Isabel de Valois, Reina Niña de la Paz

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Para Antonio Martínez Velázquez, MarVel, con afecto

PRÓLOGO

Debió ser la luz de fuego, propicia a una intimación ajena a la electricidad y el neón, lo que me acercó a la Reina de la Paz. Súmese que entrada la noche, franqueado el capítulo uno hube de leer con veladora, moviéndola al paso de los renglones. El punto es que llegado a la mitad de la novela pude imaginarme consejero, médico francés, sirviente o enano bufón; un cercano, para aconsejar a Isabel. Virtud de la historia novelada el acercarnos a los personajes de carne y hueso -por así decirlo. El lote de libros donado por un amigo incluye además del Isabel de Valois de Antonio Martínez Llamas (premio Alfonso X El Sabio 2001), traducciones del inglés del acucioso Felipe II de España de Peter Pierson y la novela 1492 ambientada en el origen de la Monarquía Católica- de Newton Frohlich.

Son libros recientes, mejor equilibrados que las crónicas e historias de los siglos xvi y xvii merced a la distancia temporal nuestra ante los novelados y el biografiado. El lote permite asomarse a las gestiones de Colón ante Isabel de Castilla para financiasu osado viaje a través del Atlántico; y a los gobiernos de cuatro descendientes de los reyes católicos: el nieto Carlos I, el bisnieto Felipe II, y los tataranietos Felipe III, Felipe IV y Felipe V. 1492 abunda en la expulsión de los judíos (uno de cinco pobladores de los reinos de Castilla, León y Aragón); Isabel de Valois en el tercer matrimonio de Felipe, y la historia de Pierson cubre el auge de la monarquía española y su bancarrota durante la segunda mitad del siglo xvi.

La Virgen de los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y León y Fernando II de Aragón. Anónimo, temple y óleo sobre tabla, 123×112 cm, 1484-1497. La imagen presidida por la Virgen María y el Niño muestra a la izquierda a Fernando, Santo Tomás de Aquino sosteniendo la iglesia, el inquisidor general de origen judío Tomás de Torquemada arrodillado, y el príncipe Juan de Aragón; a la derecha, Isabel, la infanta Isabel, el santo Domingo de Guzmán con libro y palma, el inquisidor de Aragón Pedro de Arbués y un fraile.

 

UN AIRE FRESCO

La hija de Catalina de Médici y el capeto Enrique II, renovadores de las casas Valois-Angulema y de Francia unidas por Francisco I y Claudia Valois, llevó aire fresco y buena vibra a la corte católica de Felipe II. Los Valois constituían una casa de vanguardia liberal en un tiempo de religiosidad exacerbada. El fundador del linaje de Catalina e Isabel, Francisco, fue rey humanista, mecenas de Da Vinci, y por cierto enemigo del suegro Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano-Germánico.

Retrato del emperador Carlos I. Tiziano, óleo sobre lienzo, 194×112.7 cm, 1533. (Museo del Prado)

 

El de Isabel de Valois y Felipe II fue un matrimonio en la cima del mundo. Precedían a los novios sendas caudas de reyes y reinas, princesas y príncipes, duques y duquesas, marqueses y marquesas, condes y vizcondes a granel. Tras ella la Casa de Valois cuyo origen remonta a Carlos de Valois (1270-1325) y gobernó Francia entre 1328 y 1589, así como la Casa de Francia cuyas raíces remiten a Hugo Capeto, ungido rey en 987. Y detrás de él, ancestros tan gloriosos como el papá Carlos I, el  abuelo Felipe El Hermoso, y por supuesto, los bisabuelos Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, Reyes Católicos que agregaron al imperio en construcción todo un Nuevo Mundo.

Retrato de Isabel de Portugal con el príncipe Felipe, a la manera de la Virgen y el Niño. Versión más aceptada del original (perdido) pintado en 1529 por António de Holanda, de cuya realización dio cuenta en carta a Felipe II, fechada en 1572 y conservada en el archivo de Simancas, un hijo pintor del autor, Francisco de Holanda. Tondo al óleo sobre lienzo, 50×43 cm. (Fundación Casa de Medina Sidonia)

 

Fue dada Isabel a Felipe por Enrique II (rehén siendo príncipe niño del suegro Carlos), por una razón de Estado urgente: esperaba (como ocurrió) poner así fin a una guerra larga y costosa. El sacrificio de casar a la hija mayor y predilecta con un vallisoletano de 32, viudo sucesivamente de María de Portugal y la britana María Tudor, bien valía el Tratado de Cateau-Cambresis firmado el 3 de abril de 1559.

Una cláusula de los acuerdos estipulaba que “la hija del rey Cristianísimo, Isabel, contraiga matrimonio con el Rey Católico”. Meses antes, el rey de Francia había respondido a las urgencias de la corte para casar a la niña dada finalmente a Felipe, así: “Vale tanto mi hija Isabel, que un ducado no basta para casarla: necesita un reino, y no ciertamente de los menores, sino de los grandes; tan grande es ella en todo. Y tengo por seguro que no habrá de faltarle; por tanto, bien puede esperar”.

Retrato de Catalina de Médici con gorro de luto, atribuido al taller de François Clouet, pintor favorito de la reina-regenta. Óleo sobre tabla, 30.5×23 cm, ca 1560. (Museo Carnavalet, París)

BODAS DE ISABEL

Señal infausta del matrimonio de Isabel y Felipe fue que dos semanas después de su boda por poderes el 22 de junio de 1559 en París, durante un torneo de lanzas que la celebraba resultó herido mortalmente en un ojo Enrique II de Francia.

La ceremonia nupcial había sido protagonizada dos semanas antes, así mismo en París, por el Gran Duque de Alba en el rol de Felipe II. Dada la ausencia del esposo, tocó al duque ser recibido por Isabel en la habitación conyugal. Atestiguaban el simulacro los reyes de Francia, padres de la recién casada, y caballeros y damas de la corte. “El duque realizó un acto simbólico para semejar la consumación del matrimonio, sin existir un contacto físico real”, contó un cronista sin ahondar en el gesto. “El acto culminó con una reverencia del duque a Isabel, quien desde entonces generó un profundo resentimiento por él” -añadió misterio.

Retrato de Enrique II, rey de Francia, atribuido al taller de Clouet. Óleo sobre tabla, 39.6×28.7 cm, 1559. (Palacio de Holyroodhouse, Edimburgo)

 

A partir de julio de 1559, recién huérfana de padre aunque elevada a regenta de Francia la madre, hubo de enfrentar la niña Isabel casi en solitario -espiada por embajadores y minuciosamente observada por médicos, cortesanos, damas, pajes, enanos y criados- unos dos años y medio hasta la consumación sexual del sacramento, a sus dieciséis o diecisiete de edad.

Isabel arribó el Día de Reyes de 1560 a Rocesvalles, vistiendo todavía el luto blanco por su padre al uso introducido al norte de Francia en el siglo xiii por doña Blanca de Castilla, madre del rey y santo Luis IX. Previa misa de velaciones, Isabel y Felipe se casaron el 2 de febrero en el palacio ducal del Infantado de Guadalajara. De allí partió la reina adolescente a conocer su reino, visitando Alcalá y Madrid en camino a Toledo, a la sazón sede de la corona.

Retrato de María Manuela de Portugal, princesa consorte de Asturias y duquesa consorte de Milán, primera esposa de Felipe fallecida de parto a los 17 años. Anónimo, óleo sobre lienzo, 193×102 cm, ca 1544. (Museo del Prado)

 

La unión real pudo ser consumada carnalmente en Madrid, a donde había mudado Felipe su corte desde junio de 1561, dos meses antes de la menarquia de Isabel (“no le ha venido la camisa”, se decía entonces). Algunos autores sostienen, basados en el primer embarazo hacia 1563 o 1564, que Felipe esperó en apego a una costumbre borgoñona que su tercera esposa cumpliera los diecisiete. Al respecto, afirma Pierson que “el matrimonio no se consumó hasta 1564, cuando ella cumplió diecisiete años, que era entonces la edad acostumbrada entre la nobleza española para consumar el matrimonio”.

Siendo habitual en las cortes de toda Europa anunciar públicamente la primera regla de las infantas, princesas y reinas púberes como Isabel, podemos saber que nuestra heroína tuvo el primer sangrado el 11 de agosto de 1561. Terminada la menstruación, los esposos podían compartir lecho. “La constitución del Rey causa grandes dolores a la Reina, que necesita mucho valor para evitarlo” -reportó en recado manuscrito un embajador a Catalina de Médici meses después.

Dibujo de Isabel de Valois, por Clouet. Grafito y sanguina sobre papel, ca 1558. (Colección privada)

 

ETIQUETA BORGOÑONA

Los tratados de Cateau-Cambresis destinaron para la niña Isabel el estilo de la corte de Borgoña, instalado desde 1548 por su suegro Carlos I en el imperio “donde no se pone el sol”. La etiqueta borgoñona obligaba entre otras reglas a vestir de negro, hacer extroversión constante de fe cristiana y aprender a mantener rígidos el rostro y los cuerpos; a no tocarse los reyes en público, comer por separado y dormir en habitaciones distintas.

En la España del siglo xvi, por citar un ejemplo superficial, “no era de buena encomienda que un rey concediera rienda suelta a sus sentimientos, y mucho menos que dirigiera palabras galantes a la esposa ante la presencia de los demás”. Tomarse los reyes las manos era un exceso; besarse en público, conducta estrafalaria. Literalmente sacrificaban su breve y única vida a la imagen del reino.

Retrato de doña Juana de Austria, por Antonio Moro. Óleo sobre lienzo, 195×104 cm, ca 1559. (Museo del Prado)

 

Las crónicas cuentan que tras enviudar de Isabel de Portugal en 1539, Carlos I “abandonó el lujo en su vestimenta y adoptó no solamente el luto, sino una sencillez extrema hasta el fin de sus días”. Así mismo su hijo sucesor, Felipe II, vistió de oscuro estricto durante las tres últimas décadas de su vida, contadas a partir de la victoria de 1571 sobre los turcos en Lepanto.

Al respecto, un noble francés contemporáneo citado por Alvar describió así la conducta hierática y acartonada del esposo de Isabel de Valois: «No hay príncipe que viva como el rey de España; todos sus actos y todas sus ocupaciones son siempre los mismos, y camina de un paso tan igual, que día por día sabe lo que hará toda su vida. Va acompañado de tanta gravedad, que obra y se mueve con el aire de una estatua animada. Los que se le han aproximado, han asegurado que cuando le han hablado jamás le han visto cambiar de postura, no moviéndose en todo su cuerpo más que los labios y la lengua».

Miniatura tomada de un libro de oraciones de Catalina de Médici, representando a Felipe II y Elisabetta de Valois, tercera esposa del rey de España. (Biblioteca Nacional de Francia)

 

TRASLADO A MADRID

Si bien la obra arrancó hasta dos años después, algunos historiadores atribuyen la elección de la nueva sede del gobierno, Madrid, a la decisión de construir ahí El Escorial, opus magna de la Contrarreforma religiosa. Algo debió influir el clima más benigno de Madrid en comparación con la “fría, desapacible y ventosa Toledo”, según descripción de Isabel, quien nunca ocultó su alivio por el traslado. La corte se instaló en el alcázar remodelado por Carlos I, al que el propio Felipe había iniciado mejoras meses atrás.

Dibujo del Alcázar de Madrid realizado por Jan Cornelisz Vermeyen hacia 1534, previo a la remodelación de 1537 ordenada por Carlos I. La construcción utilizó restos de una fortaleza musulmana del siglo IX.

 

A resultas del arribo de la corte en la primavera de 1561, la población de la villa de Madrid se sextuplicó hasta la segunda bancarrota del gobierno de Felipe, de tener 9 mil habitantes en 1560, a 30 mil en 1565 y casi 60 mil en 1575. Naturalmente, el hacinamiento urbano tuvo consecuencias desastrosas.

Un miembro del séquito de Ana de Austria describió una década después de la muerte de Isabel, la villa de Madrid como “la más sucia y puerca de todas las de España”. “Después de las diez de la noche no es divertido pasearse por la ciudad, tanto que, después de esa hora, oís volar orinales y vaciar porquería por todas partes».

Fragmento de un paisaje del Real Alcázar de Madrid dibujado por Antoon van den Wijngaerde en 1562, al año siguiente de que lo habitaran Felipe II e Isabel de Valois. A la izquierda se aprecia el curso del río Manzanares, en cuya ribera derecha estuvo el Prado de San Jerónimo.

 

Similar descripción haría veinte años más tarde, hacia finales del siglo, un escribano del nuncio Camilo Borghese: “Todos hacen sus necesidades en los orinales, los cuales tiran después a la calle, cosa que produce un hedor insoportable. Tanto los hombres como las mujeres son muy puercos, que por la calle hacen públicamente sus necesidades, sin el menor respeto».

La mudanza de la pareja del alcázar de Toledo al de Madrid, mantenida celosamente en secreto por Felipe, renovó el ánimo de la reina quinceañera y en algo debió aliviar las dudas que la embargaban.

Pintura del siglo XVII del Real Alcázar de Madrid, remodelado por el arquitecto Juan Gómez bajo el reinado de Felipe II. La fortaleza y sus tesoros fueron consumidos durante un incendio en 1734, durante el reinado de Felipe V.

 

CARLOS, “PRÍNCIPE TRAIDOR”

Si Carlos I instituyó el negro como color distintivo de la monarquía católica a partir de 1548, el hijo Felipe II sumó a la mala fama de los Habsburgo del siglo xvi, además de los asesinatos del príncipe Guillermo de Orange y el barón Montigny, entre varios más, la tragedia del príncipe Carlos de Austria, hijo único de su primera esposa María Manuela de Portugal.

Rondaba el sexto mes de su cuarto y fatal embarazo Isabel, cuando murió el príncipe. El cadáver del heredero rebelde fue encontrado en circunstancias confusas en la celda de sus aposentos del Alcázar, habitado por los propios reyes y donde permanecía recluido desde enero por voluntad de Felipe. Según fuentes españolas lo mató una disentería desarrollada durante una huelga de hambre; según fuentes protestantes, habría sido envenenado.

Retrato del príncipe Carlos de Austria, por Alfonso Sánchez Coello. Óleo sobre lienzo, 109×95 cm, 1555-1559. (Museo del Prado)

 

Huérfano de madre al cuarto día de nacido tras un complicado alumbramiento, al que se atribuyeron “malformaciones físicas y morales”, el príncipe se forjó fama de irreverente, informal, maledicente y pendenciero. “Este príncipe Carlos es de pessima educatione”, retrató en siete palabras un lenguaraz embajador italiano, Paolo Tiepolo. Se dijo que disfrutaba de niño lastimando animales; y casi muere al caer por una escalera de la universidad de Alcalá de Henares mientras perseguía a la hija del portero.

Era Carlos asiduo a un bosquecillo de la ribera del río Manzanares opuesta al Alcázar Real de Madrid, el Prado de San Jerónimo, cuyas espesuras cobijaban encuentros de amor con damas de la corte, esposas infieles, jóvenes plebeyas o simples sexoservidoras. «Consagrado está este campo a la diosa Venus, pues apto sin igual resulta para amor y solaz de los adúlteros” -dejó testimonio, una década después del fallecimiento del príncipe Carlos y la reina Isabel, el soldado y poeta Enrique Cock.

Retrato de la reina Isabel de Valois. Copia por Juan Pantoja de la Cruz, de un original de Sofonisba Anguissola. Óleo sobre lienzo, 120.1×84 cm, ca 1605. (Museo del Prado)

 

Debido a ciertas conjuras palaciegas que implicaban al hermano bastardo de Felipe, el carismático Juan de Austria, muy querido por el rey; así como a conspiraciones de súbditos portugueses, italianos y flamencos, Carlos cargó con el sambenito de traidor. Otro cargo, el de hereje, derivó de sus tratos informales con hugonotes calvinistas, pues el príncipe soñaba emular a su abuelo llevando paz a los agitados Países Bajos, donde el protestantismo ofrecía tenaz resistencia al sanguinario duque de Alba, al que el rey confió sin éxito el asunto.

Los rumores tenían bases, sobre todo el segundo; aunque no cabe descartar otro relativo al posible enamoramiento del príncipe e Isabel. Esta hipótesis la recrea Martínez a propósito de una inoportuna visita de la reina a la prisión del hijastro el 22 de marzo del fatídico 1568.

Retrato del príncipe Carlos de Austria, por Alfonso Sánchez Coello. Óleo sobre lienzo, 186×82.5 cm, 1564. (Museo de Historia del Arte, Viena)

 

Isabel habría llorado al comprobar el lamentable estado de su hijastro y heredero de Felipe. En correspondencia, Carlos regaló a la madrastra un medallón de ágata con el rostro de ella misma tatuada en la piedra. “Mi esposo nunca llegó a saber nada sobre el medallón porque lo guardé en un jarrón de la Sala de la Emperatriz, y cuando me fue posible lo recogí y lancé por el brocal del pozo pequeño que había sin tapar en el Patio de la Reina”.

Sea como haya sido, el suceso funesto de la muerte del príncipe acrecentaría la llamada leyenda negra sobre la monarquía española, que por entonces colonizaba a todo tren los territorios inconmensurables de América.

Retrato de Isabel de Valois con posible vestido novia. Se creyó obra de Antonio Moro, mas recientemente se atribuyó a Sonofisba Anguissola. Óleo sobre madera, 450×340 cm, ca 1560. (Museo del Louvre)

FELICIDAD DE ISABEL

No exagera al sugerir el biógrafo Henry Kamen que merced a su juventud, en parte a su naturaleza dulce y reposada, y en algo a sus muchos talentos, Isabel de Valois debió significar un faro en el ambiente ultra formal de la corte del muy católico Felipe II. A contrapié de una boda convenida, la etiqueta borgoñona y la tristeza por no dar un heredero al esposo, cabe creer que consiguió ser feliz los nueve años vividos al lado de su esposo el rey de España.

Retrato de Isabel de Valois sosteniendo una miniatura de Felipe II, por Sofonisba Anguissola. Óleo sobre lienzo, 206×123 cm, 1561-65. (Museo del Prado)

 

“Isabel era una adolescente con cabello negro y ojos brillantes, con inmensa vivacidad y energía. Ella trajo la energía de su juventud a su esposo. Pasó mucho tiempo con ella e incluso discutió asuntos de su trabajo”, refiere el biógrafo del rey al referir los numerosos torneos dedicados a la reina y el apego de Felipe a la que llamó “más amada de mis esposas”, algo notorio cuando contrajo la viruela mortal.

Pronto hizo migas la reina niña con la cuñada y el hijastro, la princesa Juana de Austria, quien asumió el rol de confidente maternal de Isabel, y con Carlos de Austria. Los indicios concuerdan en que la quisieron bien. Se rumoró desde entonces que el príncipe de Asturias -nacido en 1945, un año antes que Isabel- se había enamorado de la joven madrastra. Razones hubo, pues antes de los tratados se hicieron gestiones al fin de casar a Isabel de Valois no con el rey, sino con el hijo del rey.

Ana Hurtado de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo, princesa de Éboli, princesa de Mélito, duquesa de Francavilla, condesa de Aliano y marquesa de Algecilla. Los retratos suyos son anónimos, posiblemente apócrifos y posteriores al siglo XVI.

 

Y ganó Isabel una leal amiga en Ana de Mendoza, una aristócrata cinco años mayor, acaso amante de Felipe siendo soltera, y cuyo esposo, Ruy Gómez de Silva, un Grande de España, era desde la infancia amigo íntimo del rey. Siendo aún príncipe, el futuro Felipe II firmó las capitulaciones matrimoniales de Ruy y Ana.

Por el carácter de la princesa de Éboli hablan hechos que retratan bien el espíritu renacentista de “una de las mujeres de más talento de su época y considerada una de las damas más hermosas de la corte”. Ello, aunque perdió de niña un ojo, durante un lance de esgrima con un paje. Célebre fue el enfrentamiento de esa hija única con Teresa de Jesús, por causa del capricho de la princesa de construir a su gusto, tras la muerte del esposo, un segundo convento carmelita en la villa de Pastrana, en Guadalajara, al fin de recluirse allí junto a numerosas criadas, todas en calidad de monjas.

La personalidad deslumbrante de la princesa de Éboli atrajo la curiosidad de los contemporáneos y la posteridad, lo cual la convirtió en la dama más falsificada por los pintores.

 

Pudo salirse con la suya con ayuda del Papa; y luego decidió que viviría no en las celdas sino en una casa del huerto conventual, misma que rellenó de armarios, vestidos y joyas, quedando en libertad de salir a la calle cuando quisiera. Agraviada por el libertinaje de Ana, la fundadora de la orden sacó a sus propias monjas del convento buscando exhibir a la altiva aristócrata. En venganza, vuelta a Madrid escribió Ana una biografía de Teresa, desautorizada por la priora y prohibida una década por la Inquisición.

Posiblemente haya sido Ana judía conversa, pues si su familia portuguesa de diez hijos tuvo el apoyo invariable de Felipe, empero éste se refería a ella en privado como “la marrana” -y “la hembra”, esto quizás por un amorío que sostuvo siendo ya viuda con Antonio Pérez, secretario y traidor del monarca. El rey la mantuvo prisionera los trece últimos años de vida, once en el Palacio Ducal de Pastrana a petición de la reclusa (pues Ruy Gómez había sido duque de la villa). Cuando Pérez huyó a Aragón en 1590, Felipe instruyó poner barrotes a las puertas y ventanas de la lujosa prisión de Ana de Mendoza. Allí fue enterrada, junto a su marido.

Retrato de María Tudor, por Antonio Moro. Óleo sobre tabla, 109×84 cm, 1554. (Museo del Prado)

 

Así amparada por poderosos aliados y una artista italiana, un año después de pisar España y siendo aún virgen escribió Isabel a su madre Catalina de Médici: “Este lugar me parecía uno de los más aburridos del mundo. Pero os aseguro, Señora, que tengo un marido tan bueno y soy tan feliz, que aun cuando fuese cien veces más aburrido yo no me aburriría nada”.

Felipe II en la jornada de San Quintín, por Antonio Moro. La batalla ocurrida el 10 de agosto de 1557, con victoria de Felipe II sobre Francia, allanó los tratados de Cateau-Cambresis. Óleo sobre lienzo, 207 x 123 cm, ca 1560. (Monasterio-Palacio de El Escorial, Madrid)

AMORÍOS DE FELIPE

A la muerte en 1545 de María Manuela de Portugal antes de cumplir 18 años, Felipe acababa de cumplirlos; así que transcurrió casi una década hasta desposar en 1554 a María Tudor, su segunda esposa, apodada “Bloody Mary” por su persecución contra los protestantes. La reina inglesa era once años mayor que Felipe, padecía caries que según algunos diplomáticos tornaron su aliento insoportable, y dado que era estéril, tuvo a bien fingir un par de embarazos con el propósito pueril de alargar el matrimonio infeliz.

De tan prolongada soltería proviene la fama de gran mujeriego que acompañó a Felipe el resto de su vida.

Retrato de Ana de Austria, copiado por Baltasar González de un original de Antonio Moro. La cuarta esposa de Felipe II aparece en ‘ropa de camino’, previo a la boda con Felipe II. Óleo sobre lienzo, 108.5 x87 cm, 1616. (Museo del Prado)

 

Los críticos de la moralidad de Felipe enlistan entre sus aventuras una tal doña Isabel de Osorio, con la que casó en secreto antes de María de Portugal, haciéndose acreedor al tardío señalamiento de bigamia por parte de Guillermo de Orange. “Supuestamente engendró con ella varios hijos bastardos, pero nunca reconoció a ninguno públicamente”, asienta Pearson.

El recuento de los amoríos de Felipe suma a doña Eufrasia de Guzmán, casada por el rey estando embarazada con el príncipe de Ascoli, Antonio de Leyva, miembro de la corte. Asimismo Ana de Mendoza; un par de años antes de la boda de Isabel y siendo Felipe príncipe.

La gota que derramó el vaso moralista fue la boda del rey cuarentón con su sobrina veinteañera Ana de Austria, detalle que le atrajo la fea acusación de incestuoso.

Danae recibiendo la lluvia de oro. Tiziano, óleo sobre lienzo, 129.8×181.2 cm, 1560-1565. (Museo del Prado)

 

Piensa Pearson que el erotismo de Felipe II está reflejado en la colección de pinturas reunidas por él en El Escorial, en particular las de su favorito Tiziano, al que había conocido en 1551. Destaca el historiador “varias Venus y una Danae recibiendo la lluvia de oro, obras maestras de un erotismo difícil de igualar”.

FIN DE LA PRIMEFRA PARTE

 

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