La discusión pública sobre salud se ha centrado en atender necesidades del tipo fisiológico, dejando de lado una problemática cada vez más alarmante y presente a nivel mundial: la salud mental. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), “la prevalencia de los trastornos mentales continúa aumentando, causando efectos considerables en la salud de las personas y graves consecuencias a nivel socioeconómico y en el ámbito de los derechos humanos en todos los países” (2017).
Una de cada diez personas en el mundo sufre de algún trastorno mental, entre los que destacan la depresión, la ansiedad, el trastorno afectivo bipolar, la esquizofrenia, la demencia, y algunos trastornos ligados al desarrollo (entre los que sobresale el autismo). Tan sólo los primeros dos afectan a cerca de 615 millones de personas, reforzando el hecho de que las enfermedades mentales son una de las tres primeras causas de mortalidad de personas entre 15 y 35 años; estando fuertemente ligado con el suicidio. Y es que como señala de nuevo la OMS (2016), para los casos de personas con depresión grave como de esquizofrenia existe una probabilidad de muerte prematura, 40 % y 60 % mayor que aquella de la población general.
Sin embargo, gran parte de esta carga la ha provocado el mismo sistema de salud. Tanto los países con ingresos altos, como los de medio y bajo ingreso presentan una desatención del tratamiento correspondiente. En el caso de México, se ubica entre los países que tienen una desatención de entre 76 % y 85 % a diferencia de los países de altos ingresos, quienes presentan un 50 % en el peor de los casos. En estas cifras influye que la cantidad de especialistas en psiquiatría a nivel global es muy baja (representan el 1.93% del total de los médicos y el 6.2% del total de especialistas) para poder atender a la población mundial (hay un psiquiatra para atender a 200,000 o más personas) y poco interés por parte de recién graduados en especializarse en esta área (sólo entre 3 y 4.5% deciden tomar una especialidad relacionada) (OMS, 2013; Heinze, Chapa & Carmona, 2016).
En México a pesar de que en 2013 se realizó un plan nacional (por medio del Modelo Miguel Hidalgo de Atención en Salud Mental) para mejorar la atención a pacientes con trastornos mentales, la tendencia se ha mantenido igual. Esto debido a que no se cuenta con el suficiente personal de acuerdo con un informe realizado por el Instituto Nacional de Psiquiatría y la UNAM. Para 2016 tan sólo se contaba con 4,393 médicos especialistas en psiquiatría; una tasa de 3.68 psiquiatras por cada 100,000 habitantes. El problema de dicha tasa radica en la distribución dispareja de estos psiquiatras, obteniendo matices muy altos entre estados; siendo que la Ciudad de México presenta la tasa más alta con casi 21 psiquiatras por cada 100,000 habitantes, mientras que Tlaxcala fue el de la tasa más baja con tan sólo 0.55 psiquiatras. Al mismo tiempo, con respecto a infraestructura, los estados de Colima, Guerrero, Nayarit, Quintana Roo, Tlaxcala y Zacatecas no cuentan con ningún hospital psiquiátrico.
El gasto público juega un papel primordial dentro del sector salud y ha frenado gran parte del proyecto presentado en 2013, puesto que entre sus requisitos se encontraba aumentar el gasto público en salud mental. Por otro lado, sólo en 2017 el gasto público en unidades responsables de salud mental representó el 1.12 % del gasto total en salud. De modo que podemos decir que el aumento en la salud mental ha sido tan baja que podría considerarse nula. En México se invierte tan sólo una porción que representa poco más de un dólar per cápita y menos del mínimo que recomienda la OMS (El País, 2018), muestra clara de que no se le da la importancia que debería a la salud mental.
La poca importancia que le dan nuestros diputados al asignar recursos para prevenir y tratar estas enfermedades demuestra que sigue existiendo una estigmatización hacia individuos que sufren de esta condición; siendo México el segundo país que presenta más estigmatización hacia las personas que padecen dichas enfermedades -incluso por personas con las mismas condiciones- según datos de la OMS (2016). Por lo cual, no sólo debemos empezar a aumentar los recursos destinados a estos rubros, sino garantizar que las personas mentalmente enfermas puedan tener acceso a las mismas oportunidades de desarrollo sin temor a ser discriminadas por su condición. Pero sobre todo empezar a fomentar una cultura de atención temprana debido a que el 80 % de los recursos se destinan a tratar las enfermedades y no a prevenirlas. La salud mental debe empezar a formar parte de una política de estado que busque mejorar las condiciones socioeconómicas de cada uno de los habitantes de este país.



