Anaya, ¿Caballo Negro?

Ricardo Anaya, indistintamente llamado “el niño maravilla” por partidarios y rivales, será candidato de la coalición que ayer fue registrada por los dirigentes de PAN y PRD con el rebuscado nombre Por México el Frente. A reserva de que se haga realidad, previa selección interna de conformidad con las reglas del principal partido coligado, el PAN, la candidatura de Anaya se antoja desde ahora el caballo negro de la elección presidencial del 1 de julio de 2018.

“Hace unos minutos la Comisión Permanente autorizó mi separación del cargo de Presidente Nacional del PAN. Deseo mucho éxito a Damián Zepeda. Mañana informaré los detalles del proyecto que habré de emprender. ¡Muchas gracias a todas y a todos!”, tuiteó Anaya pasado el mediodía de este sábado, a las 13:23 horas.

En su acto postrero como dirigente nacional de su partido, Anaya anunció que habrá una elección abierta del candidato. El diario El Universal, cuya lamentable campaña editorial contra el “niño maravilla” naufragó estrepitosamente en los cayos de los tribunales y dejó mal parado a El Gran Diario de México, se apresuró a cabecear no sin cizaña: “El PAN abre una puerta a Mancera”. El intento de alentar la resistencia del Jefe de Gobierno no prosperó. También en uno de sus últimos actos como presidenta nacional del PRD, Alejandra Barrales puso las cosas en su lugar: “Mancera puede ser un buen jefe de campaña de Anaya”, clavó.

Superaron numerosos escollos. FOTO publimetro.com.mx

Se impuso, pues, la cordura. Es simple: no toca al partido débil (PRD) hacerse de la candidatura presidencial de la coalición. Así lo había explicado Dante Delgado, pero los jaloneos –alentados por una parte de la prensa, y manifiestamente desde el priismo- prosiguieron hasta esta mañana.

El resultado de la sensata decisión del PRD de ceder la candidatura presidencial al PAN y tener mano en la CDMx, es la reconfiguración del escenario de 2018. Nuevas preguntas se acumulan. ¿Esto a quién beneficia más y perjudica más: al puntero López o al tercero Meade? ¿Qué harán los ex competidores de Anaya en las filas del panismo (Zavala de Calderón) y las filas frentistas (Mancera)?

En base a las encuestas, cabe tras la concreción del Frente prever un repunte de Ricardo Anaya. Habrá que esperar para conocer la medida. Dependerá en parte de las decisiones personales de los liderazgos descartados (Zavala y Mancera), y en parte de la disposición de los votantes que se identifican con PAN y PRD de unir sus voluntades en las urnas. ¿Importará más a panistas y perredistas construir una opción competitiva; cuántos concederán más importancia a las animadversiones ideológicas?

Hasta la encuesta levantada por Buendía & Laredo entre el 1 y el 4 de diciembre, a siete meses de las votaciones Anaya superaba por 7 puntos porcentuales a Meade y se hallaba a 8 de López. Del total de 23 puntos de intención de votos, recibía 18 del PAN, 3 del PRD y 2 de MC. Los 16 puntos de Meade incluyen 13 del PRI y 3 del PVEM (la encuesta captó para el PANAL, sin candidato, apenas 2 puntos). AMLO recogió en dicho estudio 28 puntos de MORENA y 3 del PT.

Naturalmente para el partido cuyo candidato va en tercer lugar, el PRI, la noticia de la casi segura postulación de Ricardo Anaya es una mala noticia. Porque a diferencia de 2006 y 2012, esta vez se halla confrontado frontalmente con el PAN y el candidato del Frente. Esta circunstancia angosta la posibilidad de un voto útil masivo de panistas en su favor si consigue  Meade rebasar a Ricardo Anaya y deviene en el rival principal de López. Así, la perspectiva tricolor se asemeja más al 2006 que al 2012.

Ricardo Anaya, virtual candidato presidencial. FOTO El Universal

AMLO tampoco debe estar muy contento con la noticia de que el Frente va. Aunque puede sentirse menos preocupado que Meade, pues entre PRD y MORENA hay más afinidad que entre PAN y PRI. Probablemente durante las próximas semanas veremos nuevos desprendimientos del partido amarillo hacia el líder de la carrera.

En principio, supone una ventaja importante para Anaya que será el candidato más democrático (o menos antidemocrático, si se desea). Ya la cesión de la candidatura al PAN superó una intensa negociación entre “el agua y el aceite”; y falta ver cómo conseguirá Anaya la postulación, si a través de competencia interna con otros precandidatos o mediante votación aristocrática del Consejo Nacional. Sea como sea, su postulación será más democrática que el destape anacrónico de Meade y la formalización del candidato de facto López. Ventaja de la democracia sobre los siempre autoritarios verticalismos.

Ahora bien, independientemente de los cálculos sobre el peso de los partidos políticos o las cifras demoscópicas, habrá que conceder la importancia que ameritan los candidatos en sí. Antes hemos visto, en 1994 con Diego Fernández y en 2000 con Vicente Fox, que el estilo personal, las habilidades de comunicación y persuasión, la inteligencia y el aplomo de los candidatos también juegan un papel que dado un escenario cerrado pueden resultar factores decisivos. Una clave serán los debates. Ahí, como Cárdenas en 1994 y Labastida en 2000, puede perder López puntos importantes y también ante Meade. Anaya es un polemista temible, rápido y ordenado. Rehuir los debates no es opción. Es desventaja principalmente para López -él tan habituado al monólogo- la obligación democrática de debatir con sus contrincantes.

¿Meade? Casi nada sabemos del gallo del presidente Peña (que no de los priistas). Desventaja de una subcultura política más propia de autarquías pre y antidemocráticas, la pésima costumbre de mantener a los subalternos en la opacidad por el bobo temor de que quiten reflectores al caudillo institucionalizado. Resultado: es el menos conocido (apenas 28% supo identificar su nombre en la encuesta de El Universal y 57% dijo no conocer su rostro). Claro, si como persona Meade es un ilustre desconocido, los votantes potenciales de cualquier modo rellenan su figura, con analogías por ejemplo. Para muchos es sobre todo el candidato de Peña y del PRI (se equivocan los que suponen que al electorado importa gran cosa si no está afiliado).

Y resulta que el actual presidente de México atraviesa por una ya muy larga y también muy mala racha. Casi nada de lo que importa a los ciudadanos le sale realmente bien. Dos preocupaciones principalísimas de sus connacionales confirmadas por todas las encuestas, la inseguridad y la corrupción, atraviesan un momento patético. Por un lado, 2017 rompió ya –tras una década de ocupación militar de las calles y carreteras del país- los récords de violencia y criminalidad (ello a pesar de los esfuerzos de las procuradurías para soslayar el problema). Por otro, junto a Venezuela el país gobernado por Peña es único en Latinoamérica por no investigar ni sancionar a funcionarios ligados al caso terrible y emblemático de Odebrecht. Así será muy difícil para el candidato de la continuidad.

Caballo negro. FOTO El Universal

El peor fardo que cargará el candidato Meade en los próximos meses será el PRI, partido que ha desaprovechado de manera lamentable la oportunidad que obtuvo en 2012 de volver a gobernar México. El balance histórico de la gestión tricolor en la casa de los mexicanos es, por decir lo menos, desalentador. Se agotó la coartada de que “vamos avanzando”: según Ceneval, hoy hay en México 52% de pobres. Por más que se fuerce la semántica, el estancamiento no será nunca avance. Pésimo resultado para un partido que ha gobernado el país durante 75 de los últimos 87 años. Y aún queda una duda: ¿qué parte de los magros avances deben ser atribuidos a las remesas que envían los exiliados desde Estados Unidos -y que la SEDESOL se adjudica arbitrariamente? Lo entenderá quien conozca los cronogramas de acciones de la Cruzada contra el Hambre. Cito de memoria el último que tuve en mis manos: alrededor de 10% apunta al estómago y el resto a otra parte diferente del hambre propiamente dicha (11% reuniones interinstitucionales, cerca de 20% charlas y ejercicios de activación para escuálidos y viejitos, una cifra similar simple reorientación de programas como el Fonahpo, etc.).

Ante el fracaso, hoy el PRI y el presidente parecen haber optado por una salida sensacionalista que está demorando el Senado: dar cobertura legal a la militarización. No quieren escuchar, o parecen no entender. No se han preguntado, al parecer, para qué exigen los militares un marco legal. ¿Qué no entienden los uniformados de las leyes vigentes en materia de derechos básicos de las personas (DH), si nuestro país ha firmado tantos tratados, acuerdos, declaraciones y compromisos en esa materia? ¿Acaso no saben leer o no han leído la Constitución que rige a los mexicanos? ¿Piensan ajusticiar a sospechosos como en el caso impune de Tlatlaya, ahora con la ley en la mano? Militarizar la elección no es opción. Por algo obvio: Estados Unidos no tolerará un régimen militar en su frontera sur. El partido que camine en esa ruta se condenará al suicidio político y pondrá en un grave predicamento a la nación.

El PRI y el presidente Peña obtuvieron en 2012 la oportunidad de reaprender y reeducarse en la cultura de la democracia, “el peor de los sistemas inventados por el hombre con excepción de todos los demás” (Churchill). La desaprovecharon, y a cambio desempolvaron una subcultura política fallida no sólo en México sino en el mundo entero. En corto, dicen con desdén que la democracia es imperfecta y ponen ejemplos de sus fallos, pero evaden el punto central: nadie con dos dedos de frente busca sistemas perfectos, nos conformamos con lo menos peor si ofrece más garantías de prosperidad y seguridad a los más. Los autoritarismos no construyen sociedades prósperas ni competitivas ni seguras salvo para unos pocos. Nunca han hecho buenas naciones en un sentido moderno, los autoritarismos.

Por tantas cosas Meade se halla, tanto o más que Obrador, en un embrollo muy difícil de resolver.

Por tantas y otras cosas, Anaya podría convertirse en el caballo negro de la elección presidencial en curso. No necesariamente el que se echó a correr al quedar roto el tercer sello del apocalipsis; sino el azabache de Tennessee que se especializó en hacer la chica en beneficio de la cartera del comerciante Sam Flynn.


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