Javier Cámara /El Imparcial (España), 31 Jul
Que no se me entienda mal… Es difícil empezar un artículo así. Parece que lo que uno quiere decir necesita de mucha explicación y nada más lejos de la realidad. Cuando digo «que no se me entienda mal», lo que quiero expresar es mi apoyo (no total, apoyo, simplemente) a cualquier colectivo que en cumplimiento de la ley ejerza su derecho legítimo a la huelga. Sus razones tendrán…
Pero del mismo modo, me gustaría que entendieran todos estos colectivos que a mí no tiene que parecerme bien. No tengo por qué comulgar con su causa. Y menos cuando me están haciendo la vida, literalmente, imposible.
Sí, esta frase sí que es contundente. Muchos de estos colectivos, que siempre esperan al momento más inoportuno para el común de los mortales (como son las vacaciones, un puente señalado o cualquier día para ir a trabajar) para satisfacer sus reivindicaciones laborales, hacen la vida imposible a los trabajadores y no pueden exigir a nadie que apoyen sus argumentos.
Porque, ¿quién entiende al ‘pobre currante’ que ha estado dos semanas rezando lo que sabe para que su vuelo no se cancelara y, finalmente, se ha quedado sin vacaciones por culpa de Ryanair o sus trabajadores? ¿Y al que se ve en medio de las peleas de taxistas y VTCs sin poder desplazarse por su ciudad? ¿O al que va a trabajar todos los días en transporte público porque no tiene otra opción o porque tiene conciencia ecológica y no quiere contaminar con su coche o porque no quiere contribuir a una ciudad colapsada y se encuentra que cuando no son los maquinistas es el personal de mantenimiento o son los de Metro o los de Cercanías?
Y digo yo: ¿Alguien se ha puesto en el pellejo de quien se ‘come todos los marrones’ de las huelgas que, por unas causas o por otras, amargan la existencia del que vive en una gran ciudad?
Por lo general, no resulta del agrado de nadie perder el tiempo en una cola para reclamar los daños y perjuicios de un vuelo cancelado, aunque te toque cobrar bastante más de lo que costó; ni tener que presenciar cómo unos cuantos taxistas descerebrados (no diremos que todos, obviamente) agreden a un trabajador VTC mientras zarandean y rompen las lunas y los espejos del coche con pasajeros, clientes, personas normales dentro; y tampoco estar lidiando día ´sí y día también con las caras largas del jefe que en la oficina no se cree ya el cuento de tanta huelga en el suburbano o en el tren de Renfe.
Entiendo que tampoco es del agrado de nadie que te tomen el pelo en tu trabajo o que si tu sindicato negocia algo, lo que sea, con el Gobierno, éste pase de ti y haga lo que le viene en gana incumpliendo su promesa. Pero, insisto, el ciudadano de a pie no tiene la culpa de nada de eso.
Dicho todo esto, ¿quién se solidariza con quien sufre de verdad las huelgas? ¿Quién se pone en la piel del usuario que se siente utilizado por todos como medida de presión? ¿Quién? ¿El Gobierno oportunista que pide «conciencia» a los taxistas para que dejen de secuestrar a la ciudadanía y su derecho a elegir el medio de transporte que prefieren?
No deja de tener gracia que sea el Gobierno que ha pactado con nacionalistas, populistas y proetarras el que pida «conciencia» a nadie. Pero es que, además, ¿eso es todo lo que puede hacer el Gobierno, pedir «conciencia»? Todos saben a estas alturas de que pie cojea cada uno. El que se quiera creer las mentiras de unos y otros, que lo haga. Mientras, el de la calle, el que va a trabajar, el que quiere disfrutar de sus vacaciones o de un puente, a seguir aguantando.
Lo que está claro es que cada vez lo hará menos. Porque si un usuario tiene algo es memoria, y a buen seguro que recordará los innumerables chantajes a los que se ha visto sometido con tanta huelga. La dignidad también cuenta, pero muchos se la tendrán que comer con patatas porque el transporte público es una necesidad básica para muchos y hay, además, mucha alcaldesa cerrando al tráfico el centro de las ciudades.
Pero que no nos pidan que entendamos, apoyemos o nos solidaricemos con nadie porque nadie lo hace con nosotros.



