Cree en los que buscan la verdad; duda de los que la han encontrado. André Gide
Mientras la diáspora de Cuba se prolonga a paso de décadas y prolifera en otros gobiernos de izquierda anticapitalista, la de Venezuela implica a un país con las mayores reservas de hidrocarburos del mundo que antes de la era Chávez atraía y acogía población y hasta se ha permitido el lujo de financiar con petróleo a dictaduras amigas.
Además de replicar la fuga de población, los gobiernos del exchofer de transporte de pasajeros y exguardaespaldas Nicolás Maduro (graduado en la escuela de cuadros “Ñico López” de La Habana) y del ex guerrillero Daniel Ortega tienen en común con el de Cuba, la atribución de sus fracasos a conjuras del “imperialismo yanqui”, el “Fondo Monetario Internacional” y “la derecha y las oligarquías”.
Eso mismo ha servido de coartada, durante más de medio siglo, a la dictadura totalitaria de la familia adueñada de Cuba.
Un problema de esta popular coartada es que por un lado, los cubanos, los venezolanos y ahora los nicaragüenses huyen despavoridos con el hogar a cuestas y a riesgo de sus vidas precisamente hacia países capitalistas; y otro, que además de escapar del cepo de la miseria característica de naciones fallidas, dejan atrás un mismo estilo de régimen donde se persigue a la oposición política, cancela de facto la división republicana del poder, acalla la prensa independiente, censura las opiniones y los libros, y donde han sido acotadas radicalmente todas las libertades personales consagradas en la legislación internacional y reconocidas por la asamblea de la ONU.

Por sus amigos los conoceréis, reza un apotegma que viene al caso e ilustra otras analogías preocupantes.
Maduro y Ortega cuentan con el apoyo de Cuba, Rusia, China, Corea del Norte, Bolivia y las más odiosas repúblicas islámicas, cuyos gobernantes comparten la aversión a las democracias liberales de occidente al tiempo que reivindican la economía paraestatal y ejercen un control prácticamente absoluto sobre los deseos, las ilusiones, las ambiciones, las ideas, los sueños y la vida toda de la gente. Son hechos.
Mas ¿ante qué estamos en realidad?
Acaso la principal dificultad para dar respuesta a dicha cuestión es la presunción -prejuicio típico de una diplomacia que antepone la corrección a la verdad y la realidad- de que la confrontación entre las sociedades abiertas de la civilización occidental y el totalitarismo comunista tocó a su fin en 1989, con el derrumbe del muro erigido por los estalinistas en Berlín (para evitar, cabe recordarlo, que los ciudadanos de Alemania oriental huyeran hacia la Alemania capitalista).

ASUNTOS DE FAMILIA
Una analogía más entre los santones del viejo y nuevo anticapitalismo (hoy abanderados de anti-occidentalismos y anti-“neoliberalismo”) es una cierta y marcada obsesión de perpetuarse en el poder. El modelo local de Nicolás Maduro, Evo Morales y Daniel Ortega, presumido públicamente por los más notorios neodictadores latinoamericanos, es el longevo poder de la familia Castro Ruz. Dicho modelo remite a través de Cuba al polo totalitario de la Guerra Fría y los gobiernos reciclados de China y Rusia.
En Cuba, descontados los encargos meramente formales de Osvaldo Dorticós (entre 1959 y 1976) y Miguel Díaz-Canel, los Castro han retenido el poder 59 años; y muy posiblemente será heredado al tercer sucesor del linaje, Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl y coronel a cargo del todopoderoso Consejo de Defensa y Seguridad Nacional de la isla.

En Nicaragua, una familia se hizo con el poder en la persona de Humberto Ortega en 1980, y lo mantuvo con el hermano Daniel y la esposa de éste, Rosario Murillo, hasta 1990. Daniel recuperó el poder en 2007, tras varios intentos a lomos de una estructura corporativa basada en el ejército (ESLN); y se ha reelegido sucesivamente en 2011 y 2016, la última con la esposa como vicepresidenta y posible sucesora, de modo que en 2022 su linaje habrá superado los 25 años. (Si alguien albergaba alguna duda acerca de la subcultura patrimonialista de este dictador, seguramente la disipará al enterarse de la decisión anunciada ayer por Ortega, de designar a su consuegro Francisco Díaz -un señalado corrupto y contumaz violador de derechos humanos- como nuevo jefe de la policía nacional.)
El mismo patrón familiar de Cuba y Nicaragua se repite en Norcorea, donde la familia Kim suma 70 años en el poder desde que se empoderó en 1948 Kim Il-sung (1948-1994), quien heredó la nación al hijo Kim Jong-il (1994-2011), y éste al suyo, el actual dictador semidivinizado Kim Jong-un (2011-2018).
Así, tenemos que tres familias, los Castro Ruz, Ortega y Kim suman en total más de un siglo y medio, exactamente 164 años en un lapso de 70 a partir de 1948. En promedio 55 años por familia y 23.4 años por gobernante (adscritos Dorticós a Fidel y Díaz-Canel a Raúl).

En Venezuela, contado el interinato tras la muerte de Chávez (quien gobernó ininterrumpidamente de 1999 hasta su fallecimiento en 2013, merced a tres reelecciones), el recién reelecto Nicolás Maduro habrá sumado en 2025, si llega al cabo de su nuevo mandato, 12 años. Conjuntamente con Chávez consumirán un cuarto de siglo de la historia de Venezuela.
En Bolivia, el indígena Evo Morales está en el poder desde 2006, ya con tres reelecciones en su haber, la última a pesar del rechazo del plebiscito de 2016. Cumplirá 14 años consecutivos en 2020, cuando podrá reelegirse de nuevo toda vez que un tribunal designado por él mismo desechó de facto, mediante artilugios leguleyos, la votación popular que le prohibió reelegirse.
En conjunto las dictaduras de Cuba, Nicaragua, Venezuela y Bolivia suman a la fecha 112 años en el poder a partir de la entrada de Fidel y Raúl Castro a La Habana en 1959.

Cabe reincidir en la pregunta ¿ante qué estamos en realidad?
¿Basta que un régimen adopte los nombres y las formas de las instituciones de las sociedades abiertas de occidente, como República y Democracia, para que lo sean realmente? ¿Puede haber República en donde evidentemente no existe separación genuina entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial? ¿Y haber democracia si las elecciones son controladas por gobiernos que encarcelan a opositores políticos, persiguen a la prensa independiente y/o instituyen el clientelismo electoral al innoble fin de granjearse la voluntad previamente domesticada de las urnas?
POLOS TOTALITARIOS
Aunque analistas convencionales y más bien superficiales aseveran que China y Rusia dejaron atrás el totalitarismo y se encaminan al capitalismo y la democracia, tal tesis se antoja sumamente endeble.

La opacidad característica de los gobiernos de dichas potencias tiende un velo de oscuridad sobre su dudoso “capitalismo”, en particular acerca del misterioso origen de “magnates rusos” y “empresarios chinos” en tiempo récord… ¿Cómo es que de pronto aparecieron, apenas una década después de la apertura a la Coca-Cola y el derrumbe del Muro de Berlín, tales “empresarios” multimillonarios? Entretanto esperamos la develación de la generación espontánea de “emprendedores” en las actuales Rusia y China, la pista del poder ofrece indicios más verosímiles.
En Rusia, Putin gobierna en los hechos desde su interinato de 1999 que siguió al deceso de Yeltsin. Si bien cedió por razones de formalidad -no se permitía una segunda reelección consecutiva, traba finalmente salvada- el poder entre 2008 y 2012 a un Dorticós o Díaz-Canel ruso, Dmitri Medvédev, lo retomó en 2012 y volvió a reelegirse en 2016, de modo que en 2020 habrá sido jefe máximo más de dos décadas de facto y de jure 17 años.

China, donde el poder omnímodo del Partido Comunista sobre la población nacional más numerosa del mundo permanece inalterado desde 1949, encierra una enseñanza crucial por burda, acerca de la imitación formal de las instituciones de occidente para fines contrarios a su naturaleza original y genuina.
Entretanto las reformas de China son celebradas por occidentales políticamente correctos, en los hechos no trascienden el papel, pues si la constitución de 1982 estipula las libertades de expresión, imprenta y culto religioso, los derechos humanos, la tolerancia a opiniones disidentes y el sufragio popular, en la práctica el gobierno controla el acceso a internet, monopoliza la televisión, reprime las críticas (Reporteros Sin Fronteras clasificó en 2013 a China en el sitio 173 entre 179 países), obliga a los cristianos a profesar su fe en la clandestinidad, controla y anula a otros partidos, mantiene la “reeducación ideológica” mediante trabajos forzados, invariablemente gana las elecciones locales –únicas en las que permite votar al pueblo-, y mantiene un control total acerca de sus propias estadísticas, lejos de la mirada exterior.
A resultas de ello, sólo 5 hombres han ostentado el poder gubernamental en el pueblo más numeroso del mundo desde el triunfo de los comunistas. En promedio, circa 14 años cada dictador.

Mao Zedong se mantuvo en el poder 27 años, hasta su muerte en 1976. Después de Mao lo asumieron sucesivamente Deng Xiaoping (hasta enfermar de Parkinson a comienzos de los años 90), Jiang Zemin (entre 1993 y su muerte en 2003), Hu Jintao (2003-2013) y el actual, Xi Jinping, quien fue designado vicepresidente en 2008 y presidente en 2013. Xi logró el pasado marzo autorización para reelegirse indefinidamente; y ya su ideario, una mezcla de marxismo-leninismo salpicado de aforismos maoístas, fue oficializado por el PCCH como “Pensamiento Xi”.
Pese a todo, la nación asiática, un modelo de sociedades cerradas cuya dimensión geográfica y tamaño de población le permiten ostentar el segundo PIB nominal y es primera en PIB paritario, goza de la tolerancia de naciones democráticas interesadas en comerciar con el mercado potencial más importante del mundo. Razones prácticas, se dirá, mas también es real que China y Rusia se hallan empeñadas en asentar su versión de la vida posible y deseable.
En el ámbito de Latinoamérica, una región del continente que apenas en las últimas tres décadas –tras un siglo perdido de militarismos y dictaduras- busca ganarse un lugar entre las auténticas democracias liberales, la influencia rusa y china es directamente proporcional al rezago democrático de las naciones gobernadas por dictaduras de izquierda.

DEMOCRACIA Y ESTATOLATRÍA
Así las cosas, ante la diáspora de venezolanos y la incipiente de nicaragüenses cabe volver a preguntar ante qué estamos exactamente. La pertinencia de dicho cuestionamiento es (debiera serlo) abrumadora.
He sugerido que la principal traba para responder correctamente a dicha cuestión es la presunción “diplomáticamente correcta” de que la confrontación entre sociedades abiertas y sociedades cerradas finalizó en 1989. En realidad, esto es francamente muy dudoso. La querella persiste sin duda en Latinoamérica; y a escala global agrega un nuevo ingrediente, las teocracias del Islam.
Las analogías sugieren que el choque entre sociedades abiertas y gobiernos totalitarios no terminó (tal vez nunca verá fin, según insinúa Popper en el clásico La sociedad abierta y sus enemigos). Acaso la democracia y la libertad, conquistas voluntarias y artificiales de la civilización por cuanto contradicen la naturaleza del poder y el poder basado en la fuerza natural, reclaman para subsistir del concurso de las personas que valoran por sobre todas las cosas su deseo de vivir libremente en paz y reconocen a los demás ese mismo derecho humano.
Las diásporas de Cuba, Venezuela y Nicaragua ilustran las consecuencias que para las personas de carne y hueso acarrean gobiernos basados en un dogma político al que a falta de algo mejor nombro estatolatría, según el cual las personas irrepetibles somos simples accidentes insustanciales y superfluos ante el espectáculo holista (colectivista) de la realización del Estado, el Gobierno, el Partido o cualquier Iglesia.
Al amparo de tal ideología estatólatra, disimulada tras la retórica hueca y mendaz que suele acompañarla, acecha una primitiva sed de dominio y control que no concibe la realización personal si no es sometiendo a la voluntad propia las vidas únicas y fugaces de otros. Más acá de los conceptos conviene tener presente que la felicidad de algunos individuos desdichados parece depender casi por entero de la posibilidad de someter a sus iguales; y que sólo consiguen acrecentar su realización personal si aumenta el número de víctimas y el lapso de la sujeción.
Es una vieja historia de sadismo y narcisismo extremos que tal vez podrá develar y explicar exhaustivamente, algún día, la psicología.

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