutivo y disrupción en los procesos electorales.
Los problemas de América Latina y de los distintos países son numerosos. En algunos casos son especialmente peligrosos para la democracia y para la vida de la población, cuyas perspectivas hoy son peores que hace algún tiempo. Algunos países están en condiciones muy complicadas, y requieren salir adelante con sabiduría y capacidad política, pero ello no se ve fácil en modo alguno, considerando la conjunción de dificultades políticas, crisis económica y consecuencias sociales que enfrentan en la actualidad. Algunos ejemplos permiten ilustrar la situación.

Argentina comenzó a enfrentar el problema hace algunos meses con una cuarentena radical, pero ha sido una de las naciones más afectadas en contagios y muertes durante agosto y septiembre. Paralelamente su situación económica y social se ha agravado, sin perspectivas reales de recuperación en el corto y mediano plazo. La medida de introducir el cepo cambiario ha provocado –entre otras cosas– la salida de miles de argentinos a radicarse fiscalmente a Uruguay, país de reconocida solidez y estabilidad.
La economía trasandina se apresta a caer un 12,1% este 2020, con niveles de inflación sobre el 20%, con las evidentes consecuencias para la población, afectada en su nivel adquisitivo. La pobreza, en este escenario, aumenta considerablemente, añadiendo un complejo escenario social.
Bolivia se encuentra viviendo en la actualidad un proceso electoral que busca resolver la sucesión de Evo Morales, tras su salida del poder el 2019. La presidenta interina Janine Áñez decidió declinar su candidatura presidencial, pidiendo la unidad entre distintos sectores para evitar la victoria de Luis Arce, postulante del Movimiento al Socialismo (MAS), el partido de Evo. El escenario político se encuentra abierto y podría producirse una regresión hacia la era de Morales o bien un cambio que fortalezca la democracia del país altiplánico para las próximas décadas.

La situación de Venezuela es de una extraordinaria complejidad, tras años de dictadura de Nicolás Maduro. El contexto actual se inscribe en la acusación de la Consejo de Derechos Humanos de la ONU contra el régimen de Maduro por crímenes de lesa humanidad. La OEA se ha sumado a la denuncia, solicitando que las autoridades del gobierno bolivariano sean llevadas a la justicia, a través de una Corte Penal Internacional. Se trata de un fuerte golpe no solo para el gobierno de Venezuela, sino también para el Socialismo del siglo XXI y para el Foro de São Paulo, que son las bases ideológicas y políticas del chavismo.
Es difícil saber en qué terminará esto, pero es evidente que demuestran que eran coherentes y reales las denuncias que habían hecho los opositores a Maduro y parte de la comunidad internacional, por lo que ahora el dictador venezolano ha perdido apoyos incluso entre algunos antiguos aliados y es probable que su régimen inicie una curva descendente.
El caso de Perú también es grave, considerando la disputa existente entre el gobierno de Martín Vizcarra y el Congreso, que ha propuesto la destitución del gobernante. Para ello se requiere un quórum de 87 de 130 diputados, lo que se ve difícil de conseguir. La aplicación de la causal de “incapacidad moral permanente” ya fue ocupada en el pasado contra los presidentes Alberto Fujimori y Pedro Pablo Kuzcinsky, aunque este último renunció antes de que se votara la acusación. En cualquier caso, la historia de las últimas décadas está marcada por una serie de lamentables sucesos que van desde autogolpes a acusaciones, pasando por suicidios (Alan García), renuncias, encarcelamientos y exilios de los gobernantes.

Hay otras situaciones de interés que merecen analizarse según sus propias circunstancias y evolución: el proceso constituyente en Chile, las decenas de miles de muertes en Brasil y México, la situación del expresidente Álvaro Uribe en Colombia y otras tantas que mantendrán a América Latina en la primera fila de los problemas internacionales. A ellos se debe añadir más la realidad permanente de la dictadura de Cuba, de más de sesenta años y con costos muy significativos para su población, que tal vez debería pasar también por el análisis de la ONU.
Los desafíos del continente son importantes y difíciles: lograr y consolidar los regímenes democráticos, procurar un efectivo crecimiento económico y avanzar hacia un progreso social que permita una mejor calidad de vida para los ciudadanos de América Latina. La tarea no es fácil, pero tampoco imposible: requiere convicciones, mucho trabajo y dejar atrás las recetas fáciles y populistas.
La recuperación después de la pandemia no será un proceso rápido ni de resultados inmediatos, y sin duda encontrará un camino más expedito y fructífero en aquellas sociedades donde las autoridades políticas actúen con mayor inteligencia y determinación, y donde los pueblos trabajen con más unidad, conciencia y espíritu de superación.
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Regresiones en América Latina / Alejandro San Francisco, El Confidencial (España), Septiembre 19


