Chile: ¿Fallaron las Encuestas?

Mientras según reportó CNN los representantes de los dos principales bandos esperaron los resultados de la elección presidencial en hoteles de lujo (en el tercer piso del Fundador Alejandro Guillier, de Fuerza de la Mayoría; Sebastián Piñera, de Chile Vamos, en el veintidós del Crown Plaza), la periodista Beatriz Sánchez, candidata del sorpresivo Frente Amplio, hizo guardia en la calle escoltada por cientos de estudiantes. Algo importante perdieron el centroderechista Piñera y el centroizquierdista Guillier; y algo ganó la izquierdista radical Sánchez, a la que los partidos tradicionales de la transición chilena llaman “populista” porque pone en entredicho el modelo sin sobresaltos de la post dictadura.

Ciertamente Sánchez -abanderada de las protestas estudiantiles contra Piñera de hace ocho años- ni siquiera podrá participar en la segunda vuelta o balotaje, mas su sorpresivo ascenso dice mucho en un escenario de participación inferior a 50% acerca del agotamiento de un modelo refractario a los riesgos del cambio.

Piñera perdió la certeza de ganar el próximo 17 de diciembre la elección definitiva. Con unos 2 millones 350 mil votos, aventajó entre 14 y 15 puntos porcentuales a Guillier; y sin embargo, su cosecha en esta primera vuelta es muy inferior (alrededor de 700 mil votos) a la de hace ocho años, cuando captó en primera votación poco más de 3 millones (3.6 millones en segunda vuelta).

Si, como se espera, Piñera vuelve a ser presidente de Chile, lo sería con algo así como 71% de la votación -casi un tercio menos- que obtuvo en 2009. Mala señal que ilustra la creciente polarización de la nación heredada por Bachelet.

Beatriz Sánchez, la sorpresa. (publimetro.cl)

 

Para reunir el 44% que le permitió derrotar a Eduardo Frei y para superar en el papel la votación conjunta de Guillier y Sánchez, Piñera necesita ahora todos los votos (8%) del derechista duro José Antonio Kast (otro que festejó ayer, en el  hotel Los Nogales, desde donde se trasladó pasadas las diez de la noche a la suite de Piñera en el Crowne, dando fin a los duros desencuentros de campaña con el expresidente). Por último queda a Piñera una veta adicional de votos, aunque no está claro si podrá contar con ello si concede lo necesario al conservadurismo moral y político de Kast, esto es, lo que pudo salvar (6%) Carolina Goic del derrumbe de Democracia Cristiana, partido que en 2013 respaldó a Bachelet y podría reorientarse hacia la centroderecha dada la importancia cobrada por Sánchez en los planes de Guillier.

Guillier perdió también votación esperada y sobre todo margen de maniobra. La situación del candidato oficialista tras la votación de ayer queda bien resumida en el título de la columna escrita por Max Colodro para el diario La Tercera: “Guillier de rehén”.

(La Tercera)

En efecto, la lenta aunque constante decadencia del senador y también ex periodista Alejandro René Eleodoro Guillier Álvarez, candidato de la amplia gama de centroizquierda representada antes por la Nueva Mayoría de Bachelet, quedó confirmada uando logró colarse al balotaje merced a una ventaja irrisoria de 2.4 puntos sobre Beatriz Sánchez. Así, su única oportunidad de competirle de tú a tú a Piñera en diciembre radica ahora en una alianza (que se antoja incondicional) con la colega.

Ceder demasiado a Sánchez (ampliando las causales de aborto o en temas de igualdad de género, por ejemplo) alejará a la falange Democracia Cristiana; y lo que es peor, hará cerrar filas a la centroderecha con el expresidente Piñera que por tercera vez busca la presidencia y es favorito para ganarla por segunda ocasión.

(La Tercera)

 

PRONÓSTICOS

Paralelamente a las sorpresas de la elección dominical –lo fueron los descensos relativos de Piñera, Guillier y Goic, tanto como las alzas de Sánchez y Kast-, los diarios chilenos voltearon a ver a las encuestas y no han faltado quienes hicieron mofa de las predicciones. Algo hay de cierto; más no está claro que se trate de un fallo atribuible a los encuestadores. El tema amerita una apostilla.

Lo primero que hay que decir es que no todas las encuestas debieran ser contrastadas con el resultado electoral. A lo más se puede exigir precisión de pronóstico a las de dos o tres semanas previas a la votación. En su prólogo a la antología Encuestas y democracia en México (ed. S. XXI), Roderic Ai Camp refirió hace más de dos décadas un estudio empírico que confirma la debilidad predictiva de las encuestas realizadas más de dos semanas antes de las votaciones.

Luego, si descartamos las encuestas de octubre enjuiciadas ayer en la prensa chilena, las levantadas entre 2 y 16 de noviembre predijeron bastante bien la votación por Grillier (divergencias de 1.3 puntos en la Criteria del 2 de noviembre; y de 0.3 y 0.8 puntos en las Cadem y Tresquintos del día 3). Falló, sin duda, la de CERC-Mori (en todas las mediciones sin excepción).

(La Tercera)

 

Y aunque identificaron bien las primeras tres posiciones, en particular a los candidatos que irán al balotaje, sin embargo queda claro que asimismo todas las encuestas de noviembre sobreestimaron la votación de Piñera (divergencias de 2.4, 7.8 y 8.4, respectivamente Criteria, Tresquintos y Cadem) y subestimaron la de Sánchez (4.0, 5.3 y 6.3, respectivamente Tresquintos, Criteria y Cadem). Estamos pues ante un sesgo sistemático. ¿Cómo entenderlo?

INDECISIÓN

El sesgo fue abordado vía Twitter por Roberto Izikson, el investigador de Cadem. “No logramos interpretar correctamente a los indecisos”, tuiteó el politser del despacho más importante de Chile. Pienso que el punto será relevante de cara a las próximas elecciones presidenciales de México.

¿Cómo se interpreta correctamente a los indecisos? No por cierto como es usual entre encuestadores latinoamericanos, metiendo en un mismo costal a no respondientes (el que rehúye la pregunta de intención de voto, alegando su “derecho” a la secrecía) y a respondientes que tampoco aclaran su preferencia aunque por otros motivos (auténticos indecisos que vacilan entre dos o más candidatos; los que dicen no saber cómo votarán porque carecen de información o no han reflexionado acerca del tema; y los abstencionistas potenciales que dicen que por ninguno votarán –estos quedan excluidos del gráfico purificado de votantes probables).

Primera lección: las últimas encuestas, las que serán comparadas con el evento real de la votación, deben identificar por separado estos tipos de no respuesta en vez de meterlos en un arbitrario costal común.

(Twitter)

 

OCULTAMIENTO

Ahora bien, en México es palpable otro factor que Izikson pasa por alto (acaso por no ser tan relevante en su país). Me refiero al voto oculto.

Decir por quién se prefiere votar debiera ser en democracia, como lo es en las más avanzadas, un orgullo. Temer consecuencias en las esferas laboral o social, e incluso en la escuela para los hijos, es lamentable. Las encuestas sólo funcionan a cabalidad en ambientes de libertad; padecen mucho en circunstancias excesivamente reguladas por las instituciones electorales o el gobierno.

Adicionalmente, en el caso chileno y casi seguramente en la próxima elección mexicana, el ocultamiento de la intención de voto puede explicarse además por el factor tabú, advertido en encuestas no electorales que abordan temas difíciles como la sexualidad o la drogadicción. Si la prensa y otras instituciones toman partido y se conducen facciosamente, atizando el miedo o la vergüenza, podrían hacer pensar a muchos ciudadanos que decir lo que realmente piensan a los encuestadores, podría acarrearles sanciones morales o de otra índole.

Aunque en ocasiones, como en el Brexit, las posturas antiestablishment se precaven ante los encuestadores, por regla general en democracias maduras como la inglesa, la francesa y la estadunidense las encuestas suelen ser instrumentos de gran precisión. No es siempre así en Latinoamérica, notoriamente en México donde proliferan toda clase de restricciones a la libertad de expresión, al proselitismo y a la investigación demoscópica de la opinión pública.

La segunda lección es obvia: no se puede culpar a los encuestadores si por miedo, inducido o real, algunos encuestados deciden ocultar su intención de voto. Es normal que así lo haga una pequeña proporción del electorado; mas es anormal, en democracia, que la escondan tantos.

Ergo, que luego no le echen la culpa a los encuestadores por los sesgos excesivos o fallos evidentes. No sería justo.


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